Kitten's meow

"I know you can read my thoughts, boy: Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow".

Homer Simpson
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Conocí a Don Adán hace unos cuatro o cinco años. Es un viejo campesino, de profesión, de los de ruana, zurriago y sombrero, de los que el domingo se pone su mejor ropa para bajar al pueblo a misa, de los que le dicen a uno patroncita, de los que se les fue la vida con las manos entre la tierra, en las ubres de las vacas y empuñando el azadón.
 
Don Adán es un viejo al que siempre he respetado mucho, quizás por su simple condición de anciano, que a mi me parece venerable, pues haber sobrevivido en el campo y llegar a los casi 90 años, sobre todo en este país, ha de tener mucho mérito.
 
En su condición de viejo siempre repite las mismas historias, las que representan las gestas de su vida. Por ejemplo el haberse dedicado a la arriería de mulas, en esa época en la que en el país no existían las carreteras pero ya había ricos que estaban dispuestos a pagar mucho por la miel y el café que Don Adán y su cuadrilla transportaba. Fue en esas largas y duras jornadas de arriería -en las que según él se comía poco y se trabajaba mucho- que una mula lo volteó, dejándole una rodilla atrofiada de por vida, que hace que camine un poco más lento de lo que ya le impone su condición de anciano.
 
Dentro de las grandes hazañas de la vida de Don Adán también está la de haber perdido mucha plata en cultivos de papa, los que fueran el sueño y el delirio de su vida; desvaríos por los que me condujo a mi también y gracias a los cuáles acabé  sembrando un pequeño terreno con papas, que yo misma le ayudé a cosechar y que me dejaron con ampollas, mucho cansancio y varias inflamaciones debidas a las picaduras de unos diminutos mosquitos que como pequeños demonios brotaban de ese infierno tibio e incomprensible que es la tierra.
 
Nuestro pequeño cultivo de papas lo hicimos en el lote que él mismo nos vendió, junto a la casucha que en otro tiempo fuera una cocina de coca y debajo de la cual había una caleta para esconder lo que se  procesaba ahí mismo, pero se cultivaba en Fusagasugá, en una pequeña finca de su hijo, quien en su juventud se había dedicado al ciclismo. Y entre idas y venidas a España el muchacho entrevió la oportunidad de hacer otro negocio, hasta que acabó muerto. Cuando habla de su muchacho Don Adán se llena de nostalgia, aunque pareciera no llenarse de arrepentimiento y estar dispuesto a sembrar y cocinar coca de nuevo si pudiera.
También parece lleno de melancolía cuando habla de su vaca, la que se le fue por el despeñadero por culpa de alguien a quien se le olvidó poner un broche.  Tuvo que  dar su carne muy barata, a precio de carranga, pues eso es en rigor el cuerpo de una vaca que se ha desbarrancado.
 
Hace una semana subí hasta su casa, en una vereda del mismo municipio, a unos 25 o 30 minutos en carro desde donde vivo. Don Adán no estaba, había bajado al pueblo a averiguar por unos recorridos turísiticos que ofrecían señores con carros, para llevar a las familias campesinas a Bogotá a ver los alumbrados navideños a razón de 20.000 pesos por persona.
 
Quedamos en volver el jueves, pero finalmente  fuimos ayer a llevar algunos regalos que mi mamá había comprado y a saludar. Sobre todo tenía muchas ganas de saludar a Don Adán, de estrechar sus manos de dedos retorcidos, uñas larguísimas y descuidadas, llenas de tierra, que guarda siempre debajo de su ruana y que saca apenas para saludar o para quitarse el sombrero cuando la ocasión y la dignidad de la persona  que llega lo amerita. Pero no lo encontré. Me contaron que estaba de nuevo en el hospital. Entonces no supe si preocuparme o no, pues Don Adán es ya muy viejo y visita con frecuencia al doctor. Dejamos regalos, razones y emprendimos nuestro regreso.
 
Apenas unos metros adelante de la casa nos encontramos con su nieto, Edgar, quien nos contó que a Don Adán se lo iban a llevar para Bogotá, pues unos exámenes habrían demostrado que su estómago estaba lleno de sangre. No sé lo que eso signifique, pero me dio por pensar que Don Adán se va a morir pronto. Espero poder verlo de nuevo antes de que eso ocurra. Me gusta toda esa cantidad de historia que hay en su mirada gris, desteñida, de color indefinido, de viejo, de niño. Esa mirada que solo tienen los que acaban de llegar a este mundo o los que están muy próximos a dejarlo.
  

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