El primer referente que me viene a la cabeza de la palabra hogar aparece en la casa de mi abuela paterna, lugar en el que la estufa de carbón era el elemento central, el fuego alrededor del cual giraba la vida de mi abuela y la de todos los que la visitábamos: sus hijos, que sumaban más de una decena, entre los que se cuentan dos parejas de mellizos que lograron sobrevivir a la mortandad de sus cinco partos múltiples (de mellizos y trillizos), y la infinidad de descendientes (hermanos y medio hermanos) que fuimos sus nietos, bisnietos y hasta tataranietos, quienes llegamos a sumar más de un centenar.
De cuando en cuando íbamos a visitar a la abuela en grupo, lo que en términos reales significaba ir a comer mucho y muy rico. Yo pude ser una de las más afortunadas de todos, pues vivía cerca y me bastaba con caminar unas pocas cuadras para ir a saquear su mágica cocina.
Para mi abuela Magdalena cocinar era su razón de vivir: hacer arepas y envueltos cada mañana, moler el maíz, asar plátanos, preparar café campesino con cáscaras de naranjas amargas, mazamorra de dulce con queso fresco y tener ollas repletas de comidas raras todo el tiempo. De allí me vino el amor por la comida, pues siempre había mucha y exquisitamente preparada, infinidad de platos que nunca he vuelto a probar y que acaso mis tías recuerden como hacer.
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El mayor orgullo de la Señora Magdalena fue haber criado sola a su gran cantidad de hijos, sin mucha plata pero sin que faltara jamás la comida ni el calor de su estufa de carbón. Mis tíos y mi papá se vanaglorian de haber crecido fuertes y sanos gracias a las bondades del maíz, del plátano, de la yuca y de las vísceras, única carne que conocieron y consumieron por mucho tiempo, pues no había plata para más.
También se vanagloriaba mi abuela de otras rarezas. A través del tiempo la recuerdo con su voz de anciana, similar al cacareo de una gallina, diciéndome: mija, es que yo no sé leer pero me escriben. Como muestra de ese particular orgullo, encima de la humildísima mesa en la que en diciembre se ponían sendas gallinas con todo su avío, había año tras año una cartulina en la que ella pegaba las tarjetas que sus hijos le mandaban desde Nueva York, y que para el final del año estaba toda cubierta de hollín, al igual que toda la casa, como resultado de las emanaciones diarias de la estufa, que eran, en rigor, las emanaciones del corazón de mi abuela.
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La abuela se murió hace más de 20 años, atropellada por un Land Rover, a pocas cuadras de su casa (la que siempre conservó el aspecto de una pequeña parcela campesina) mientras traía en un canasto comida y mucha leña para alimentar su estufa, mientras caminaba a casa sostenida por sus fuertes y muy cascorvas piernas, piernas que heredé y en las que la medicina obró todo su poder, dejándolas rectas y aptas para correr, pero que conservaron la fuerza y apariencia maciza de las de mi abuela.
A los pocos meses de su muerte uno de mis tíos demolió la cocina y las partes de la estufa de mi abuela anduvieron de aquí para allá, entre montones de cosas con las que nadie sabía que hacer. También cortó el duraznero que nos proveyó durante muchos años de los camuesos con los que ella nos preparaba deliciosos duraznitos en almíbar, servidos con queso fresco en cada abril, cuando llegaba la cosecha, y que eran un tesoro que ella cuidaba celosamente de nuestras arremetidas de gula.
Yo rescaté una de las planchas de hierro colado de la estufa (apenas dos fogones) y con ella mi papá hizo una bonita mesa, que una amiga me guarda desde hace ya años en su casa. Una mesa que quiero llevar para la que será mi nueva casa. Un lugar que me espera y que yo todavía no sé cuál es.
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Desde hace casi una semana estoy en la casa de mi mamá, mientras logro conseguir un buen lugar para vivir. Creí que regresar, así fuera por unos días, representaba un retroceso en mi vida, una especie de derrota. Los días previos a esta decisión me figuraba ese momento como el de una pequeña tragedia.
Finalmente llegué con mis cosas, que ya no son tan pocas como cuando me fui, y me instalé en la habitación que fuera mía en mi primera infancia. Paradójicamente, y en contra de los pronósticos, me sentí feliz de llegar, de estar en mi casa, de volver a caminar por las calles en las que crecí y en las que se me quedaron regados tantos recuerdos.
Calles por las que cada noche, cuando camino hacia mi casa, me veo corriendo o parada en el antejardín viendo jugar a mi hermano, agachada en el pasto cocinando comidas imaginarias que siempre quería darle a probar a mi mamá cuando al fin ella volvía de trabajar o estudiar.
Cuando volví el miércoles pasado quise abrazar el closet, besar el suelo, revolcarme en el piso como un perrito feliz. Me rodeó una clase de sensación que no tenía desde hace mucho tiempo.
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Cuando éramos niños mi hermano, mi mamá y yo teníamos una cita cada noche -casi siempre irrenunciable- alrededor de la mesa para comer juntos. Una cita que solo unas pocas veces queríamos y podíamos incumplir, cuando pedíamos permiso para llevar nuestro plato a la habitación y ver algún programa de TV. Y no queríamos dejarlo porque estar con mi mamá era (y sigue siendo) muy divertido.
Esos días, que ya estaban muy lejos en el recuerdo, han vuelto temporalmente. Me gusta llegar en las noches y abrazar a mi mamá, preparar algo de comida juntas, reirme con ella viendo televisión, sentirme en casa de nuevo, como cuando era niña. Sentarnos a la mesa un rato para compartir la vida alrededor de la mesa, del ritual de la comida. El momento propicio para hablar de esas cosas que calientan el corazón.
Desde hace una semana siento una especie de liviandad en el tórax, un poco más de tibieza en la piel, una ligereza del alma. Dice mi mamá que es porque ya no vivo en la montaña en donde hace tanto frío. Pero yo creo más bien que siento eso que algunos todavía llaman calor de hogar. Eso que pasaba en la casa de mi abuela. Eso que pasa en las noches al llegar a la casa de mi mamá. Eso.