Me preguntaba hoy cuánta gente tiene la vida que alguna vez se soñó. Que tantos otros creen que de verdad eligieron su vida o que tomaron las decisiones correctas. Cuántos supieron lo que querían hacer desde que apenas tenían uso de razón y lo lograron. Cuántos iluminados la tienen clara.
Pero seguro es que todos llevan (llevamos) alguna clase de sueño hippie dentro: eso que haríamos si tuviéramos los cojones suficientes para dejarlo todo (como en las películas) e ir a por otra vida, lejos de todo eso que para ser cabales, quizás no elegimos.
De esos sueños los he conocido de todas clases: el del que quería irse en una moto por toda Suramérica (acaso un sueño compartido por una generación entera); el del que quiere agarrar el carro y un poco de plata, ponerse a andar a ver qué pasa y tener trabajos ocasionales como David Banner; el de la la que quiere irse a tomar fotos por el mundo, sin que las expectativas de los demás le pesen tanto en la maleta.
++++
Muchos meses antes de irse, antes de que fuera un proyecto real y tangible el de viajar, S. habló conmigo un día cualquiera, muy conmovida, llorando, como era común cuando algo la desesperaba. Me dijo que no sabía qué tanto quería ir a doctorarse a otro país, que ella más bien quería volverse una fotógrafa, no importaba si famosa o no, pero que soñaba con irse por todo Brasil a tomar fotografías, hasta que se cansara de ese país y pudiera irse a otro a hacer exactamente lo mismo. Yo, ese día, voté por el sueño hippie. Ella viajó hace unos tres meses a empezar su doctorado en el Reino Unido.
+++++
Cuando me hago la pregunta sobre lo que realmente quiero (como si hubiera un yo escindido y loco que quiere otras cosas con menos realidad, pero que sin embargo es capaz de sobreponerse a los deseos de mi yo más verdadero) soy capaz de saberlo. También puedo saber lo que no quiero: no quiero tener un carro, no quiero tener una tarjeta de crédito, no quiero hacer un doctorado, no quiero trabajar en una oficina el resto de mi vida, no quiero pintarme el pelo hasta que no sea estrictamente necesario, no quiero dejar de comer todas las cosas que me gustan.
Cada mañana, antes de salir de mi casa, vislumbro esa cosa que realmente quiero. Eso que yo sé que voy a lograr, porque me creo buena para hacer lo que me da la gana, me creo buena para dejar un mundo sin muchas vacilaciones e ir a por otro nuevo. La maleta todavía no me pesa tanto y tengo la fortuna de no haber alimentado demasiadas expectativas a mi alrededor. Me he acostumbrado a defraudar.
Puedo ver ese futuro cada mañana cuando, antes de salir de la casa, recuerdo regar el pequeño semillero de tomates y las cuatro matas de rúgula que sobrevivieron en nuestro primer intento. No, no es que quiera volverme granjera. Es más bien que mi sueño hippie está en el mismo estado de desarrollo de esas pequeñas matas, que en unos meses me van a dar unos tomates, que comeré con el triste y pobre orgullo de poder decir que los planté yo misma. Que son mis cochinos tomates y no unos que me compré en la tienda. Ja.