Kitten's meow

"I know you can read my thoughts, boy: Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow".

Homer Simpson
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A veces creo que sí tuviera suficiente plata y fuera lo suficientemente hippie y valiente, me gustaría cambiar de casa y de trabajo cada año, como un estilo de vida, no como una simple contingencia, pues creo que en la variedad, mas que el placer, está la posibilidad de aprender :  una  de las mejores cosas que se puede hacer mientras la vida pasa.
 
Mi semana ha transcurrido en un mundo realmente nuevo: saludar a desconocidos mientras camino por la carretera, hablar con más gente de la que hablaría en un mes en mi anterior barrio, aprender a lidiar con perros, comprar huevos verdes y quesos de fabricación artesanal. Montarme en carros de vecinos que me llevan o me traen, sentir un poco más de frío, aprender a encender una chimenea y enfrentarme al reto de llenar una casa gigantesca por un bajo precio y  con algún sentido de la estética. Vivir por fuera de los trancones, entre un aire que de verdad es más puro y que quizás ayuda a pensar mejor. Correr por sitios por los que me sienta segura y desde donde vea montañas y verde por todas partes. Hacer trueques con los vecinos.
 

Hoy, para completar todo ese cuadro de novedades, me recogió un vecino cuando apenas salía de mi casa. Sentí pitar mientras pensaba en lo que significaba estar ahí y ahora, en las implicaciones del presente en la cadena de sucesos futuros.

Subí a su carro y corroboré, con alegría, que también venía a Bogotá y que por tanto estaba en su ruta. Mientras ascendíamos a Patios le conté que estaba recién llegada, de mis líos con los perros, de mis aventuras con el mercado ayer en la mañana y de mis tragedias con los de Telefónica. Entonces apareció la ciudad  en el paisaje y recordé la sensación del otro día, cuando se me antojó un enorme tumor que le había brotado a la cordillera. Un tumor estomacal. Mientras tanto él me daba el secreto para mantener lejos a los perros: cargar una rama y arrastrarla contra el piso cuando pase cerca de ellos.

En menos de 20 minutos ya estábamos en la 86 x 7 (sin trancones, sin semáforos, sin gente que grita obscenidades en las busetas, sin humanos que patean puertas) momento en el que nos presentamos formalmente, nos pusimos a la orden mutuamente y nos deseamos volvernos a encontrar. Me sonrojé un poco al preguntar sí le debía algo y él respondió que ya había pagado con el placer de la compañía y de hablar.

Ahí me bajé del carro Don Edgar, dispuesta como cada mañana a completar mi recorrido a pie, con una medio sonrisa que creo que me hacía resplandecer, mientras pensaba que tomé una buena decisión, que valió la pena tanta obstinación, y que cada vez más mi vida se parece a lo que alguna vez, muy pequeña, me soñé: una vida tranquila. Nada más ni nada menos.