Kitten's meow

"I know you can read my thoughts, boy: Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow".

Homer Simpson
Recent Tweets @leidymarmalade
Who I Follow

Desde que llegué a vivir por estos lares he evitado trabar conversación con él. La primera vez que lo vi me pareció que tenía demasiadas ganas de hablarme, de ser notado. Incluso me pareció que yo le gustaba. Sin embargo es imposible no saludarlo, pues la costumbre es hacerlo con toda persona que se cruza en el camino y él siempre se las arregla para aparecer en el mío. Si paso frente a la veterinaria, él  está frente en la veterinaria. Si voy a la tienda, él está en la tienda. 
 
Lo más común es encontrarlo en las mañanas, muy temprano, frente a su pequeña y modesta casa, tomando café en el porche, en donde siempre se ven aperos para los caballos. Solo lo he visto una vez sin su sombrero, debajo del cual se esconde un pelo ensortijado y ya blanco. Invariablemente usa camisa a cuadros dentro de un bluyín y botas adecuadas para las características del terreno.

No me cae bien. No siento ganas de acercarme ni de que él lo haga, aunque cada mañana al pasar frente a su casa le dirijo un amable pero distante “buenos días, vecino” que a veces puede ser también un “chao, vecino”.

++++++++++++

Al fin me he visto obligada a hablarle. Nos cuenta que su nombre de pila es Jesús, pero que prefiere que lo llamen Cholo, porque así es como lo conocen en la zona, en donde, según él, vive hace casi 25 años. 

Es primero de enero y salimos a comprar leche y pan para poder desayunar. Nos lo cruzamos.  Le preguntamos que si sabe de algún arriendo en el sector. Así empieza un periplo de 25 o 30 minutos en los que Cholo -cuyo origen paisa se hace evidente en su primera palabra- no para de hablar. Nos cuenta de sus múltiples hazañas y habilidades, dentro de las que están ser domador de bestias, chalán calificadísimo, sujeto sin plata y sin ganas de tenerla. 

Empezamos a subir la montaña y nos ennumera las celebridades que viven en la zona. Que en esta casa vive Marlon Moreno “El Capo”, que más allí vive Cristóbal Errázuris, quien ya es un viejo canoso que en todo  caso se come a una muchachita de 20 años. Que esta casa que están construyendo es un edificio de tres pisos, que la esposa del dueño es parapléjica y que por eso le van a meter ascensores, que el man ya se gastó mil millones de pesos y que el otro día dijo que iba a gastarse otros mil más. Que este es el metro cuadrado más caro de Colombia.

Cholo nos pregunta cosas y se las contesta él mismo. No para de hablar ni un segundo. De repente parece notar que vamos con él y me pregunta ¿Usted ya había pensado en eso? Cuando ingenuamente intento hablar él retoma la palabra. Su monólogo finaliza después de que hemos visitado dos lugares que podrían interesarnos y mientras él nos cuenta sobre la joven mujer con la que a veces se acuesta. Dice muchas cosas que me parecen detestables. 

Me siento aliviada cuando nos despedimos. Como si hubiese apagado un radio viejo y mal sintonizado. Miro a mi mamá y le digo : este man me traía mareada de tanto hablar.

++++++

Sigo sin confiar en Cholo. Hay algo que no me gusta en él.  Más bien hay mucho que no me gusta. Si he de empezar por algo diría que es la forma en la que se hace llamar. Y sus demostraciones de virilidad y su forma casi patológica de hablar sin descanso.  Sin embargo su condición de hablador insaciable me sirvió para dirigir mi atención sobre otros aspectos de su ser. Me fijé más en su forma de andar, de subir la montaña y meterse a las casas de los demás, como si todo el espacio y sus accidentes le pertenecieran. Creo que todo eso hacía parte de su performance, de sus ganas de impresionarnos, de decirnos soy un hombre muy hombre.

Pero los perros, menos susceptibles que yo a sus palabras y menos propensos a la interpretación, antes que ignorarlo parecían entender su presencia y adoptar un gesto de sumisión que a mi me impactó mucho, pues esos perros que se subyugaban ante
 la presencia de nuestro guía, fueron los mismos que meses atrás me sacaron corriendo y que yo creí que me iban a morder. Los que me alejaron por siempre jamás de esa montaña por la que no quise volver a correr.

Desde ese día en que al fin me tocó hablar con Cholo algo en mi actitud hacia los perros cambió y también en la de ellos hacia mi. Tengo menos miedo, en consecuencia más confianza. Cada vez que veo un perro me acuerdo -sin desearlo- de Cholo y quien sabe si hasta habré empezado a caminar como él cuando los veo. En todo caso los manes (los perros) no me han vuelto a joder.

Quizás de eso mismo se trate todo en la vida: de aprender a desempeñar convincentemente un papel, de caminar de una cierta forma, de mover los brazos al decir unas ciertas cosas que se deben decir de una forma y no de otra. De sentirse y mostrarse soberano en cuanto lugar. En síntesis: de lograr que a uno se le coman el cuento.

  1. leidymarmalade posted this