Kitten's meow

"I know you can read my thoughts, boy: Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow".

Homer Simpson
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Se supone que el año nuevo empiece con una buena lista de propósitos. La mía podría tener muchas cosas: ganarme todavía más plata y así poder gritar en los almacenes “me sobra el dinero”; meterme a una academia de baile; volverme yoguini de un nivel más avanzado; ser capaz de pararme en la cabeza; adelgazar; comprarme una casa; correr una maratón; conseguirme un novio; volverme elegante; hacerme un diseño de sonrisa; quitarme tetas; dejarme crecer el pelo; pintármelo; viajar; tomar yagé; soplar perica; emborracharme una vez al mes. Que sé yo. Propósitos me sobran.

Dentro todo este conjunto de cosas probables quien sabe cuáles llegarán a ser. Algunas vendrán como producto de la casualidad; otras quizás se me impondrán; algunas quedarán en el libro de propósitos nunca cumplidos. Otras me darán risa en un par de años y serán simples anécdotas, cosas sin significado o consecuencias en la historia de mi vida: me gasté cinco millones en un diseño de sonrisa en el 2012 y no pasó ni mierda, ni siquiera quedo mejor en las fotos.  

Pero lo que yo quisiera en realidad, lo que se me antojó la otra noche al pensar qué es lo que debería de verdad cambiar, lo que tengo que ser capaz de domeñar en mi espíritu, en lo que me quiero convertir este año, es en una persona capaz de decidir: de hacerlo rápido, sin ayuda, sin que alguien tenga que darme un patadón en el trasero para precipitar mi actuación en asuntos sobre los que me la paso meditando su conveniencia o no. Asuntos simples. Eso que a mi me parece reflexividad y calma, pero que a otros les parecen simples güevonadas mías. Inseguridad.

Quiero poder ir a los almacenes y comprarme un mugre pantalón sin tener que hacer exhaustivas comparaciones entre sus precios, calidades, nivel de satisfacción, marca, color. Quiero ser impulsiva, visceral. Comprarme un teléfono sin tener que incurrir en inacabables lecturas de reseñas en busca siempre de la mejor opción, de esa que a la postre nunca encuentro, de esa que en todo caso no me da cien puntos y que acabo tomando porque en la sumatoria de todas las variables fue la que mejor me dio.

Cogerme a un man sin que me importe que tanto me gusta. Eso lo pensaré después y quizás decida que aunque no me gusta tanto está bien pa’ mostrárselo a las amigas o para apuntarlo en la lista de propósitos cumplidos. Quiero levantarme una mañana y saber qué quiero, por qué lo quiero e ir a por ello, como si yo fuera todo un hombre BRUT, pero en su versión femenina. Quiero ser, en síntesis, una mujer cazadora, que no una recolectora.

Quien sabe si lo logre. Son muchos años de convivencia con esta dizque tara, con este supuesto defecto de ser jodidamente indecisa. De sopesar, de escoger la semilla bien escogida, como si fuera una hija de de Lucy, la australopiteca.

Tengo que superar ese defecto porque dicen los expertos que eso es lo que me mantiene sin novio, pues ahora resulta que a los hombres les encantan las mujeres cazadoras, las que ven la presa, disparan y meriendan. Las que le evitan al macho su deber socio-cultural y que me obligan ahora a asumir todas esas cosas que yo no quiero. Caray.

A mi la verdad no es que me disguste ser indecisa y de buena gana me quedaría así el resto de mi vida. Pero el mundo me exige que ya cambie. Que me levante a batir la melena y a alistar el arco  y la flecha pa’ salir a conseguir lo que quiero.
Tengo que saber lo que quiero. Son épocas de mujeres cazadoras y aunque me consigo el alimento (que bien lo hago y no son solo vegetales o semillas) todavía no he sido capaz de salir a cazarme (o casarme) un man.

Cuando intento justificarlo me gusta decir que no es que yo no sepa lo que quiero, sino que  más bien hay muchas cosas que me gustan. Que, en efecto, no me abriga tanta seguridad para agarrar alguna como si me pertenciera, como si fuera definitivamente mía. Y como si fuera a saber que hacer después con ella. Eso a lo que yo llamo responsabilidad, eso que yo entiendo como una forma de evitarme problemas y evitárselos a otros. Eso que otros consideran simples güevonadas mías.

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