Kitten's meow

"I know you can read my thoughts, boy: Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow".

Homer Simpson
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Durante los últimos cinco años he ido tres veces al aeropuerto, en cada ocasión a despedir a  alguien. La primera vez a despedir a Andrés, quien emprendía un viaje de cinco meses para ir  a trabajar en la zona de los Grandes Lagos, en un restaurante dentro de un parque de diversiones en donde están las montañas rusas más increíbles del mundo entero.

Ya se me han borrado casi todos los recuerdos de ese día. No sé qué fue lo último que nos dijimos, ni si nos dimos un beso o no. Ni como fue nuestro último abrazo. Recuerdo sobre todo  la mirada vigilante de su mamá, quien había prohibido lágrimas y despedidas emotivas. Y sus palabras (las de ella) mientras Andrés me decía algunas cosas sobre lo que haríamos cuando él volviera -supongo para consolarme-  a lo que ella interponía enfáticamente cada vez: “cuando vuelvas no … porque cuando vuelvas vienes para volver a irte”.

El día anterior estuvimos un rato en el aeropuerto, tomando café y comiendo donuts, mientras  veíamos aviones que se iban y hablábamos de las cosas que iban a pasar cuando él volviera, cosas que los dos sabíamos que no íbamos a hacer, pero de las que hablábamos como si siguiéramos juiciosamente el guión  que el narrador  de nuestra historia había preparado para para ese día. Actuábamos, jugábamos a que todo iba a estar bien y a que a los dos nos gustaban los aviones, aún cuando a mi no me gustaran tanto, ni siquiera para ir de vacaciones.

Al otro día (tal vez era un día de julio)  fue la primera vez en mi vida que sentí que me habían arrancado una víscera y se la habían llevado dentro de un avión. Sin empacar, sin cuidado, me la arrancaron sin anestesia. Lloré incansablemente durante todo el día, durante  todo el mes, durante lo que restaba del año. Lloré y lloré sin parar. También leí muchos libros mientras tanto.

La última vez que lo ví, ya cuando había regresado de su aventura y planeaba volverse a ir, fue en un febrero de hace unos cuatro o cinco años. Un encuentro distante y  falsamente cordial, en el que nos miramos como un par de animales asustados. Desde entonces no he vuelto a saber nada de él.

El año pasado volví al aeropuerto a despedir a Sebastián, quien se iba a una universidad gringa a doctorarse en alguna cosa de antropología. En realidad  conozco poco a Sebastián y tal vez el narrador de mi historia me haya puesto allí, un poco fuera de contexto, para evitar que en una calle cualquiera me cayera una tabla desde un sexto piso y me matara, o para evitarme algún incómodo encuentro y  más bien darme otro a cambio, porque en realidad fue raro estar ese día allí, entre lágrimas y apasionamientos que no eran los míos, con los que no tenía empatía alguna.  

Hace ya casi una semana visité Eldorado de nuevo, para despedir a Sofía, junto con su mamá y su tía. Ella (Sofía) me llamó en la mañana para confirmar que yo iría y se despidió diciendo: me alegra que vaya, no sabe lo importante que es para mí que Usted esté allá.

Llegué a las 7.30 pm, arreglada y peinada, como si fuera a una reunión de trabajo o a una fiesta con gente importante. Sofía estaba notablemente nerviosa, ansiosa, por la inminencia del hecho de montarse en un avión para irse a Manchester y regresar en el mejor de los casos en un año y medio o dos, de visita. De dejar su café, sus frutas y el sol matutino que también parecía alimentarla. Cuando llegué nos abrazamos. Me contó un incidente que tuvo con un policía, luego fuimos al Juan Valdés a comprar un par de camisetas que querían enviarle a su tío, tomamos algo, ella temblaba. Unos minutos después  ya era momento de que se fuera.

Cuando ya se dirigía a la oficina de inmigración abrazó a su mamá para despedirse, mientras repetía en voz alta que no iba  a llorar, promesa que quebrantó un instante después, dejando salir toda la ansiedad contenida durante los anteriores días y meses, pues se desató un llanto que fluía sin parar, que manaba a chorros de sus ojos y bajaba copiosamente por sus enrojecidas mejillas, mientras le repetía  a su mamá que la quería mucho, una y mil veces, como un mantra.

Se abrazaron mucho tiempo,  en un abrazo que quería decir muchas cosas: que tenían miedo de estar separadas, que se querían mucho, que sabían que ese momento era la condensación de sueños y esfuerzos compartidos. Nancy la abrazaba y le cogía los cachetes con la confianza con la que un entrenador  anima a su muchacho que va a la cancha. El abrazo se prolongó bastante y luego se convirtió en un par de frentes juntas y en un par de ojos que se miraban por última vez en una buena cantidad de tiempo.

Luego abrazó a su tía y se dijeron las cosas de rigor. En el último lugar estuve yo, quien en los minutos previos me había estado preguntando sí Sofía tenía tantos amigos  por qué era precisamente yo quien estaba allá y no otro, y qué significado tenía eso en el conjunto global de la historia. Por qué mi narrador me habría puesto  allí ese día , a esa hora, con otras tres mujeres, en un aeropuerto del tercer mundo.

Hice algunas hipótesis, como por ejemplo que estaba allí porque fui la última persona con la que Sofía compartió su vida de cerca acá, porque seguí paso a paso  todo el proceso, incluso antes de que viviéramos juntas y de que hubiera decidido que quería doctorarse. O porque pese a lo diferentes que somos, cada una representaba un buen balance para la otra. Porque yo era su calma y ella mi tranquilidad.

Recordé esa noche que íbamos para cine caminando, por la novena, y me mostró los resultados de su prueba de inglés. Luego me acordé de esa vez que vino llorando al apartamento de Palermo a decirme que ella no sabía si quería doctorarse, que ella tal vez quería irse por el mundo a tomar fotografías, que era lo que en serio le gustaba. Recordé cada vez que dudó de que las cosas resultaran y que yo le dije que no me cabía la menor duda de que llegaría a estudiar a Manchester. Recordé la tensión de las dos durante los últimos días, una tensión que representaba el fin de una época para cada una, en cada caso por cosas diferentes.

Luego de pensar todas estas cosas, al fin llegó el momento de nuestro abrazo. Le dije que la quería mucho, que me iba a hacer falta para ir a cine, que la sentía como una hermana. Que ya nos veríamos de nuevo quién sabe en dónde, quién sabe cuando, pero que tenía la certeza de que lo volveríamos a hacer. No lloramos. Nos felicitamos por haber comido en casi todos los restaurantes de La Macarena y por haber visto todo lo de los Coen juntas.

Luego sus tres acompañantes la vimos irse por el pasillo, arrastrando una maleta en la que ella decía que llevaba metida su vida, mientras yo pensaba que lo que llevaba era apenas lo poco que había querido conservar de una vida anterior, porque desde ahora empezaba para ella una  completamente nueva. Mi último pensamiento tonto de esa noche fue preguntarme sí el narrador de mi historia reservaría algún momento parecido para mi.

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