Nunca entendí bien porque acabamos allí, sentados encima de una piedra, en un paisaje en el que parecíamos refundidos, sin que en todo caso alguien lo notara, ni siquiera nosotros. Pero ahí estábamos, en silencio, sin mirarnos, muy cerca uno del otro, como si cada quien estuviera acompañado por si mismo. Había llovido mucho. Justo detrás de nosotros estaba la montaña, la roca desnuda, amarilla, que le daba un tono particular a toda la escena y nos hacía parecer una fotografía vieja y desteñida, y que nos indicaba que la tarde caía. Hacía frío aunque ninguno de los dos parecía sentirlo.
La sensación era de mucha calma alrededor, pese a las personas que caminaban de aquí para allá, muy cerca de nosotros. Parecían pasajeros en tránsito y me hacían recordar a los viajantes que se cruzaban en la línea del tren, camino de Macchu Picchu. Unos que apenas llegaban , otros que regresaban, aunque sin maletas, lo que me hacía creer que no emprendían un viaje largo. Nosotros tampoco teníamos equipaje.
Un bus que nadie esperaba pasó por el lugar, sin hacer mucho ruido y sin romper la calma que caracterizaba toda la escena. No me miró, no me dijo nada y decidió subirse. No me moví, no hice un solo gesto, pero pensé que no quería quedarme allí sola, o más bien, sin él. No dije nada. Lo vi irse, con una tristeza honda y callada y me quedé sentada en esa misma posición mientras el bus se alejaba.
Pero apenas unos metros adelante el bus se detuvo de nuevo. Y él, sin decirme nada, sin mirarme o hacer un gesto se bajó, y yo entendí que se quedaba para alcanzarme de nuevo. Cuando puso sus pies en la tierra había mucho barro y agua, producto de las fuertes lluvias de todos los anteriores días, meses y años, y él empezó a decir con mucha convicción aunque sin desespero que se iba a caer. Repetía sin angustia voy a caerme.
Y con la misma convicción que él repetía que se iba a caer yo abandoné mi quietud, me paré decididamente y me acerqué hasta donde estaba varado, esperando caer, y le dije que no, que no le iba a pasar nada, que yo no lo iba a dejar caer. Lo invité con un gesto a tomarme de la cintura y así lo conduje, pequeño tren humano de dos vagones, hasta la piedra en la que reposábamos unos minutos antes. Nos quedamos allí de nuevo sentados, sin un propósito evidente, como quienes no esperan nada, sin mirarnos ni hablar. Juntos de nuevo, sumergidos en la misma calma inicial. Personajes incidentales de una foto que aunque no era la nuestra resultó nuestro mejor retrato.