Kitten's meow

"I know you can read my thoughts, boy: Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow".

Homer Simpson
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El feminismo es un tema que no suelo abordar con seriedad porque me confunde. Porque no lo entiendo bien. Porque no se bien de qué se trata.
 
Me confunde porque creo que algunos de los roles tradicionales de mujeres y de hombres  tienen sentido, valor y utilidad social. Lo que no significa que estos roles no sean intercambiables entre féminas y varones. No creo que la fuerza sea esencial y propia de los hombres, como tampoco creo que la ternura y la delicadeza nos pertenezcan por derecho propio y con exclusión de la fuerza.

Por ejemplo me gusta sentirme protegida por un hombre y a cambio disfruto cocinando para él. Me gusta la galantería, disfruto ser tratada con cierta deferencia y delicadeza, me gusta que me paguen la cuenta. Me gusta que me destapen los frascos. También me gusta tratarlos bien y me encanta pagar la cuenta y, porque no, alguna mañana planchar sus camisas y arreglar el nudo de sus corbatas.

Además creo que no somos iguales y que si lo fuéramos pues de verdad lo seríamos, empezando por lo estrictamente anatómico. Es un hecho que los hombres logran mejores tiempos en competencias atléticas que las mujeres por cuestiones estrictamente físicas. Somos diferentes porque nuestra crianza en tanto mujeres y hombres está atravesada por condicionamientos culturales acaso inevitables. Somos diferentes porque las mujeres concebimos y los hombres no, entre muchas otras cosas.

De hecho ni siquiera creo que entre varones o mujeres de la misma raza exista una cosa tal como la igualdad. Una cuestión de hecho es que desde el mismo momento de la concepción ya hay diferencias que pueden determinar nuestras ventajas o desventajas durante la vida, que claro, pueden ser igualadas por muchos mecanismos artificiales.

Unos venimos feos, pero podemos hacernos cirugía plástica, maquillarnos, ir mucho al gimnasio. Unos tienen ventajas económicas sobre otros, pero los demás aún podemos ganarnos el baloto, volvernos grandes empresarios o heredar una gran fortuna. Otros tienen mejores o peores padres. A veces esas diferencias son tan grandes que deben ser equilibradas a través del mecanismo del derecho cuya función social es nivelar lo que es y lo que debe ser, encontrar ese punto de confluencia entre aquello que por naturaleza nos diferencia y lo que por convención debe hacernos iguales.

Mi mejor interpretación del feminismo, o tal vez la clase de feminismo que profesaría tiene más que ver con el reclamo por la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres que con el deber o la necesidad de poder hacer todo lo que un hombre haría, incluyendo lo feo: gritar, violentar, prescindir, atacar.

Por ejemplo no me interesa ir a la guerra, ni gobernar un país para decretarla, ni ser la mejor pesista del orbe. No me interesa manejar tractomulas, ni estudiar física teórica. No porque considere que no sean roles apropiados a las mujeres, sino porque son cosas que no están en mi grupo de intereses. Quiero, eso sí, tener la oportunidad de hacerlo si es mi deseo. Quiero que mis logros sean valorados de la misma forma en que se valoran los de los hombres.

Ayer durante el almuerzo vi una propaganda que rezaba algo así como “las mujeres al poder”. Una imagen que me dejó pensando en esa clase de feminismo que profesa la toma de poder, que expone una cierta necesidad de hacer demostraciones de fuerza, de imponerse y exhibir  todo aquello de lo que somos capaces, lo que de hecho implica entrar a la disputa con una subvaloración implícita. Una clase de feminismo que parece consisitir en mujeres reclamando el derecho a ser déspotas si se les antoja, a ejercer poder sobre otros. Un feminismo que reclama lo peor de lo masculino y quiere prescindir de lo mejor de lo femenino. Esta es la clase de feminismo que no suele interesarme. Y la clase de comportamiento masculino que me repugna.

Creo más en un mundo en el que esas relaciones de poder desaparezcan, dejen de interesar: en la escuela, en los ambientes laborales, en las relaciones interpersonales. En donde la necesidad de control sobre otros se anule, en donde nadie sienta la necesidad de alzarse sobre otro para demostrar supremacía o superioridad. En donde no somos hembras o machos sino más personas con el poder de acopiar lo mejor de lo femenino y lo masculino.
Un mundo en el que mujeres y hombres se pregunten por igual para qué el poder, en el que unos y otros dejamos de tomarnos tan en serio y nos reimos tiernamente de lo tontos que somos por igual. Un mundo en el que todos, sin distingos de género o apetencia sexual, nos otorgamos el derecho y nos imponemos el deber de dejar de tener miedo, que es acaso el sentimiento más primario que subyace a la querencia del poder.

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