Cuando uno va perdiendo el miedo a estar grande, es porque ya está grande. La resignación, la aceptación y algún grado de cinismo -que supongo irá avanzando con los años- con respecto a ciertas condiciones de la vida son buena prueba de que uno ya es adulto. Y de que va derechito para viejo.
Entonces uno ya no se asusta de tener treinta años, le ve las ventajas, aprende a reírse de uno mismo y de sus desgracias y también a permitir que los demás lo hagan. Deja de ser tan dramático y pasional, y se vuelve práctico. Deja de querer ser para aprender a ser, condición que muchos ven con desprecio, pues se supone que uno viva deseando y frustrándose eternamente. Dándose rabiosamente contra la pared de la vida como una jodida pelota de squash.
Hoy intenté contarle a mi mamá que me sentía mal y se rió de mí descaradamente. Miguel cada vez me respeta menos y se burla de cada cosa que le digo. Caramba, estamos grandes. Ya no nos tomamos en serio entre nosotros, ni cada uno a sí mismo.
Reír desparpajadamente. Reír con cinismo. Reír llorando, como el pobre Garrick. Eso es estar adulto.