Kitten's meow

"I know you can read my thoughts, boy: Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow".

Homer Simpson
Recent Tweets @leidymarmalade
Who I Follow

“I could be bounded in a nutshell, and count myself a king of infinite space, were it not that I have bad dreams”. Hamlet

No sé como ni por qué acontece que uno adquiera la costumbre de afirmar categóricamente cosas sobre uno mismo. Cosas que son como sus etiquetas, sus tarjetas de presentación. Asuntos  que uno cree que lo definen y a través de los cuáles estructura una personalidad que intenta hacer creíble ante el mundo.

 
Estas definiciones suelen estar acompañadas de expresiones como “soy muy”, “no me gusta”, “adoro”, “jamás haría”, “odio”, “no soporto”, “desprecio”, expresiones a través de las cuales conformamos un yo más o menos axiomático, del que deducimos lo que somos y con las  que establecemos pautas de acción. Esas formas de hablar acerca de nosotros, de las cosas en las que creemos o no, suelen denominarse “principios” y constituyen el espacio en el que empieza y acaba el propio mundo. En teoría.

Pero una cosa es la teoría acerca de uno mismo y otra muy diferente la práctica. Entonces las situaciones a las que a diario nos enfrentamos, la vida real -no la de los axiomas que inventamos acerca de nosotros mismos, nuestro libro de verdades-, nos arrojan más a menudo de lo que quisiéramos a la posibilidad de quebrantar nuestros “jamas” y nuestros “siempre”.

Este ejercicio, que acontece por necesidad o por auto determinación, puede ser entendido por nuestra mente al menos de dos formas: como una traición a nuestros principios (muchos de los cuáles no son más que un conjunto de normas auto impuestas que justifican nuestros miedos o cosas que nos acostumbramos a repetir pero que han perdido vigencia), o como un acto de libertad a través del cual ponemos a prueba lo que creíamos ser.

Puede suceder que nos demos cuenta de que todo lo que decimos acerca de nosotros mismos no tiene asidero, que nos descubramos en las oscuridad de la noche sintiéndonos muy infelices aunque le contemos al mundo lo contrario; que nos creamos leales y a nadie más se lo parezca;  que nos veamos en el espejo de la realidad y nos apercibamos de que somos anarquistas de oficina, punkeros de agencia de publicidad, intelectuales de televisión, divas de la cuadra.

Que no somos ninguna de las  cosas que creíamos ser: ni tan buenos, ni tan castos, ni tan puros. Que  nos permitimos obrar “mal” de vez en cuando y nos sentimos bien.  Que no somos cosas hechas y acabadas sobre las que ningún cambio puede tener lugar. Que podemos, sí queremos, ser otros. Que  tenemos el poder de moldearnos, cambiar, mutar,  gustar cada vez de gentes, comidas y lugares nuevos, probar lo desconocido, desafiar lo establecido, poner a tambalear los cimientos y las convicciones de la propia vida.

Decía el oráculo de Delfos “conócete a ti mismo” y es acaso en esta frase en la que se resumen  todas las preocupaciones de la filosofía antigua. Pero puede conocerse de muchas maneras: uno conoce al señor de la tienda a quien saluda cada mañana, conoce al vecino de enfrente, conoce a sus papás, conoce a su novio, conoce  a su mascota.

Creo, sin embargo, que la clase de conocimiento que nos propone la inscripción délfica no tiene que ver con saludar cada mañana a ese viejo amigo que somos para nosotros mismos, ni con verlo al espejo y encontrarlo familiar, con los mismos gestos y las mismas palabras siempre en boca.

Me parece más bien que es una invitación explorar más allá de los límites que alguna vez nos fijamos y ver quienes somos en esos mundos insospechados. Acaso en esa exploración de nuestros límites esté el ejercicio más valioso de auto conocimiento. Un conocimiento de sí mismo que se da y se constituye como consecuencia de la experiencia, en ausencia de prejuicios, y no uno que viene dado por anticipado, determinado por un conjunto de cosas que alguna vez quisimos creer de nosotros mismos o que nos contaron que debíamos ser.

Una clase de saber acerca de si mismo que conduce  a la existencia de sujetos sin principios ni finales, capaces de aventurarse allende los límites pre establecidos de la propia vida. Eso que los estoicos alguna vez definieron como la condición cosmopolita: la capacidad de aprehender innúmeros mundos y de hacer de la propia mente un microcosmos, imagen y reflejo de ese cosmos infinito (es decir sin principio ni fin)  que llevamos cada día por sobre nuestras cabezas.

  1. alebrijesdearequipe reblogged this from leidymarmalade
  2. marciana- reblogged this from leidymarmalade
  3. jartack reblogged this from leidymarmalade
  4. leidymarmalade posted this