Kitten's meow

"I know you can read my thoughts, boy: Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow".

Homer Simpson
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Me alistaba ya para irme a la casa y me llamaron a la gerencia. No pensé en nada concreto. Supuse que como siempre me necesitaban para alguna cosa. El motivo no era otro que decirme que estaba haciendo mi trabajo muy bien y conversar algo sobre un nuevo móvil para mi. Acto seguido mi jefe me invitó a acabar una botella de tequila  1800 que dejamos a la mitad hace un tiempo.

 
Acepté, porque por insólito que parezca y por impopular que resulte, mi jefe me cae bien, que le hacemos. Ya sé que se supone que uno el jefe le caiga mal pero no es mi caso.
 
Llegamos a su apartamento y decidimos mejor tomar vino, pues no quedó tanto tequila de la última vez. La conversación fluyó rápidamente y de repente ella me preguntó que si me sentía “estable”, a lo que yo repliqué que la respuesta era definitivamente , si la pregunta apuntaba a lo laboral. Tan estable y segura como nunca antes. Comenté también que de repente habría alcanzado ya ese momento de la vida en que uno busca seguridades.
 
Luego vinieron otras reflexiones de mi parte que tenían que ver con lo increíble que me parece estar manteniendo una casa como la que mantengo ahora y lo imposible que llegué a considerarlo en algún momento de mi vida pasada. Le conté de lo feliz que eso me hacía y del sentimiento de orgullo que me producía.

Tomamos una copa, y otra y otra más. Hablamos de muchas cosas, entre ellas de The Big Bang Theory y quedó de prestarme la primera temporada. Hasta que llegó el momento de irme. Subí caminando por la calle 85 a buscar la séptima, recorrido que hasta cierto punto me pareció seguro y confiable, particularmente hasta la calle 11. Por las calles restantes recelé de la poca gente que aún transitaba por allí, pero entonces me acordé de Katherine, quien vive en el sector y me ha dicho que nunca le ha pasado nada y que es una zona muy segura. Ella y sus palabras significaron una nueva inmersión en mi sensación de seguridad.

Sin embargo solo vine a sentirme totalmente segura de nuevo cuando alcancé  la esquina de la calle 85 x 7 y ví las luces de las pequeñas busetas que me llevan  a mi casa cada noche.
Como ya es costumbre  subí a mi bus muy rápidamente y, una vez estuve adentro, me sentí a salvo, de lo que sea. En tanto mi bus avanzaba y veía ya lejanas las luces de la ciudad esa sensación de seguridad aumentaba. Pensé que confiaba en mis compañeros de bus, que confiaba en el conductor que me llevaba a casa y que me sentía segura, a salvo [de lo que sea], tranquila.

Llegar al peaje fue hacer crecer todavía un poquito más mi sensación de confort. Desde ahí el camino se hace más oscuro y silencioso y ya parece un poco más el campo. Unos pocos kilómetros adelante del peaje anuncié mi bajada. El bus se detuvo, pagué, bajé y estaba allí parado esperándome mi papá, a quien había llamado 50  minutos antes para decirle que me esperara a las 8.45. Cuando me bajé el reloj marcaba las 8.47. Le pregunté desde cuanto tiempo antes había llegado y me dijo: hace dos minutos.

Empezamos nuestro recorrido por esos 700 m que separan nuestra casa de la Ruta 50,  y mi papá llamó a Manchas, el perro que cuida nuestra casa. El perro había salido a acompañarlo y nos esperaba unos pocos metros adelante de donde me deja el bus. Saltó encima de mi, me mordió varias veces afectuosamente, batió mucho la cola y volvió a la casa,  corriendo junto a nosotros, saltando y mordiéndome los brazos a cada rato, mientras mi papá comentaba lo fieles que eran los perros y lo simpático que era Manchas.

Al fin llegamos. Entré y calenté la comida de mi papá. Se la llevé y  me fui a acostar, mientras pensaba en todos los miedos de mi vida anterior, convencida de que desaparecían poco a poco, y de que me iba a tocar inventarme unos nuevos: temerle al jinete sin cabeza o a la patasola, pues he dejado de sentir miedo de los asaltantes, de los choferes locos, de los atracos en las busetas y del mítico violador de La Macarena, mi antiguo barrio.

Me abrigué bajo mis siete cobijas, con bastante alcohol en la cabeza, y con cierta clase de felicidad y orgullo por haber construido este universo de confianza y seguridad en torno a mi.


A las 3 am sentí un ruido que me despertó.  El gato maulló muy duro, como cuando se asusta mucho. Abrí los ojos y mi iPad encima de mi escritorio se prendió solo. No pensé en nada en particular, pese a lo anómalo de la situación. Me envolví en mis cobijas de nuevo, cambie de posición y me volví a dormir tranquila y confiadamente hasta la mañana de hoy.

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