Kitten's meow

"I know you can read my thoughts, boy: Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow".

Homer Simpson
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“La mujer es un animal de cabellos largos e inteligencia corta”

A. Schopenhauer

No puedo hablar de mi pelo sin pensar en Paulo, no sé por qué. Me conoce desde que tenía 12 años y nadie mejor que él para dar fe de que, del tiempo total de mi vida, al menos el 90% lo he llevado corto o muy corto, incluso desde que era una niña.

Las razones son desconocidas y se pierden en el pasado lejano. Quizás mi mamá, mujer muy práctica y poco dada a las vanidades femeninas, decidió dejarmelo corto desde que estaba muy pequeña, para no tener que demorarse mucho en las mañanas peinándome. Total que mi pelo en raras oportunidades ha excedido la línea de los hombros y, cuando eso ha pasado, muy pronto he querido volver a dejarlo corto.

Sin embargo mi abuela materna, con la que crecí, llevaba el pelo muy largo y ella si que era una mujer vanidosa. A mi me encantaba pararme a verla enrularse o hacerse bucles con su pinza eléctrica, pero ella siempre me decía que yo no iba  a poder hacer lo mismo porque el mío era muy feo.

Lo he tenido corto, muy corto y verdaderamente corto (pelos de 1 o 2 cm) con lo que logré escandalizar incluso a mi mamá, mujer tan poco dada a opinar sobre lo que hacen los demás. Me gustaba hacerme cresticas y llegué incluso a decirle al peluquero que me hiciera cosas muy arriesgadas, que me gustaron mucho, que me hacían sentir muy audaz , libre, chic, elegante, classy, atrevida, sin miedo a parecer un muchachito, cosa que a la postre me dijeron diez mil veces y que quizás dolió, pero no tanto como para dejar de llevar orgullosamente mi pelo corto.

A los 12 años recuerdo haber ido a una fiesta de una amiga, quien luego me contó que unos amigos suyos le habían preguntado si yo no sería lesbiana por aquello de llevarlo tan notablemente corto. Luego A. y su mamá vivían muy preocupados, no solo por los seis años de diferencia que contaban entre nosotros, sino además porque yo era una de esas mujeres de pelos cortos, una de esas mujeres que a ella le parecían peligrosas.

Un día cualquiera, hablando con Paulo de pelos, me decía que él pensaba que las mujeres pelicorticas representaban algo así como un peligro o desafío para el sexo masculino, pues la cabellera femenina servía fundamentalmente al propósito de la seducción. Me explicaba mi amigo que una larga cabellera permitía al señor, en algún momento de la cita, hacer alguna referencia al bello cabello de la dama, tomar un mechón y decirle: tienes el pelo lindo, chévere; olerlo, y enrollarse un poquito en un dedo, mirarla con los ojos entornados y pletóricos de amor.  Pero que si uno lo tenía corto pues ni modo, que eso era como decirle a un man: mira, no necesito de una melena para seducirte, a ver como te las arreglas para seducirme tu a mi. No vengas a decirme que tan lindo mi pelo, porque básicamente, idiota, no tengo mucho.

Luego estuve leyendo y encontré en alguna parte (quizás para validar y justificar mi gusto)  que en una tribu de no sé donde el pelo corto en las mujeres era un símbolo de poder. Y yo me sentí poderosa y desafiante. Pero también en twitter alguien dijo que las mujeres de pelo corto eran un manojo de inseguridad, unas mujeres que tenían miedo a la femineidad, unas mujeres que se escondían de si mismas. De pronto tenía razón el man. A veces yo creo que en términos de lucha por la supervivivencia, un pelo largo no es una idea  inteligente, pues nos hace vulnerables y susceptibles a recibir un cachiporrazo en la mula y ser arrastradas de la melena, como una vil presa.

También un día una dizque amiga me dijo que quizás yo no conseguía un novio por aquello de llevar el pelo corto, cosa que a mi me pareció muy malparida y me hizo llorar. Pero quien sabe, a la postre es cierto y todo lo que hace falta para tener amor es dejarlo crecer un poco más.

Pero es que no me gusta llevarlo largo. Es grueso, esponjoso, rebelde, desordenado, abundante. Me siento cómoda con el pelo corto, entre otras cosas porque tengo que preocuparme poco en las mañanas por arreglarlo, gasto menos plata en cuidarlo (al menos cuando era de verdad corto, no como ahora que aunque siendo corto ya requiere peinados) y además porque al tener la costumbre de correr casi todas las mañanas se hace imperativo lavarlo a diario.

Me gusta mantener mi pelo muy limpio y por eso lo lavo cada día. Por eso tampoco me pongo ninguna clase de crema encima, porque me gusta pasar las manos por mi pelo y sentirlo absolutamente limpio.

No me gusta mi pelo, de verdad no me gusta, pero lo mejor de todo es que yo no quisiera tener otro, o no se me ocurre cómo sería el que me gustaría tener. A veces jodo diciendo que quisiera tenerlo como el de la Niña Mencha, pero ni por el putas me gustaría ser rubia (o sea teñida) y mucho menos tener una de esas abundantes melenas que solo me hace pensar en calor en la cabeza y en pelos tremendamente sucios que quieren aparentar  lo contrario.

Digo que no me gusta mi pelo, pero quizás es mentira. Me hace sentir rabia porque quisiera que se viera de otra forma, que hiciera algo de lo que a mi se me antoja alguna vez, pero a la larga me agrada mucho y no quisiera tener otro. Esa misma relación de amor y odio que mantengo conmigo misma ha de ser la que sostengo con mi pelo: yo me gusto frente al espejo, pero luego, cuando salgo a la calle, ya no tanto (o quizás me doy cuenta de que no le gusto a otros) pero no anhelaría ser otra, porque me agrada mucho como soy, con mi nariz grandota y mis pelos desordenados, abundantes, rebeldes, tricolores, esponjosos, tan susceptibles a la humedad del ambiente, con una onda para aquí y otra para allá, con un mechoncito rojo insospechado debajo de tantos pelos negros  y un mechón mono que siempre aparece por el lado izquierdo de mi frente. Unos pelos que a mi me parecen que son así, como soy yo. Te quiero pelo.

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