Kitten's meow

"I know you can read my thoughts, boy: Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow".

Homer Simpson
Recent Tweets @leidymarmalade
Who I Follow



Me despierta un ruido que en pocas milésimas de segundo logro identificar: alguien pasa a caballo por uno de los costados de la casa. Me reacomodo en mi acostumbrada posición fetal, hacia el otro lado, para volverme a dormir. Canta un gallo y me digo que deben ser las tres, o las cuatro, o las cinco, pues de la época de vivir en la casa de mi papá me queda ese recuerdo: los gallos empiezan a cantar a eso de las tres de la mañana y lo hacen por última vez un poco antes de que llegue la claridad.

Estiro la mano para buscar a tientas el celular encima de mi mesa de noche. Son las 3.14 am. Me reacomodo nuevamente. Me enrosco como un gato y me  tapo hasta la nariz porque hace frío, aunque no tanto como imaginé.

El paseo demencial de Linus por toda la casa y sus maullidos desesperados me impiden volverme a dormir. No entiende en dónde está. Me quedo boca arriba pensando. Me parece que alguien grita, pero aplico el oído y me doy cuenta de que  mugen la vacas.

Luego escucho relinchar a un caballo, pero me acuerdo de que mis papás dicen que los caballos no relinchan de noche. Razono y me digo:  ha de ser  lo mismo que decir que los humanos no hablamos de noche. No será lo más común, pues se supone que en la noche (al igual que los caballos) los humanos dormimos, sin que se excluya  la posibilidad de que así como hay humanos que hablan dormidos (o simplemente de noche) haya caballos que relinchan mientras duermen o relinchan despiertos, porque si, en la madrugada.

El gallo vuelve a cantar y presumo que ya ha  transcurrido una hora. Prendo la luz. Busco al gato para darle consuelo. Entra a mi habitación y se mete dentro de una de  las -casi innumerables- bolsas  que contienen mi ropa  a dormir. Apago la luz nuevamente y pienso que ahora que Linus dejó de molestar voy a poder dormirme. Decide salir de  la bolsa y se mete debajo de las cobijas, por mis piernas, en un gesto que no le conocía  y que me hace pensar que tenía mucho frío, pues no es su costumbre (no al menos de noche) dormir bajo las cobijas,  pues parece que le molestara bastante tener cosas encima.

Vuelve a cantar el gallo y apenas unos minutos después, con el primer atisbo de claridad, empiezan a cantar los pajaritos, muchos y de formas muy variadas.  Sonrío y pienso que ya no tengo que pedir que  me devuelvan la plata. Que es un alivio que canten los pajaritos por ahí, porque ¿como carajos voy a despertarme feliz  en un lugar en el que no canten los pajaritos?

Me quedo atenta escuchándolos, con los ojos abiertos, pero con toda la atención dirigida a escuchar. Hay uno cuyo canto me gusta en particular pues consiste en dos sonidos altos y uno bajo, que se repiten a intervalos precisos. Me lo imagino como un pájaro grande y negro, que de pronto está en el alcaparro que puedo ver si corro un poco la cortina. Sin embargo prefiero imaginármelo a  pararme a buscarlo.

Luego  vuelven a mugir las vacas y escucho el sonido de lo que me parece son cantinas que se preparan  para  ser llenadas con el ordeño matutino. Me levanto, me pongo la bata y me asomo a una de las ventanas. Veo pasar una nube grande y bajita frente a la montaña a la que quiero subir pronto. Vuelvo a sonreir. Voy a la sala, corro la cortina y allí están  las vacas y las señoras dispuestas al  primer ordeño. Voy a otra de las ventanas y veo a dos caballos que pastan en un potrero, y también un pedazo de la casa de enfrente. Amanece.  Los demás se despiertan (mas bien yo los despierto a ellos con un montón de planes), les pregunto si escucharon a los pajaritos cantar, me pongo mi ropa nueva y salgo a correr.

++++++.

Si  supiera componer podría narrar mis últimas 48 horas de vida como un recuento de sonidos que  ofrecerían  una buena  idea de lo que me rodea. Ya de día suenan mechas de tejo que estallan entre risotadas y música de cantina. Una voz advierte que la cancha la prestan hasta las siete y yo me tranquilizo. Por otro lado escucho un clarinete y una trompeta. Escucho carritos de balineras que bajan por las empinadísimas calles entre risas de niños.

Los perros que no dejan de ladrar en la noche y que cuidan las casas: las de los ricos, las de los pobres y las de que quienes, como yo, no somos ni lo uno ni lo otro. Voces que entre tanto silencio se pierden. Los caballos que pasan a menudo y cuyo paso [que evoca el sonido de las castañuelas] me hace  pensar en sus ojos grandes, tristes y bonitos. En toda esa nobleza que inspiran, en sus pestañas largas y en esa sensación que ofrecen de ser animales de otro tiempo que llega uno a tener cuando los observa por un buen tiempo, ininterrumpidamente.

Las  voces  alegres de niños que llegan a la escuela y a los que veo caminar con sus morrales al hombro,  vistiendo sus bluyines, sus sacos azules y sus camisas blancas, mientras que por esa misma calle pasan buses grandes [espantándonos a todos] que suenan muy duro y que levantan una gran polvareda -lo que me hace temer por el aspecto de mi pelo y de mis botas-. Estos buses  llevan a los niños de padres adinerados a los colegios-hacienda del sector. No puedo ver sus uniformes ni sus caras, mucho menos escuchar sus risas, pero alcanzo a ver sus caras adormiladas por entre los vidrios y el polvo.

Hay, sobre todo, mucho silencio. Un silencio que parece envolverlo, rodearlo todo, y cuyo efecto es el de hacer parecer más profundo  y duradero cualquier sonido, de la misma forma en que cuando se va impecablemente vestido se nota mucho más una mínima imperfección.

Cuarenta y ocho horas que  podría sintetizar como un conjunto de sonidos. Un montón de minutos que en suma han  transcurrido entre breves interrupciones de un silencio que, como una manta suave [esa que me gusta poner de primera en el grupo de las cobijas] me cubre, me envuelve.  Alternancia de sonidos y silencios que ocurren en el tiempo: ¡música, maestro!

  1. leidymarmalade posted this