Kitten's meow

"I know you can read my thoughts, boy: Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow".

Homer Simpson
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“Viniendo una vez a él Alejandro y diciéndole : “Yo soy Alejandro áquel gran rey”, le respondió “y yo Diógenes, el can”. Preguntado qué hacía para que lo llamasen can respondió: “halago a los que dan, ladro a los que no dan, y a los malos los muerdo”
 Vidas de Filósofos Ilustres, Diógenes Laercio. p.349
 

Viví durante un año largo en La Macarena. Tan solo una semana después de haber llegado, durante un julio, pude darme cuenta de que el barrio le pertenece a los gatos. Se pueden ver por todas partes: en las ventanas, de mañana, mientras  toman el sol y miran el mundo con ese desprecio que les es tan propio. También se les ve correr alocadamente por los tejados, de los cuáles son amos y señores. En los andenes, sobre los árboles, en las ventanas, como bonitos cuadros que aparecen por todo lado al que uno dirija la mirada. Es un barrio de y para gatos.
 
Si hubiese tenido el suficiente talento, empeño y tiempo, me habría gustado hacer una pequeña revisión fotográfica de estos bonitos animales, que han sido mi compañía y felicidad desde que era muy niña. Mi mamá me enseñó a quererlos, a saber como se comportan, y a entender como se lleva la vida con  y como un gato. Sus ronroneos, su forma de andar, y su carácter (cercano cuando quieren, distante cuando quieren) me han hecho adorarlos.

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Cuenta Diógenes Laercio,  en uno de los tomos de las Vidas de Filósofos Ilustres, un buen conjunto de anécdotas acerca de Diógenes, el Cínico. También conocido como Diógenes de Sinope, por ser natural de allí, fue el propalador de una forma de vida que llegó a ser reconocida como una escuela filosófica  en la antiguedad griega: la de los cínicos. Esta denominación significa,  en rigor  la escuela del perro, animal con el que se suele  identificar a los seguidores de esta forma de vida y que está ligado a toda la  iconografía de su figura más destacada: Diógenes, quien se hacía llamar a si mismo perro. Su doctrina, de forma general, consistía en llevar una forma de vida conforme a la naturaleza (physis) en oposición a un estilo de vida determinado por las convenciones sociales (nomos).



Una de las anécdotas que mas me gusta para dar a entender la clase de personaje del que hablamos, es esa famosa en la que se cuenta que habiendo definido Platón al hombre como un bípedo implume, decide Diógenes tomar un gallo, arrancarle las plumas y arrojarlo a la escuela de Platón gritándole: “Ahí tienes a tu hombre, Platón. Añade a tu definición : con uñas anchas”.

Entre varias causas atribuidas a su muerte se cuenta la de haber sido mordido por un perro en un tendón. Se dice también que pidió arrojar sus restos a los perros, para que participasen de él sus hermanos, y que sobre su tumba se erigió una columna y un perro de mármol pario.

También en Platón, hay una extensa referencia a estos animales, cuando se aborda en La República, el problema del carácter de quienes están a cargo del cuidado de las ciudades: de los guardianes. De estos se dice que han de tener un carácter como el de los perros: furiosos con los desconocidos y afables para con sus amos. Y es a partir de esta idea que se elabora un argumento que busca probar que también el filósofo ha de ser como el perro, capaz de reconocer con su buen olfato la verdad.

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Linus tuvo, durante nuestro paso por La Macarena, su pedazo de tejado para él solo. Por estar más arriba que casi todos los gatos del lugar, solíamos decir que de ahí para abajo todos esos eran sus dominios. Lo recuerdo en las tardes agazapado en la esquina de la terraza de al lado mirando al horizonte, corriendo y restregándose sobre las tejas. También me acuerdo del gato negro que cada mañana paseaba con suma  elegancia por el enorme tejado rojo del edificio que veíamos desde la cocina.Me quedaron en la memoria otros tres gatos, por la cuadra que quedaba un poco mas al norte de la mía: un bonito siamés mediano, otro amarillo rayado, gordo,  de mal mirar, y uno negro, que solían estar sentados en diferentes ventanas de la misma casa, como láminas perfectas.  Y el gato blanco con negro que siempre se veía en las mañanas en la terraza amarilla de la casa verde, lamiéndose las patas y viéndonos pasar con desdén.

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Hace una semana llegué acá. Hay muchos animales, pero sobre todo hay perros. Hasta tres y cuatro en cada casa. Son los guardianes, los encargados de la seguridad del lugar. Se oyen, sobre todo, por las noches. El ladrido de uno solo alerta a todos los demás, y empiezan poco a poco a hacer sentir su intimidante coro de perros rabiosos. Los hay de todas clases: finos, gozques, bonitos, feos, curiosos, grandes , pequeños, amables, furiosos. El que cuida esta casa se llama Manchas,  es un bonito gozque, con cuerpo  y cara de dingo, y una piel  salpicada de manchas blancas sobre un fondo negro. Casi siempre me acompaña durante la mitad del camino hasta la carretera, moviendo la cola y parando las orejas a cada rato.

Yo no entiendo muy bien a los perros. No entiendo bien sus movimientos, y aunque me parecen bonitos animales, siempre recelo de su cercanía, sobre todo de su forma de acercarse, que me pone un poco nerviosa y me hace temer por recibir, por cuarta vez en la vida, un mordisco. A veces los encuentro torpes, no me gusta su olor, no me gusta que lo tumben todo con la cola. Me parecen ruidosos.

Sin embargo este lugar le pertenece a los perros. Como buenos visitantes que hemos sido siempre, nos sometemos a su señorío y nos entregamos confiadamente a su salvaguarda. Siguiendo las enseñanzas de Diógenes cargaré pedazos de pan que les arrojaré hasta que lleguen a quererme y yo a ellos. Hasta que yo llegue a entender que, de alguna forma, soy también uno de los suyos.

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