Kitten's meow

"I know you can read my thoughts, boy: Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow".

Homer Simpson
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No sé si Jorge escriba bien o mal. Antes lo sabía, o creía saberlo. Ahora más bien encuentro sentido en leerlo, pues a veces me parece que me habla (aunque en el fondo sé que no es así). A menudo encuentro en lo que escribe una respuesta, una seña, una explicación, la adecuada formulación de algo que hubiese querido escribir yo, o simplemente una razón para respirar hondo y detenerme. 
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Los jueves siempre tengo una reunión que me aburre.  Aunque no sé si de verdad me aburre, o  más bien creo que me aburre, ya que desde un principio todos decían que era una cochina reunión aburrida. No sé, además, si digo que me aburre porque parte de la pragmática del trabajo es decir que uno anda jarto, quejarse y todas esas cosas.
 
Pese a esa odiosa (?) reunión, llegué algo más temprano de lo normal a  la 86 x 7. Me subí a un bus que no llevaba aviso y luego me arrepentí,  pues sentí que hacía algo indebido. Me pareció que el bus olía a a perro y que no era tan elegante como los buses en los que subo a diario. Sin embargo me costó $500 menos y llegué muy rápido a la casa. Y me quedé sin saber mi verdadera opinión sobre el  bus: sí me olió a perro porque no llevaba aviso, y sí luego me pareció que olía mejor porque pagué menos.
 
Mientras caminaba, en medio de las luces aún encendidas de las pocas tiendas y las de los escasos carros que pasaban salpicando agua y barro, pensé un millón de cosas. Entre ellas, que desde hacía muchos días no veía nada nuevo en el blog de Jorge. Un pensamiento fugaz, que se mezcló con muchos otros: no hay fósforos; quiero Coca Cola; quiero queso pero el que venden en la panadería no me gusta; viene un perro; hace frío; me gusta pasar por acá; ¿podré salir a correr mañana?
 
Luego  llegué a mi casa  y otra vez las cosas no servían. Maldije la vida y odié al mundo, así, como hacen las personas grandes cuando las cosas no funcionan.

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Durante gran parte de mi vida los reclamos de mis mayores se dirigían a remarcar que yo era una persona infantil. Algo así como una chica con síndrome de Peter Pan, que se negaba  a asumir las responsabilidades de la vida adulta. Y yo siempre respondía que no entendía por qué había que tener una vida colmada de responsabilidades, y que las evitaría cuanto pudiera. Y es así como he triunfado al menos en ese propósito de tener muy pocas. Por eso me niego a los créditos, pospongo indefinidamente la maternidad, el matrimonio y la compra de un carro, cosas que me parecen tan de gente adulta y seria. Cosas que no sé si quiero y puedo asumir. Cosas que no sé si me gustan, o más bien pienso que deberían gustarme, porque  acaban diciéndole algo a los demás [algo estúpido y convencional] acerca de quien es uno.

Sin embargo, algunas noches, cuando las cosas no funcionan, me porto como gente grande y seria. Reniego de la vida porque llego a la casa y el televisor no sirve, porque las cosas no ocurren como pienso que deben ocurrir. Entonces soy una persona horrible y además me creo en la obligación de serlo para que las cosas sirvan. Aunque yo no sé si quiero que funcionen y tal vez no me importe en realidad que la jodida televisión sirva alguna noche.

Pero la pragmática de la vida adulta indica que debo hacer algo, que debo parecer alguien serio capaz de llamar a dios si fuere necesario para que los asuntos marchen. Hago sentir mi ira y me regocijo cuando, gracias a ella, las cosas van como deben ir.                      
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Luego de insultar a los de Telefónica por vez número 20 en la semana, atormentar al operador, llamar a mi mamá y hablar con mi hermano (para atormentarlos), cogí mi iPad y me senté a comer cosas que preparé con rabia mientras renegaba del mundo. Y encontré el post de Jorge. Pensé en mi cubo de rubik, en la forma en que lo azoto cada noche contra las paredes y el piso, en esa actitud tremendamente infantil que adopto después de haber intentado parecer, sin éxito alguno, una persona adulta.  Y en la forma en que delicadamente lo recojo cada mañana para intentar armarlo de nuevo.

Mis días transcurren últimamente así, entre la desesperanza y el optimismo moderado, entre las obligaciones y la pragmática de una vida adulta que me niego a aceptar, que no sé manejar del todo, que no entiendo, y mi retorno calmado a lo que considero de verdad fundamental.

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Recuerdo que mi hermano tenía un cubo de Rubik, medio chimbo en realidad, cuyos cuadraditos no estaban pintados, sino que eran pedazos de contact pegados que me hacían mucho más “fácil” armar el cubo, pues se trataba apenas de despegar unas cosas acá y volverlas a pegar allá. Otra forma de resolver las cosas, infantil, amañada, pero útil al fin y al cabo para los propósitos de ver el maldito cubo armado, sea lo que sea que signifique “armarlo”.

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Supongo que eso que Jorge llama en su post destellos de algo fundamental, es acaso lo que me ocurre cuando  advierto en lo que él dice una seña, una respuesta, una razón que al fin me hace parar, respirar hondo y repasar las cosas que me importan de verdad. Las que me mueven, las que me hacen vivir. Las que me hacen recordar que puedo burlar las reglas y armar el cubo de forma infantil y a escondidas de todos, y sin embargo seguir aparentando ser alguien grande.

Esas, sus palabras, que a mi me parecen bengalas lanzadas desde mar adentro, y que algunas noches, mientras camino a mi casa, alcanzo a ver. Palabras que me dicen algo, aunque objetivamente no signifiquen nada. Ficciones que hacen bonito vivir.