Kitten's meow

"I know you can read my thoughts, boy: Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow".

Homer Simpson
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Cuando era muy niña había algo que me parecía particularmenete gracioso: la gente coja. Me producían risa los cojos y los imitaba, hasta que un día lo hice delante de mi papá. Su reprimenda no se hizo esperar, y no vino en la forma de un golpe o un grito, sino de una cara desaprobatoria, bastante adusta, de la cual salieron palabras que no recuerdo con total claridad, pero si recuerdo el movimiento de sus manos y esa cara tan suya cuando algo no le gusta, mientras decía cosas como que lo que yo hacía era absolutamente inaceptable, pues esa persona coja podía resentir mi actitud, podía sentirse mal, y porque después de todo la cojera no era risible, ni tampoco algo de lo que compadecerse: era y ya. Creo que intentaba enseñarme lo que significaba la consideración hacia el sentir del otro, algo que Hume llama simpatía y que considera el cemento de toda la estructura moral.
 
Luego, ya estando un poco más grande le pregunté a mi mamá  cómo era posibloe que Celia Cruz, siendo una mujer tan fea, hubiese logrado casarse. Su reprimenda no se hizo esperar, y no vino en la forma de un grito o un golpe, sino en la de una mamá que me sentó a la mesa algo así como dos horas a darme cátedra, a soltar su retahíla, a explicarme que a la gente no sólo la querían por ser bonita. Creo que fue parte de inculcarme lo que significaba el respeto hacia los demás, algo que creo aprendí más de lo que debí.  Creo que intentaba también enseñarme qué era la belleza, y entonces me dijo que Celia cantaba muy bonito, que sonreía siempre, que su música era alegre y daba ganas de bailar. Me dijo: es por eso y por otras cosas que no sabemos que ese señor se casó con ella.
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A veces culpo a mi mamá de ciertas cosas, pues creo que ella reprimía mis vanidades estrictamente femeninas. Siempre me decía que yo no podía ser una niña pendeja y que mis tareas tenían que ser las mejores. Por eso entre las dos poníamos tiempo y esfuerzo para que en efecto mi tarea siempre fuera la más bonita, diferente, inusual, la tarea de la que todos iban a  hablar, la que elogiarían, el modelo a seguir. Además yo era una niña bonita y no había que poner esfuerzo en serlo mas.

Como hecho particular recuerdo  un frizzo que hicimos, de un cuento del Mundo de los Niños, que era sobre un tema chino. Las figuras eran bastante elaboradas y complejas y ese trabajo requirió de muchas horas de trabajo -sobre todo de ella-.  Una tarea que hicimos con tintas, con pergaminos y variados papeles que al final quedó muy lindo y que la profesora se quedó, porque de verdad valía la pena. A veces creo que esas enseñanzas no fueron las mejores, las más prácticas, las que mas me iban a  servir para moverme en el mundo en mi calidad de mujer, que debió enseñarme a ser sexy, a andar derecha, a mover la boca provocativamente. Pero las enseñanzas  ya no serán otra cosa y son las que a la postre determinan lo que soy ahora: ese conjunto de cosas que la mayoría de veces detesto y que solo unas pocas me hacen sentir aprecio por mi misma.
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Cuando estaba en la Universidad Distrital estudiaba con un sujeto llamado Octavio, un llanero, que era bastante mayor que todos los demás, famoso por su afición a la bebida y por ser el mejor en contar chistes verdes. Era un sujeto que me caía mal y del que en consecuencia me mantenía alejada. Octavio un día decidió ponerme un apodo y burlarse insistentemente de mi.  Muchas veces lo descubría mirándome de lejos con sus  otros amigos llaneros, mientras  se reían y yo sentía que me subía un fuego por el tórax y mucha ira, pues no entendía si yo no tenía nada que ver con él por qué él tenía que meterse conmigo  y fastidiarme.

Mi hermano estudiaba también conmigo y aunque estaba enterado de la situación hizo muy poco,  pues nunca ha sido un hermano sobreprotector y en rigor no era su asunto. Hasta que un día me aburrí, me harté de la actitud de Octavio  y me acerqué a él delante de la gente con la que estaba, lo miré, no sé de que forma, pero debe ser de la forma en que miro cuando de verdad siento ira, y pude notar que se sentía intimidado, que no me miraba, que intentaba alejar su cuerpo del mío.

Le pregunté que cuál era su problema conmigo. Evadió la pregunta, hizo el tonto, no me miraba a la cara y yo no dejaba de mirarlo ni un segundo. Volví a hablarle, le dije que no entendía cuál era su lío conmigo, que no entendía porque decidía molestarme, que si tenía problemas me dijera y los arreglábamos. Hizo el tonto de nuevo.

Acto seguido lo amenacé, cosa que me produce mucha risa, le dije que si seguía jodiéndome la vida le iba pegar yo misma, porque ni valor ni ganas me faltaban para hacerlo. Luego inventé algo muy gracioso: le dije que además tenía unos amigos grandes y bravos a los que no le iba a gustar saber que él me importunaba, que si no quería verse por ahí con la cara rota dejara de molestarme.

Octavio nunca volvió a mirarme, ni de lejos, ni de cerca, nunca volví a verlo riéndose con sus amigos y pasaba junto a mi muy serio siempre. A veces me acuerdo de él y pienso que si nos cruzáramos hoy en día él haría exactamente lo mismo. Todavía me sonrojo un poco al recordar mi reacción ese día, en el que tuve la sensación de haber hecho un poco el tonto también. Pensé que debí ignorarlo, hacerme la que no me daba cuenta, que tal vez le daba demasiada importancia a las pendejadas de un llanero borracho. Me sentí tonta, pero también me sentí bien, y sentí que había hecho algo que aunque me producía malestar y me hacía sentir un poco boba, me parecía reivindicatorio, pues yo no tenía que soportar los abusos de un ser humano que aún sin conocerme decidía burlarse de mí y degradarme.

Supongo que si de pronto llego a tener un hijo, tal vez algún día lo siente a la mesa y le cuente esta bobería, si es que se me da por explicarle con imágenes lo que significa la palabra dignidad. Algo que tal vez muchos consideren en estos tiempos un simple embeleco, lo mismo que el respeto y la consideración hacia los demás, los límites admisibles entre lo que uno puede o no hacer contra otros, de lo que es un chiste y lo que es claramente malintencionado, entre la torpeza y la maldad.
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Decía Sócrates que algo tal como la maldad no existía, que el malo era en realidad ignorante. Eso me gusta, pues no me agrada creer en absolutos morales, ni en que hay gente muy muy buena y otra gente muy muy mala. Hay torpeza, hay ignorancia, de la que ninguno está exento. Decía también que era mejor padecer injusticia que cometerla. Yo soy de la creencia  de que aunque la gente actúe mal por torpeza, y en rigor no haga nada grave, nada diferente a lo que haría cualquier mortal, el otro mortal, el que se siente dañado o afectado por la torpeza primera, queda en libertad de ser tan torpe como el otro y ser injusto,  tosco, malo, tonto. No sé si sea una actitud del todo moral, pero hace sentir mejor. Lo otro, lo de poner la otra mejilla, yo también, al igual que el poeta, se lo dejo a Jesús.

Dejo esto de Borges, pues me parece perfecto para un día como hoy.