Mientras corro, tal vez piense en los ríos. Tal vez piense en las nubes. Pero, en sustancia, no pienso en nada. Simplemente sigo corriendo en medio de ese silencio que añoraba, en medio de ese coqueto y artesanal vacío. Es realmente estupendo. Digan lo que digan.
Haruki Murakami. De que hablo cuando hablo de correr.
Empezar Quizás tendría ocho o nueve años la primera vez que salí a correr con mi papá. No recuerdo bien si se lo pedí o si sencillamente él decidió que ese sería un buen plan dominical para los dos. Por aquella época mi papá debía estar casi en sus 50 años. Era un hombre muy acostumbrado a ejercitarse regularmente y a esa edad ya había sido futbolista, patinador, ciclista y nadador. Nos enseñó a patinar, a mi hermano y a mi, cuando éramos muy pequeños. Nos recogía los domingos temprano, nos dejaba en la pista de hockey del Parque Nacional y mientras tanto él iba a hacer practicas un poco más intensas. Lo recuerdo en esa época casi casi como el hombre más fuerte del mundo entero (para mi) capaz de aguantar larguísimas jornadas de trabajo, de trabajo duro, del que requiere mucha capacidad física: levantar y cargar tablas pesadas, aplicar fuerza a la madera para convertirla en alguna otra cosa. Un carpintero debe ser, por sobre cualquier cosa, una persona muy muy fuerte. Y mi papá lo era (sigue siéndolo) pese a no ser un hombre particularmente grande, alto, musculoso ni acuerpado. Como parte de sus deseos, de sus decisiones o de sus caprichos, acabé allí una mañana de un domingo cualquiera para correr con él y sus amigos (señores mucho mayores que yo) quienes se reunían para hacer recorridos de distancia mediana por los cerros de Bogotá o hacia las afueras de la ciudad. Dolor Tengo muy pocos recuerdos de esa primera jornada atlética. Apenas recuerdo el dolor. Yo le decía a mi papá que las piernas me dolían (los muslos particularmente) y él sin inmutarse, sin enojarse, sin compadecerme, con una simple frase : “No sea floja” y una promesa barata “...que cuando lleguemos comemos arepa”, hacía caso omiso de lo que me pasaba. Tal vez si le importaba, aunque no tanto. Sabía muy bien que de eso no me iba a morir ni a enfermar (conocía el material del que estaba hecha y no dudaba de su capacidad) y en su calidad de deportista amateur más o menos entrenado, creo que intuía que ceder tan fácilmente a mis quejas habría hecho de mi justamente eso que él no quería que yo fuera: una persona floja. Total que a mis 8 o 9 años recorrí todo el camino desde la calle 72 con carerra 7 hasta el pueblo de La Calera, por una simple arepa y supongo por la satisfacción o el deseo de mi papá. Quizás ese día mi vida haya cambiado para siempre. Tal vez ese día me hice una persona solitaria. Tal vez me hice fuerte. Tal vez encontré una forma de luchar contra algo. Crecer Salir a correr los domingos junto con su grupo de amigos se volvió rápidamente una costumbre. Una costumbre que además de considerarse -tácitamente- benéfica para mi desarrollo personal, le facilitaba la vida a mi papá: le permitía hacer lo que más le gustaba y además, hacerlo conmigo. Recorrimos muchos sitios juntos cada domingo. Ya en la Universidad, a mis 14 o 15 años, corría casi tan rápido como él y en muy poco tiempo empecé a superarlo. Llegué mil y un veces tarde a la universidad por quedarme a correr. Pensaba en mis trabajos ocasionales siempre en función de la disponibilidad de tiempo para correr cada mañana. Discutí con mi mamá para dejarle muy en claro que no iba a dejar de correr mientras la vida me alcanzara. Rechazaba invitaciones a fiestas porque trasnochar sería un impedimento para ir a correr al otro día. Mi gusto por correr me mantuvo alejada de varias de esas cosas de la vida que se consideran buenas. Sin embargo creo me gustaba más correr porque lo encontraba infinitamente más difícil que, por ejemplo, emborracharme, cosa que me parecía relativamente sencilla y que no requería esfuerzo alguno. Quizás corro porque me gusten las cosas difíciles y correr, sin lugar a dudas, es una de ellas. Suelo decir que corro porque cansar y exigir el cuerpo es una forma de dominar la mente. Y eso lo entiende quien ha corrido largas distancias y sabe que en algún momento ya no se trata de tener unas piernas fuertes sino mas bien una mente capaz de sobreponerse al malestar. En una época particularmente triste de mi vida llegué a correr más que nunca. Alcancé casi los 4 minutos por kilómetro y varios de los atletas más o menos buenos que iban al parque cada mañana quisieron tomarme para entrenar con ellos. Adelgacé mucho, y sentí que toda mi tristeza se esfumaba a medida que yo corría más y más rápido. Me hacía sentirme fuerte, me hacía sentirme mejor. Corría quizás contra mi tristeza, quería dejarla atrás. Me negué a entrenar con ellos , pues siempre me ha gustado correr sola o casi sola. Imágenes La costumbre de correr cada domingo con mi papá ha permanecido más o menos inmodificada a través de las décadas. La última vez que salimos juntos fue hace unos 15 o 20 días. Ese día alcancé la meta mucho antes que él y estuve esperándolo un buen rato. Cuando al fin apareció lo ví caminar notablemente cansado y fui yo quien por primera vez en tantos años dijo: dale, no seas flojo. No quiso seguir, no al menos en el ascenso. Le dije entonces que volviéramos. Empezamos a bajar y volvimos a la casa. Mientras lo haciamos no pude evitar pensar en lo que significaba que ahora yo fuera mucho más adelante que él, que ahora era él quien se cansaba y yo quien lo animaba, que corríamos por la misma zona en la que muchos años antes él me habia llevado por primera a vez a correr. No pude evitar pensar cuanto tiempo había pasado desde entonces y cuanto nos quedaría todavía juntos. MurakamiHace ocho día hice una carrera de 10 k con Cristina. No sé exactamente cuál fue mi tiempo, pero debió estar un poco por encima de la hora. Mi mejor tiempo en esa distancia creo que ha sido 55 minutos, lo cual signfica 5.5 min por Km, una velocidad aceptable para alguien de mi sexo, condición física, edad y nivel de entrenamiento.Los atletas de élite, los que alcanzan los 3 minutos por Km o menos, deben hacer algo así como unos 200 km a la semana para alcanzar estas velocidades y para tener la resistencia necesaria para hacer una maratón o una media maratón a 3 minutos por kilómetro durante 42 km. Brutal. Y el brutal quizás solo pueda entenderlo alguien que al menos haya corrido en carrera 5 K.Cuando volvíamos de correr con Cristina me habló del libro de Murakami, “De que hablo cuando hablo de correr”. De éste ya me había hablado antes Diana, con la promesa (incumplida) de prestármelo. El viernes decidí buscarlo en Internet y descargarlo. Desde ese día he estado leyéndolo, un poco maravillada, un poco llena de esa emoción que acontece cuando uno logra encontrar alguien a quien le apasiona lo mismo que a uno y que lo ha descrito de una forma tan precisa. Cuando corro (sea en mi entrenamiento de casi a diario o en una carrera) solo una cosa es segura para mi: siempre sé que voy a acabar. No es algo que me repita como un mantra, no es algo en lo que tenga que pensar. Creo que desde esa primera vez, a los 9 años, cuando sin haberlo decidido completé un recorrido que puede parecer bastante irracional para una niña de esa edad, quedó grabado como una impronta la idea de que cualquier cosa podría pasar (hacer un pésimo tiempo o llegar penúltima) pero retirarme nunca iba a ser una opción. De tal modo que cuando decido correr una carrera se de antemano que acabaré. Dicho en otras palabras: no correría una carrera que no me sienta capaz de terminar. Dicho en otras palabras: siempre me siento capaz.Cuando empiezo a correr acostumbro a pensar que si ya antes he corrido 10 km correr 5 más no será demasiado complejo. Que si ya hice 15 , seis más no harán la diferencia. También me resulta útil pensar en episodios de cansancio extremo: pienso por ejemplo en lo mas difcíl y esforzado que he hecho en la vida (quizás haya sido ascender a wayna pichu) y me doy cuenta de que este cansancio de aquí y ahora no es similar, que si hice esa cosa tan difícil la que tengo justo enfrente es infinitamente mas sencilla. Creo también que gracias a este entrenamiento he asumido el yoga con mucha facilidad: sé de que se trata cuando se habla resistir, de aguantar y superar los propios límites. A veces , cuando corro, siento que podría y querría mantenerme infinitamente corriendo y que esa es la cosa más loable que puedo hacer mientras me muero.Ganar
No sé que tantas cosas de las que soy ahora tengan que ver con el tiempo que he dedicado en mi vida a correr. Cuando menos se que el haberme ejercitado durante todos estos años me ha hecho alguien muy resistente (una resistencia que valga decirlo siento que aumenta con los años), alguien ligeramente más fuerte que las mujeres y hombres de mi misma edad y condición física y que muchas mañanas he corrido con éxito para alcanzar la buseta y en consecuencia he logrado llegar a tiempo gracias a mi capacidad para correr. Pues aún con calzado y ropas no adecuadas, soy capaz de tener un pequeño estallido de energía y correr tras ese preciado objetivo que es el bus que me llevara a tiempo a mi destino. Lo considero una ventaja evolutiva y algo de lo que me vanaglorio.Nunca le he ganado mas que a mi papá o a los ocasionales compañeros de ruta que han aparecido y que se han mostrado momentáneamente fascinados por el hecho de correr. Bien lo anota Murakami: el corredor de largas distancias en realidad está luchando consigo mismo, compite cada día contra él y en esa medida ganar o no ganar no resulta algo determinante. Basta con el orgullo que produce haber corrido, por ejemplo, 21 km sin desfallecer, cosa que es bastante más difícil que quedarse en casa para leer, estudiar, hacer oficio o pensar en cómo salvar el mundo.Tal vez mis días acaben espichada por una buseta y todos digan “de harto que le sirvió correr” o finalmente me alcance un cáncer y sienta que correr no me ha servido de mucho para escapar de la enfermedad o de la muerte. Aunque no corro con el objetivo primordial de ser una persona “saludable”, si me gusta ir al médico y que encuentre mi ritmo cardiaco bastante por debajo del normal y que mi metabolismo sea tan bueno y adaptado como para no ser la persona obesa que debería ser teniendo en cuenta todo lo que como a diario. Conlleva algunas molestias, como el hecho de empezar a transpirar incluso cuando apenas se ha caminado una cuadra, unos pies que exhiben una que otra callosidad debida enteramente a la costumbre de correr, las ganas irrevocables de caer dormida máximo a las 10 pm, más ropa para lavar y un cuerpo extremadamente sensible al trasnocho y al trago. También se deben tolerar algunas burlas y alguna clase de aislamiento social que en todo caso no me importa mucho. De seguro si me importara dejaría de correr.Lo nuevoSon las 5.15 am. Estoy despierta desde las 2 am porque ayer en la mañanacorrí algo más que de costumbre y en consecuencia dormí un par de horas muy bien dormidas después de bañarme y desayunar. Por eso no tengo sueño ahora mismo. Leí otro par de capítulos de Murakami y luego me apliqué a escribir.Hacia las 7 u 8 de la mañana planeo salir con mi papá. Voy a salir antes que él, haré un recorrido por la zona y luego nos encontraremos para cumplir nuestra cita de cada domingo. Iremos hasta el pueblo, lo que significa hacer 6 km que sumados a los 4 que haré antes darán 10, que con los 10 de ayer de me dejarán con la meta cumplida de 20 km que me propuse el viernes pasado.
He decidido que es ya es momento de empezar a correr un poco más. Tal vez el otro año, que ya está muy cerca, me decida al fin a correr una maratón.