Uno supone que hay vidas que no conocen los declives ni los malos momentos. Vidas perfectas en las que nunca tienen lugar las fallas, los errores de cálculo, la indecisión, las vacilaciones ni el miedo. Vidas inmunes al azar, que transcurren siempre al amparo de planes de obligatorio cumplimiento. Vidas que, en definitiva, no son como la mía, que funciona más como una onda sinusoide que sube y baja cada tanto.
Acompañando ese movimiento oscilante a veces intuyo algunas luces. Unas intermitentes, semejantes a luciérnagas. Cortos y espasmódicos destellos que le dan algo de gracia a las veleidades de la vida, que distraen, entretienen y son curiosas. A lo lejos, sin embargo, siempre esos dos o tres faros que nunca se apagan. La luz de quienes nunca nos dejan caer. A ellos todo mi amor esta noche.