
Gonzalo de las Salas era uno de esos viejos sabios. De él se decía que era el único de toda la facultad que había estudiado en Alemania. Que había conocido a los míticos pioneros que desde tierras lejanas y frías trajeron la Ingeniería Forestal al país y fundaron la primera Facultad.
Gonzalo era también uno de los pocos profesores que aún a mis escasos 16 o 17 años me parecía decente, loable, digno de imitar, en medio de todo el mierdero que era la Universidad Distrital: ese lugar ingrato en el que aprendí, más que nada, cómo era que yo no quería llegar a ser.
De las Salas era un viejo pequeño, blanco, de ojos saltones y hablar afectado, pero, en apariencia, lleno de sabiduría. Era un ecólogo reconocido en el medio y en consecuencia nos dictaba las clases de ecología y ecología avanzada, que, no señores, no era una clase que se tratara de cómo cuidar los animalitos y las plantas para las generaciones futuras. Era una clase que nos explicaba, con modelos matemáticos, cómo funcionaban los diferentes ecosistemas del planeta, especialmente los del trópico. Aprendíamos índices, estadística, estudiábamos modelos y calculábamos carajadas.
Gonzalo era también un viejo de mirada pervertida. Todos lo sabían y las alumnas si que sabían capitalizarlo, pues para lograr alguna prebenda bastaba con usar un pantalón más apretado de lo normal, un pequeño escote o una minifalda y, entonces, Gonzalo se convertía en un viejo de sonrisa socarrona que le decía a uno en la precaria cafetería de la facultad : “¿reina, quieres tomar algo?”.
Llegado algún momento de un cierto semestre Gonzalo asignó exposiciones en parejas. A cada dupla correspondería un tema para una exposición que tenía un carácter mítico en la facultad: de ella se decía que nadie en las generaciones pasadas había logrado jamás la máxima nota y que nadie de las presentes o futuras lo lograría. Mis posibilidades de dupla más obvias eran mi hermano (quien por supuesto eligió a su novia para trabajar) y Daniel y Viviana, quienes eran dizque mis amigos en ese momento de la vida.
Finalmente convinimos con D. en que trabajaríamos juntos, pero “algo” hizo que él finalmente decidiera trabajar con V., de tal forma que quedé sola para mi exposición, cuyo tema nadie más quiso: el ecosistema de manglares. Nadie quería cogerlo porque Gonzalo había trabajado de la mano con el mismísimo Henry Von Prahl en la descripción de los manglares de Colombia.
Inmediatamente pedí al buen viejo Gonzalo que me recomendara bibliografía. Ese día me enteré de la existencia Henry Von Prahl, un señor alemán que era algo así como el dios de los manglares, quien había dedicado gran parte de su existencia a estudiar ese ecosistema maravilloso, conformado por una gran variedad de especies similares de árboles, de apariencia muy particular. En conjunto estos árboles parecían un grupo se señores viejos y raquíticos.
Estos árboles anómalos, que viven en ambientes salobres (en la desembocadura de los ríos en los mares), tienen unas adaptaciones llamadas neumatóforos en sus raíces aéreas, que son las que les permiten expulsar el exceso de sal de las aguas marinas y sobrevivir en un ambiente en el que, difícilmente, especies sin dicha adaptación podrían hacerlo. También son vivíparos, es decir “paren” plantulitas ya fecundas que se clavan como agujas en las aguas cenagosas para asegurar que la marea no los arrastre.
Poco a poco, con mucho tiempo por delante antes de la exposición, me dí a una investigación que no me costó mucho trabajo, pues el tema me resultó por si solo suficientemente apasionante.
Aprendí muchas cosas que me llenaban de emoción: por ejemplo que las especies que conforman el manglar (nombre que engloba a diferentes especies que conforman lo que en ecología se conoce como una asociación vegetal) crecen en líneas, una detrás de otra: primero una especie, luego otra y otra más, muy ordenados ellos, de acuerdo con su tolerancia a la sal.
Dejan de crecer en donde ya no entra el agua salada y allí empieza otro tipo de asociación, llamada el guandal, unos bosques inundables por los que alguna vez transité a hombros de alguien que me quería lo suficiente como para cargarme, y en donde tuve la oportunidad de llenarme de garrapatas y de temer a las sanguijuelas. Más atrás del guandal crecía el catival y ya luego venían los bosques de colinas.
Pero lo que me resultó más increíble de todo fue descubrir que éste era el único ecosistema abierto de todo el trópico. ¿Qué significaba esto? Que no reciclaba su nutrientes, como por ejemplo el bosque húmedo tropical (característica que lo hace tan susceptible a cualquier intervención). Pues no, el manglar era un ecosistema rebelde del trópico y en vez de tener que reciclar nutrientes para mantenerse, se daba el lujo de producirlos y exportarlos.
Todo comenzaba de una forma muy bella, cuando las hojas de estos árboles caían a las aguas salobres y se iniciaba un proceso de descomposición, que generaba unas ciertas reacciones bioquímicas, que convertían esas hojas en una especie de película gelatinosa (algo picho) que era el alimento favorito de pequeñas especies de camarones, que desovaban allí mismo, camarones que luego serían comidos por peces, que a su vez serían comidos por peces más grandes, que luego comería algún humano o incluso otro pez mucho más grande. Camarones que también hacían popó, un popó que le gustaba comer a otros bichos y así se iniciaba el ciclo de la vida: con un bicho comiéndose la mierda de otro para sobrevivir. En el manglar pues se iniciaba un ciclo de vida y muerte que en todo caso no necesitaba recuperar nada de eso para seguir existiendo.
La semana justamente anterior a la de mi exposición acontecería la de D. y V. Dentro de las decisiones importantes a tomar antes de la mítica exposición estaba la de cómo se habría de vestir, en especial si uno era señorita. Casi siempre se optaba por una minifalda o un escote. Para su exposición Viviana escogió una minifalda, que acompañó con unos tacones muy altos y un maquillaje perfecto que, valga decirlo, la hacían ver aún más bonita de lo que ya era. Las notas de las exposiciones de D. y V. fueron respectivamente 4 y 4.5, con lo que se ratificaba -quizás- que era cierto que si la pinta era la adecuada uno podría ganar un 0.5 adicional.
Llegado mi momento hice lo que mejor sé hacer. Me paré frente a todos mis compañeros y hablé durante dos horas y algo más con poca dificultad. Quizás, para alimentar el mito, Gonzalo acostumbraba a decir al final de la exposición, tras unos breves comentarios, la nota obtenida en voz alta, delante de todos. En medio del salón todavía oscuro me dijo: reina, tienes cinco.
Cuando salí del salón, con mi cinco solitario a cuestas, mi hermano se mostró orgulloso ante todos. No dijo nada, pero yo podía ver en sus ojos que les decía “ella, ella es mi hermana”. Luego Viviana se acercó y me dijo que no entendía porque ella no había sacado cinco si se había puesto minifalda y yo no. Y lo decía en serio.
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No fue la primera ni tampoco la última vez que obtuve esa nota en una asignatura, pero para que eso pasara siempre necesité hacer por dentro un clic, encontrar un motivo suficientemente apasionante, tras lo cual obtener la nota máxima era para mi lo de menos: el milagro sobrevenía como una consecuencia necesaria aunque impensada de lo que sentía como real y genuina pasión.
De otro lado nunca consideré deseable sacarme un cinco por el simple gusto de sacarlo, porque lo considerara necesario o importante para mi futuro y más bien decidía deliberadamente sacar cero -sin que tampoco me importara mucho-, si el caso era que el asunto no me suscitaba suficiente interés. No consideraba mi deber hacer algo que no me gustaba. Si pudiera cambiar algo en mi vida volvería a ese momento y no me permitiría avanzar hasta el punto en que decidí dejar una carrera y -sobre todo- un ambiente que consideraba perturbador. Caminaría por un buen tiempo detrás de los pasos de De las Salas y Von Prahl.
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Hace un par de meses me encontré a Viviana muy cerca del trabajo, después de muchos años de no verla. Me pareció tan bonita como siempre. Después de despedirme recordé todo el episodio, toda la momentánea felicidad de haberme convertido en la chica que había roto el mito con ese cinco del que todos hablaron por unos buenos días.
Nos despedimos y me quedé pensando que en todo caso quizás yo siempre quise ser más bien como ella, una chica de 4.5, una chica de cualquier nota, pero como ella, la ahora Ingeniera Forestal, que se iba delante mío, muy oronda, con su acostumbrada e imperecedera belleza a cuestas. Y mi cinco ¿mi cinco en dónde estaba? ¿A uno en dónde se le nota el cinco?
Nota: Henry Von Prahl murió en el atentado terrorista al avión de Avianca el 27 de Noviembre de 1989, muchos años antes de que yo supiera qué era un manglar. Si quieren aprender cosas lindas busquen sus libros.