Kitten's meow

"I know you can read my thoughts, boy: Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow".

Homer Simpson
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Tengo seis o siete años. Mis ojos apenas alcanzan a ver un poco por encima del banco de carpintería de Luis. Lo veo tallar las patas de unos muebles que mi abuela le encargó.
 
Luis es el mejor ebanista de Muebles Sensación. Tiene unos 30 o 35 años. Es de Neiva.  Moreno, crespo, alto, flaco, cascorvo y muy huesudo. Anda un poco jorobado y tiene una voz entre nasal y aguda, que en todo caso no me molesta.
 
Siempre lleva un saco azul, de cuello alto, una gorra como de muchachito irlandés, también azul, que apenas deja ver sobre su cara, accidentalmente, alguno de sus crespos. De pantalones lleva unos viejos y llenos de pegotes de pegante por todas partes. De zapatos, unos croydon blancos, que usa también para jugar microfútbol a la hora del almuerzo, antes de acostarse a dormir un rato en la ronda del caño de la calle once sur con carrera sexta.
 
Luis casi no me habla. Apenas me mira y sonrie, porque yo lo observo con mucho cuidado, sin dejar de prestar atención un segundo a sus manos mientras dan forma a la madera con elementos cortantes de diferente tamaño y grosor. Me impresiona ver como convierte con sus manos un simple palo en una pata llena de arabescos y flores. Uno de sus dedos no se mueve, sino que está siempre está estirado, pues Luis se cortó con un formón hace algunos meses y uno de sus tendones se dañó.
 
Aún así, sigue siendo el mejor ebanista de Muebles Sensación. El único que sabe tallar, el único capaz de hacer unos muebles que nos sobrevivan: a mi abuela, a mi hermano, o a mi, que soy la más joven de todos.

A Luis le gusta mucho tomar y tiene dos mujeres. También le gusta el fútbol. A veces llega tarde a la fábrica, o simplemente no aparece. Mi abuela discute mucho con él, pero  la larga lo soporta, porque sabe que Luis es y será siempre el mejor ebanista del taller.

Sigo a Luis por toda la fábrica. Lo veo trabajar en la planeadora, en la sinfín, en el torno y en la sierra.  Me gusta andar con él. Cuando salen a tomar onces le pido que me lleve. Él sale en su calidad de jefe de taller y lo siguen los que apenas son sus ayudantes: los que lijan, echan tapaporo, resanan y ponen el enchape. Su cuadrilla. Detrás de nosotros va un perro que parece más bien una rata grande, que cuida el taller y se llama Capitán.

Llegamos a la tienda, que está apenas a unos metros de la entrada de la fábrica. Me siento junto a ellos a comer un liberal con gaseosa. Volvemos y me quedo otro rato para ver a Luis tallar. Luego me pongo a hacer pasteles de aserrín junto a la sierra, que está en todo el centro de la fábrica, cuando ya todas las máquinas están apagadas y con seguro, única situación en la que me puedo acercar.

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Todas las cosas tienen su momento y su lugar. Me repito esta frase mientras saco tachuelas con un destornillador  imantado y unas pinzas,  de unos muebles cuya tapicería nos disponemos a cambiar. Unos muebles que ideó mi abuela, que hizo y talló Luis en cedro del mejor, del de Puerto Asís, de ese que huele y sabe raro, del que hace doler la garganta. Del que cuando pasa por la sierra le avisa a todo el mundo que están cortando cedro amargo.


Unos muebles que fueron tapizados por Jaime, un tapicero que mi abuela decía que era medio bobo, y pintados por mi Tío Luciano, quién ejerció el cargo de pintor de Muebles Sensación durante todo el período que transcurrió después de la muerte de mi abuelo, Don Luciano Páez, dueño de la fábrica, a quien nunca conocí.

Como  resultado de las ideas de mi abuela y el talento y el trabajo de Luis, Jaime y mi tío Luciano, una tarde llegaron a la sala de mi casa los muebles más bonitos que había visto en toda mi vida. Hermosamente tallados y pintados, con la mejor tela que mi abuela consiguió en todo Bogotá.

Durante mucho tiempo estos muebles fueron la joya de la casa. Pero poco a poco la magnífica tela  se ensució, la madera se rayó, la pintura se deterioró. Llegaron nuevos muebles a la casa (nada parecidos) y los que fueran el orgullo de nuestro hogar, empezaron a andar arrumados de aquí para allá. Ellos y la abuela estuvieron en la misma habitación hasta el final de sus días (los de ella), como envejeciendo juntos. Hasta que al fin ella se murió. La sobrevivimos sus hijos y nietos completos (como debe ser) y sus muebles también.

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Todas las cosas tiene su momento y su lugar , me repetía ayer en la tarde mientras retiraba una a una los cientos de tachuelas,  telas, amarradijos y espumas, que más de 20 años después me hicieron corroborar lo que ya todos sabíamos: que Jaime era un gran tapicero, pues no fue nada fácil sacarle las entrañas a los muebles.

Me pregunté mientras tanto qué sería de la vida de Luis Caicedo. Me vinieron también muchos recuerdos de la infancia entre montones de viruta, aserrín, carpinteros y herramientas. Condición que a la postre me convirtió en alguien capaz de distinguir un mueble bien hecho de uno que definitivamente no lo está , y que me facultó para ir por la vida sin problemas para distinguir a primera vista el mopo del cedro, el cedro del pino y el pino del guayacán.

En la sala, cerca de nuestros muebles en refacción, hay también un mueble que le encargué hace un par de años a mi papá y del que siempre la gente tiene que decir que es muy bonito. Yo sé que ese mueble sobrevivirá  a muchas generaciones, y que algún día  adornará una sala en la que yo ya no esté, en una casa en la que seré apenas un recuerdo o una foto en una pared. Me pregunto qué dirá la gente del futuro acerca de mi y de mi famoso mueble.

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La última vez que pasé por el lugar en el que quedaba Muebles Sensación, la puerta era la misma que cuando yo era una niña.  A veces siento muchas ganas de volver allá, golpear, pasar
 y darme un paseo por el lugar en el que comenzó la historia de mi vida. Nadie me lo ha contado, pero yo creo que mi papá y mi mamá se conocieron allá.