Esta es una de esas mañanas en las que me gustaría tener un trabajo suficientemente laxo como para llamar y decir : “me quedo en la casa”. Quizás podría hacerlo, pero mi sentido de la responsabilidad, que crece con los años, y la creencia acaso infundada de que mi presencia es necesaria me tienen acá sentada.
No odio mi trabajo. Tampoco me alucina. Creo que no me pregunto qué tanto me gusta lo que hago. Más bien me gusta lo que hago con el resultado de mi trabajo y eso quizás, por ahora, sea más que suficiente.
Si hubiese podido quedarme en la casa habría salido a caminar un rato hasta algún punto desde el que se vea el embalse. Debe verse muy bien bajo un cielo tan azul como el de hoy. O tal vez habría querido irme a pie hasta el mirador, pararme a ver un rato la ciudad y sentir el viento helado que corre a 3.050 msnm.
++++++
Ha hecho mucho frío durante las dos últimas madrugadas. Hay un clima inusual para la época y pareciera que los cielos tremendamente azules y despejados de los pasados días anunciaran ya la llegada de la Navidad.
Anoche dormí con muchas cobijas. Aún así la baja temperatura de la mañana se hizo sentir, me hizo enroscar entre mis nueve cobijas y clavar mi nariz en la almohada para poder dormir. Escurría mucha agua por los ventanales de la casa cuando me levanté, agua que Linus lamía graciosamente mientras estornudaba un poco por el frío. El agua salía helada por la llave del lavaplatos. Recordé que viene de un páramo que está muy cerca, y que además tengo que comprar guantes para lavar la loza. Luego de bañarme el contacto con la ropa yerta fue también un poco chocante
Cuando salí de la casa el cielo estaba tremendamente azul y lo que la semana pasada eran charcos y barro, ahora volaba por los aires hecho tierra al paso de los carros y los buses del colegio. Temí por el estado de mi pelo. Sentí ese olor de la tierra en verano que siempre me hace pensar en las verbenáceas, un olor parecido al de la ruda aunque un poco más sutil. Un olor que me gusta mucho, pero que no sé si me gusta más o menos que el de la tierra después de que ha llovido.
++++
Anoche cuando bajé del colectivo me encontré con mi papá. El bajaba de otro bus. Lo llamé, nos saludamos y nos dimos un beso que se sintió helado. Le dí una barrita de cereal y chocolate TOSH que me dieron en la oficina. Comenté lo despejado que estaba el cielo, la cantidad de estrellas que se veían, que anunciaban mucho frío de nuevo esa noche. Me regocijé sin embargo de que aunque estuviera haciendo mucho frío no hubiera una alta humedad, como la semana pasada. Él dijo que íbamos a tener que comprar guantes y que si no hiciera tanto frío el lugar sería un verdadero paraíso.
Luego saqué mi iPod que había quedado pausado un par de horas antes. Apreté el play con las manos un poco entumecidas, y el cantante cantaba algo que decía: “y alumbrados por estrellas, bajo un cielo protector, dormiremos abrazados al calor que da el amor”.