Kitten's meow

"I know you can read my thoughts, boy: Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow".

Homer Simpson
Recent Tweets @leidymarmalade
Who I Follow

Cumplí 15 años un 29 de marzo, la misma fecha en que celebramos mi natalicio cada 365 días. Ese día me levanté muy enferma, tenía una amigdalitis tremenda. No me bañé, estaba muy despeinada y usaba un saco morado que ni siquiera era mío. Nunca preparamos nada con anticipación en mi casa, nunca creímos ni sentimos que hubiera algo especial alrededor de que yo cumpliera 15 años. Sin necesidad de deliberarlo no hicimos nada especial. Gracias a dios.

La primera y única vez  en mi vida que me metí en un vestido rosado, ancho y pomposo, fue para la fiesta de 15 años de Bibiana Mateus. Me invitaron como una de las damitas de honor, y yo, que a mis 14 años solo tenía converse azules,  bluyines y camisetas grandes, tuve que pedirle prestado a la novia de mi hermano de aquel entonces, un vestido rosado, strapless, dentro del que me sentí tremendamente ridícula, como si me hubiesen puesto un vestido de coliflor y me hubieran peinado como un pan trenza.

Sin embargo causé furor entre los asistentes porque se dieron cuenta que debajo de las camisetas, los bluyines de niño y las converse se escondían curvas. Y qué curvas. Sé que algunas de esas fotos reposan en el álbum de fotos de la casa de Bibiana y yo ruego porque hayan desaparecido o el tiempo las haya dejado olvidadas en un rincón en el que nadie nunca jamás las encuentre.

El día de mis 15 años solo estuvimos mi papá, mi mamá y yo. Mi papá compró gallina o pollo en algún lugar cerca de la casa, en el barrio Inglés, creo, y nos sentamos en una mesa, que ni siquiera era la mesa del comedor, a comernos ese pollo. No hubo ponqué. Nadie cantó, ni mucho menos bailó.

Mi mamá me compró una tarjeta de Timoteo, que era enorme y roja y decía un montón de cosas bonitas y me regaló una esclava que se me perdió mucho tiempo después en un baño de la Universidad Nacional. También llegaron dos ramos de rosas anónimos, que nuca supe quien envió, pero sin duda debió ser alguien de mi familia.

Cuando era más pequeña mi abuela Cecilia, quien era la de la plata en la casa y quien supuestamente me quería mucho, se la pasaba hablando de la gran fiesta que me haría para mis 15 años. Y yo sentía horror de solo pensar en vestirme de señorita y tener que sonreír ante las cámaras y bailar con muchachitos apestosos que a esa edad solo me producían repulsión. Y ver mi nombre en hielo, como el de Bibiana. Y ponerme zapatos rosados de tacón. Ay.

El tiempo pasó, mi abuela dejó de quererme un rato por mis guachadas y como castigo me impuso privarme de esa fiesta que, en todo caso, yo nunca quise. Esa misma semana de mi cumpleaños número 15 mi abuela me mandó decir que si no hubiera sido por mi mal comportamiento me habría financiado tremenda fiesta, y yo por dentro me regocijaba de ser la muchachita guache que era, cosa que me había salvado de semejante acto tan humillante.


Nunca ví nada importante en tener 15 años, o 16 o 18 o 32.  Lo que más me importa cada vez que cumplo años es que el número de asistentes fijos sea siempre el mismo: tres. Papá, mamá y hermano, que sumados conmigo hacemos cuatro. Cuatro que precariamente intentamos hacer una familia y que a la postre, pese a lo raros que podamos parecer, lo logramos. Gracias pequeña y extraña familia mía por no haberme hecho nunca una fiesta de 15 años. Gracias por hacer de mi una muchachita y una mujer más o menos anormal. Gracias por no hacerme vestir como un muñequito de un ponqué. Gracias por no contarle al mundo en medio de pompas, lechona y ponqué, que yo ya estaba en edad de merecer.

  1. leidymarmalade posted this