Kitten's meow

"I know you can read my thoughts, boy: Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow".

Homer Simpson
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There are seven lost secret fascinations and abilities that we lose in the transition from childhood to adulthood. They are that: animals can talk; your favorite blanket is woven from a fabric so mighty, that once pulled over your head, it becomes an impenetrable force field, nothing is too heavy to lift with the aid of a cape; your hand, held forefinger out and thumb up, actually fires bullets; jumping from any height with an umbrella is completely safe; monsters exist and can be both seen an done battle with; and the greatest, most special and regrettable loss of all: the ability to fly.” – Film; Radio Flyer



No sé si Jorge escriba bien o mal. Antes lo sabía, o creía saberlo. Ahora más bien encuentro sentido en leerlo, pues a veces me parece que me habla (aunque en el fondo sé que no es así). A menudo encuentro en lo que escribe una respuesta, una seña, una explicación, la adecuada formulación de algo que hubiese querido escribir yo, o simplemente una razón para respirar hondo y detenerme. 
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Los jueves siempre tengo una reunión que me aburre.  Aunque no sé si de verdad me aburre, o  más bien creo que me aburre, ya que desde un principio todos decían que era una cochina reunión aburrida. No sé, además, si digo que me aburre porque parte de la pragmática del trabajo es decir que uno anda jarto, quejarse y todas esas cosas.
 
Pese a esa odiosa (?) reunión, llegué algo más temprano de lo normal a  la 86 x 7. Me subí a un bus que no llevaba aviso y luego me arrepentí,  pues sentí que hacía algo indebido. Me pareció que el bus olía a a perro y que no era tan elegante como los buses en los que subo a diario. Sin embargo me costó $500 menos y llegué muy rápido a la casa. Y me quedé sin saber mi verdadera opinión sobre el  bus: sí me olió a perro porque no llevaba aviso, y sí luego me pareció que olía mejor porque pagué menos.
 
Mientras caminaba, en medio de las luces aún encendidas de las pocas tiendas y las de los escasos carros que pasaban salpicando agua y barro, pensé un millón de cosas. Entre ellas, que desde hacía muchos días no veía nada nuevo en el blog de Jorge. Un pensamiento fugaz, que se mezcló con muchos otros: no hay fósforos; quiero Coca Cola; quiero queso pero el que venden en la panadería no me gusta; viene un perro; hace frío; me gusta pasar por acá; ¿podré salir a correr mañana?
 
Luego  llegué a mi casa  y otra vez las cosas no servían. Maldije la vida y odié al mundo, así, como hacen las personas grandes cuando las cosas no funcionan.

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Durante gran parte de mi vida los reclamos de mis mayores se dirigían a remarcar que yo era una persona infantil. Algo así como una chica con síndrome de Peter Pan, que se negaba  a asumir las responsabilidades de la vida adulta. Y yo siempre respondía que no entendía por qué había que tener una vida colmada de responsabilidades, y que las evitaría cuanto pudiera. Y es así como he triunfado al menos en ese propósito de tener muy pocas. Por eso me niego a los créditos, pospongo indefinidamente la maternidad, el matrimonio y la compra de un carro, cosas que me parecen tan de gente adulta y seria. Cosas que no sé si quiero y puedo asumir. Cosas que no sé si me gustan, o más bien pienso que deberían gustarme, porque  acaban diciéndole algo a los demás [algo estúpido y convencional] acerca de quien es uno.

Sin embargo, algunas noches, cuando las cosas no funcionan, me porto como gente grande y seria. Reniego de la vida porque llego a la casa y el televisor no sirve, porque las cosas no ocurren como pienso que deben ocurrir. Entonces soy una persona horrible y además me creo en la obligación de serlo para que las cosas sirvan. Aunque yo no sé si quiero que funcionen y tal vez no me importe en realidad que la jodida televisión sirva alguna noche.

Pero la pragmática de la vida adulta indica que debo hacer algo, que debo parecer alguien serio capaz de llamar a dios si fuere necesario para que los asuntos marchen. Hago sentir mi ira y me regocijo cuando, gracias a ella, las cosas van como deben ir.                      
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Luego de insultar a los de Telefónica por vez número 20 en la semana, atormentar al operador, llamar a mi mamá y hablar con mi hermano (para atormentarlos), cogí mi iPad y me senté a comer cosas que preparé con rabia mientras renegaba del mundo. Y encontré el post de Jorge. Pensé en mi cubo de rubik, en la forma en que lo azoto cada noche contra las paredes y el piso, en esa actitud tremendamente infantil que adopto después de haber intentado parecer, sin éxito alguno, una persona adulta.  Y en la forma en que delicadamente lo recojo cada mañana para intentar armarlo de nuevo.

Mis días transcurren últimamente así, entre la desesperanza y el optimismo moderado, entre las obligaciones y la pragmática de una vida adulta que me niego a aceptar, que no sé manejar del todo, que no entiendo, y mi retorno calmado a lo que considero de verdad fundamental.

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Recuerdo que mi hermano tenía un cubo de Rubik, medio chimbo en realidad, cuyos cuadraditos no estaban pintados, sino que eran pedazos de contact pegados que me hacían mucho más “fácil” armar el cubo, pues se trataba apenas de despegar unas cosas acá y volverlas a pegar allá. Otra forma de resolver las cosas, infantil, amañada, pero útil al fin y al cabo para los propósitos de ver el maldito cubo armado, sea lo que sea que signifique “armarlo”.

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Supongo que eso que Jorge llama en su post destellos de algo fundamental, es acaso lo que me ocurre cuando  advierto en lo que él dice una seña, una respuesta, una razón que al fin me hace parar, respirar hondo y repasar las cosas que me importan de verdad. Las que me mueven, las que me hacen vivir. Las que me hacen recordar que puedo burlar las reglas y armar el cubo de forma infantil y a escondidas de todos, y sin embargo seguir aparentando ser alguien grande.

Esas, sus palabras, que a mi me parecen bengalas lanzadas desde mar adentro, y que algunas noches, mientras camino a mi casa, alcanzo a ver. Palabras que me dicen algo, aunque objetivamente no signifiquen nada. Ficciones que hacen bonito vivir.

Si pudiera resumir toda mi infancia en una sola palabra diría : miedo. Fui, en esencia, una niña paranoica. Siempre tuve miedo de dormir sola. Tenía miedo del anticristo. De los guerrilleros del M-19, pues la noche que se tomaron el palacio yo creía que ellos iban a escapar y vendrían a esconderse en mi casa. Tenía miedo de Campo Elías Delgado, y aún sabiéndolo muerto tuve miedo de su espíritu, porque creía que podría venir inmaterialmente a matarnos a todos y a beberse nuestra sangre.
 
Tenía miedo de una película en la que un señor enloquecido mataba a toda su familia y escribía con sangre en las paredes “pig”. Y del anticristo, sobre todo eso… del anticristo, pues una noche soñé que lo cargaba en mis brazos. Era un bebé de un tamaño descomunal, de manos y pies enormes, con garras y lleno de pelos, que me hablaba mirándome a la cara y diciéndome: yo soy el advenedizo.
 
Tenía miedo en las noches en las que llovía pues a veces confundía el sonido de las gotas con el de pasos de humanos imaginarios que entraban a mi casa y que se acercaban incesantemente a mi puerta, mientras yo esperaba con el corazón en la boca y agarrada a las cobijas que la perilla se girara y apareciera alguna figura monstruosa que al fin me dejaría paralizada de horror. Mi horror sería tanto que no podría ni siquiera gritar.
 
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Si tuviera que resumir mi infancia en una sola imagen tendría que evocarme cada noche, parada en medio de la oscuridad de algún pasillo de la casa, cargando con mi pequeño cuerpo mi colchón y mis cobijas, mientras decidía si me entraba a la habitación de mi abuela, a la de mi mamá o a la de mi hermano. Me gustaba pasarme a la habitación de mi mamá, poner mi colchón al lado de su cama y buscar su mano para agarrarla y poderme dormir en paz. Me gustaba sobre todo, ir a dormir a la casa de mi papá.

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Durante todos los momentos de mi vida he tenido cerca a alguien que me da cierta sensación de seguridad. Últimamente siento miedo de muchas cosas. Siento miedo, sobre todo, de alejarme de esas personas que significan mi seguridad. De quedarme al fin sin quien me haga sentir segura. Esas personas  o figuras que de una u otra forma son barreras que siento me protegen contra mil males imaginarios. Se desvanecen, se van.

La naturaleza de mis miedos ha cambiado de tiempo en tiempo, ya no tengo miedo del anticristo, ahora temo más a los asaltantes. Ya no me da miedo que Fredy Krueger me mate, sino morirme sin haber hecho algo importante o sin haber sido importante para algo o alguien. Creo que a la larga no he dejado de ser, pese a los años, esa pequeña niña muerta de miedo en la oscuridad.

A veces creo que sí tuviera suficiente plata y fuera lo suficientemente hippie y valiente, me gustaría cambiar de casa y de trabajo cada año, como un estilo de vida, no como una simple contingencia, pues creo que en la variedad, mas que el placer, está la posibilidad de aprender :  una  de las mejores cosas que se puede hacer mientras la vida pasa.
 
Mi semana ha transcurrido en un mundo realmente nuevo: saludar a desconocidos mientras camino por la carretera, hablar con más gente de la que hablaría en un mes en mi anterior barrio, aprender a lidiar con perros, comprar huevos verdes y quesos de fabricación artesanal. Montarme en carros de vecinos que me llevan o me traen, sentir un poco más de frío, aprender a encender una chimenea y enfrentarme al reto de llenar una casa gigantesca por un bajo precio y  con algún sentido de la estética. Vivir por fuera de los trancones, entre un aire que de verdad es más puro y que quizás ayuda a pensar mejor. Correr por sitios por los que me sienta segura y desde donde vea montañas y verde por todas partes. Hacer trueques con los vecinos.
 

Hoy, para completar todo ese cuadro de novedades, me recogió un vecino cuando apenas salía de mi casa. Sentí pitar mientras pensaba en lo que significaba estar ahí y ahora, en las implicaciones del presente en la cadena de sucesos futuros.

Subí a su carro y corroboré, con alegría, que también venía a Bogotá y que por tanto estaba en su ruta. Mientras ascendíamos a Patios le conté que estaba recién llegada, de mis líos con los perros, de mis aventuras con el mercado ayer en la mañana y de mis tragedias con los de Telefónica. Entonces apareció la ciudad  en el paisaje y recordé la sensación del otro día, cuando se me antojó un enorme tumor que le había brotado a la cordillera. Un tumor estomacal. Mientras tanto él me daba el secreto para mantener lejos a los perros: cargar una rama y arrastrarla contra el piso cuando pase cerca de ellos.

En menos de 20 minutos ya estábamos en la 86 x 7 (sin trancones, sin semáforos, sin gente que grita obscenidades en las busetas, sin humanos que patean puertas) momento en el que nos presentamos formalmente, nos pusimos a la orden mutuamente y nos deseamos volvernos a encontrar. Me sonrojé un poco al preguntar sí le debía algo y él respondió que ya había pagado con el placer de la compañía y de hablar.

Ahí me bajé del carro Don Edgar, dispuesta como cada mañana a completar mi recorrido a pie, con una medio sonrisa que creo que me hacía resplandecer, mientras pensaba que tomé una buena decisión, que valió la pena tanta obstinación, y que cada vez más mi vida se parece a lo que alguna vez, muy pequeña, me soñé: una vida tranquila. Nada más ni nada menos.

“Viniendo una vez a él Alejandro y diciéndole : “Yo soy Alejandro áquel gran rey”, le respondió “y yo Diógenes, el can”. Preguntado qué hacía para que lo llamasen can respondió: “halago a los que dan, ladro a los que no dan, y a los malos los muerdo”
 Vidas de Filósofos Ilustres, Diógenes Laercio. p.349
 

Viví durante un año largo en La Macarena. Tan solo una semana después de haber llegado, durante un julio, pude darme cuenta de que el barrio le pertenece a los gatos. Se pueden ver por todas partes: en las ventanas, de mañana, mientras  toman el sol y miran el mundo con ese desprecio que les es tan propio. También se les ve correr alocadamente por los tejados, de los cuáles son amos y señores. En los andenes, sobre los árboles, en las ventanas, como bonitos cuadros que aparecen por todo lado al que uno dirija la mirada. Es un barrio de y para gatos.
 
Si hubiese tenido el suficiente talento, empeño y tiempo, me habría gustado hacer una pequeña revisión fotográfica de estos bonitos animales, que han sido mi compañía y felicidad desde que era muy niña. Mi mamá me enseñó a quererlos, a saber como se comportan, y a entender como se lleva la vida con  y como un gato. Sus ronroneos, su forma de andar, y su carácter (cercano cuando quieren, distante cuando quieren) me han hecho adorarlos.

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Cuenta Diógenes Laercio,  en uno de los tomos de las Vidas de Filósofos Ilustres, un buen conjunto de anécdotas acerca de Diógenes, el Cínico. También conocido como Diógenes de Sinope, por ser natural de allí, fue el propalador de una forma de vida que llegó a ser reconocida como una escuela filosófica  en la antiguedad griega: la de los cínicos. Esta denominación significa,  en rigor  la escuela del perro, animal con el que se suele  identificar a los seguidores de esta forma de vida y que está ligado a toda la  iconografía de su figura más destacada: Diógenes, quien se hacía llamar a si mismo perro. Su doctrina, de forma general, consistía en llevar una forma de vida conforme a la naturaleza (physis) en oposición a un estilo de vida determinado por las convenciones sociales (nomos).



Una de las anécdotas que mas me gusta para dar a entender la clase de personaje del que hablamos, es esa famosa en la que se cuenta que habiendo definido Platón al hombre como un bípedo implume, decide Diógenes tomar un gallo, arrancarle las plumas y arrojarlo a la escuela de Platón gritándole: “Ahí tienes a tu hombre, Platón. Añade a tu definición : con uñas anchas”.

Entre varias causas atribuidas a su muerte se cuenta la de haber sido mordido por un perro en un tendón. Se dice también que pidió arrojar sus restos a los perros, para que participasen de él sus hermanos, y que sobre su tumba se erigió una columna y un perro de mármol pario.

También en Platón, hay una extensa referencia a estos animales, cuando se aborda en La República, el problema del carácter de quienes están a cargo del cuidado de las ciudades: de los guardianes. De estos se dice que han de tener un carácter como el de los perros: furiosos con los desconocidos y afables para con sus amos. Y es a partir de esta idea que se elabora un argumento que busca probar que también el filósofo ha de ser como el perro, capaz de reconocer con su buen olfato la verdad.

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Linus tuvo, durante nuestro paso por La Macarena, su pedazo de tejado para él solo. Por estar más arriba que casi todos los gatos del lugar, solíamos decir que de ahí para abajo todos esos eran sus dominios. Lo recuerdo en las tardes agazapado en la esquina de la terraza de al lado mirando al horizonte, corriendo y restregándose sobre las tejas. También me acuerdo del gato negro que cada mañana paseaba con suma  elegancia por el enorme tejado rojo del edificio que veíamos desde la cocina.Me quedaron en la memoria otros tres gatos, por la cuadra que quedaba un poco mas al norte de la mía: un bonito siamés mediano, otro amarillo rayado, gordo,  de mal mirar, y uno negro, que solían estar sentados en diferentes ventanas de la misma casa, como láminas perfectas.  Y el gato blanco con negro que siempre se veía en las mañanas en la terraza amarilla de la casa verde, lamiéndose las patas y viéndonos pasar con desdén.

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Hace una semana llegué acá. Hay muchos animales, pero sobre todo hay perros. Hasta tres y cuatro en cada casa. Son los guardianes, los encargados de la seguridad del lugar. Se oyen, sobre todo, por las noches. El ladrido de uno solo alerta a todos los demás, y empiezan poco a poco a hacer sentir su intimidante coro de perros rabiosos. Los hay de todas clases: finos, gozques, bonitos, feos, curiosos, grandes , pequeños, amables, furiosos. El que cuida esta casa se llama Manchas,  es un bonito gozque, con cuerpo  y cara de dingo, y una piel  salpicada de manchas blancas sobre un fondo negro. Casi siempre me acompaña durante la mitad del camino hasta la carretera, moviendo la cola y parando las orejas a cada rato.

Yo no entiendo muy bien a los perros. No entiendo bien sus movimientos, y aunque me parecen bonitos animales, siempre recelo de su cercanía, sobre todo de su forma de acercarse, que me pone un poco nerviosa y me hace temer por recibir, por cuarta vez en la vida, un mordisco. A veces los encuentro torpes, no me gusta su olor, no me gusta que lo tumben todo con la cola. Me parecen ruidosos.

Sin embargo este lugar le pertenece a los perros. Como buenos visitantes que hemos sido siempre, nos sometemos a su señorío y nos entregamos confiadamente a su salvaguarda. Siguiendo las enseñanzas de Diógenes cargaré pedazos de pan que les arrojaré hasta que lleguen a quererme y yo a ellos. Hasta que yo llegue a entender que, de alguna forma, soy también uno de los suyos.

Hace unos días, en una de mis conversaciones con el Dr. A, me decía, respecto a algunas cosas que yo le contaba sobre mi actual sentir,  que él casi siempre tenía la sensación de estar en el centro del algo muy importante, razón por la que se imaginaba capaz de vivir situaciones extremas, pues esa idea de estar en el ojo del huracán, de ser lo ácido del jugo,  la costilla del sancocho, aquello sin lo cual no van a pasar [un montón de] cosas muy importantes, lo hacía sentir capaz de vivir sin mayor problema lo que comúnmente nos parecería insoportable.

Comer comidas de las canecas o soportar varillazos, porque acaso alguien vería un día su cara, factor que desencadenaría una serie de hechos que podrían resultar en la resolución, porque no, de una pregunta tal como la  del origen del universo.

Yo quise responderle [aunque a la postre no lo hice] que me pasaba lo exactamente opuesto: que yo tenía, casi todo el tiempo,  la sensación de no ser algo más que un personaje secundario, una actriz de reparto que aparece de cuando en cuando en segundos planos desenfocados, que se dedica a mirar y escuchar, sin tener un rol fundamental o decisivo en el conjunto de la historia. Algo parecido a ese personaje de un cuento de Ende que permanece mucho tiempo detrás de un telón a la expectativa de que este se abra y su gran público lo vea, cosa que nunca llega a ocurrir. Un personaje que solo unos pocos advierten y sobre el que comentan -quizás- al final de la historia : ¿viste esa sombra rara al fondo todo el tiempo?

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Yo casi todo el tiempo tengo la sensación de no estar en el centro de algo crucial o importante. De pronto me haya impactado mucho en la infancia haber escuchado a Carl Sagan explicar lo que significaba el tiempo de una vida humana en relación al  tiempo considerado desde una perspectiva geológica y del tiempo que ha transcurrido desde que el universo fue creado.

Tal vez caló muy hondo esa imagen en la que Sagan salía parado en un cuarto casi casi completamente oscuro, en el que se podían ver infinitas partículas de polvo flotar, y  nos explicaba que nuestra galaxia era al conjunto total del universo lo que una de esas partículas de polvo a esa gran habitación. ¿Qué podría significar a la luz de la inmensidad del universo una vida humana?  Podría serlo todo, la cuestión más importante [por ocurrir aún contra toda probabilidad] y podríamos reivindicar a Hesse cuando dice que cada uno es un ensayo único y precioso de la naturaleza; tanto como podría ser nada [a la luz de todas las cosas improbables que a la larga ocurren y que  en el contexto de la infinitud del universo  no importan].


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A veces me  gusta imaginarme el fondo marino cuando me voy a dormir. Apago mi lámpara y me empiezo a imaginar a esos frágiles animalitos color neón que se mueven grácilmente y me tranquiliza saber, a la luz de eso, que mi vida no es en absoluto importante. Que si yo me muero los animales de los fondos marinos van a  seguir con vida y movimiento, sin que mi falta ocasione su decoloración o su desintegración. También me gusta pensar, antes de dormir, en el bosque, en los sonidos, en los animales que ya se han ido a dormir y en los que se despiertan a vivir de noche. Es una forma de olvidarme de mi.

Otras  veces prefiero imaginarme el universo entero. Lo veo desde afuera, tal vez como lo ve dios cada mañana desde la ventana de su habitación, a lo lejos. Los planetas, las galaxias, las grandes explosiones que ocurren por todo lado, el nacimiento de nuevos mundos a cada instante. Todo eso en lo que las vidas humanas no tienen importancia alguna. Movimientos [casi eternos] que escapan a mi comprensión, regularidades que no se afectan  por nada de lo que yo haga, ni nada de lo que a mi me pase. Casi siempre tengo la sensación de no estar en el centro de algo crucial o importante. Eso me ayuda a vivir.



Me despierta un ruido que en pocas milésimas de segundo logro identificar: alguien pasa a caballo por uno de los costados de la casa. Me reacomodo en mi acostumbrada posición fetal, hacia el otro lado, para volverme a dormir. Canta un gallo y me digo que deben ser las tres, o las cuatro, o las cinco, pues de la época de vivir en la casa de mi papá me queda ese recuerdo: los gallos empiezan a cantar a eso de las tres de la mañana y lo hacen por última vez un poco antes de que llegue la claridad.

Estiro la mano para buscar a tientas el celular encima de mi mesa de noche. Son las 3.14 am. Me reacomodo nuevamente. Me enrosco como un gato y me  tapo hasta la nariz porque hace frío, aunque no tanto como imaginé.

El paseo demencial de Linus por toda la casa y sus maullidos desesperados me impiden volverme a dormir. No entiende en dónde está. Me quedo boca arriba pensando. Me parece que alguien grita, pero aplico el oído y me doy cuenta de que  mugen la vacas.

Luego escucho relinchar a un caballo, pero me acuerdo de que mis papás dicen que los caballos no relinchan de noche. Razono y me digo:  ha de ser  lo mismo que decir que los humanos no hablamos de noche. No será lo más común, pues se supone que en la noche (al igual que los caballos) los humanos dormimos, sin que se excluya  la posibilidad de que así como hay humanos que hablan dormidos (o simplemente de noche) haya caballos que relinchan mientras duermen o relinchan despiertos, porque si, en la madrugada.

El gallo vuelve a cantar y presumo que ya ha  transcurrido una hora. Prendo la luz. Busco al gato para darle consuelo. Entra a mi habitación y se mete dentro de una de  las -casi innumerables- bolsas  que contienen mi ropa  a dormir. Apago la luz nuevamente y pienso que ahora que Linus dejó de molestar voy a poder dormirme. Decide salir de  la bolsa y se mete debajo de las cobijas, por mis piernas, en un gesto que no le conocía  y que me hace pensar que tenía mucho frío, pues no es su costumbre (no al menos de noche) dormir bajo las cobijas,  pues parece que le molestara bastante tener cosas encima.

Vuelve a cantar el gallo y apenas unos minutos después, con el primer atisbo de claridad, empiezan a cantar los pajaritos, muchos y de formas muy variadas.  Sonrío y pienso que ya no tengo que pedir que  me devuelvan la plata. Que es un alivio que canten los pajaritos por ahí, porque ¿como carajos voy a despertarme feliz  en un lugar en el que no canten los pajaritos?

Me quedo atenta escuchándolos, con los ojos abiertos, pero con toda la atención dirigida a escuchar. Hay uno cuyo canto me gusta en particular pues consiste en dos sonidos altos y uno bajo, que se repiten a intervalos precisos. Me lo imagino como un pájaro grande y negro, que de pronto está en el alcaparro que puedo ver si corro un poco la cortina. Sin embargo prefiero imaginármelo a  pararme a buscarlo.

Luego  vuelven a mugir las vacas y escucho el sonido de lo que me parece son cantinas que se preparan  para  ser llenadas con el ordeño matutino. Me levanto, me pongo la bata y me asomo a una de las ventanas. Veo pasar una nube grande y bajita frente a la montaña a la que quiero subir pronto. Vuelvo a sonreir. Voy a la sala, corro la cortina y allí están  las vacas y las señoras dispuestas al  primer ordeño. Voy a otra de las ventanas y veo a dos caballos que pastan en un potrero, y también un pedazo de la casa de enfrente. Amanece.  Los demás se despiertan (mas bien yo los despierto a ellos con un montón de planes), les pregunto si escucharon a los pajaritos cantar, me pongo mi ropa nueva y salgo a correr.

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Si  supiera componer podría narrar mis últimas 48 horas de vida como un recuento de sonidos que  ofrecerían  una buena  idea de lo que me rodea. Ya de día suenan mechas de tejo que estallan entre risotadas y música de cantina. Una voz advierte que la cancha la prestan hasta las siete y yo me tranquilizo. Por otro lado escucho un clarinete y una trompeta. Escucho carritos de balineras que bajan por las empinadísimas calles entre risas de niños.

Los perros que no dejan de ladrar en la noche y que cuidan las casas: las de los ricos, las de los pobres y las de que quienes, como yo, no somos ni lo uno ni lo otro. Voces que entre tanto silencio se pierden. Los caballos que pasan a menudo y cuyo paso [que evoca el sonido de las castañuelas] me hace  pensar en sus ojos grandes, tristes y bonitos. En toda esa nobleza que inspiran, en sus pestañas largas y en esa sensación que ofrecen de ser animales de otro tiempo que llega uno a tener cuando los observa por un buen tiempo, ininterrumpidamente.

Las  voces  alegres de niños que llegan a la escuela y a los que veo caminar con sus morrales al hombro,  vistiendo sus bluyines, sus sacos azules y sus camisas blancas, mientras que por esa misma calle pasan buses grandes [espantándonos a todos] que suenan muy duro y que levantan una gran polvareda -lo que me hace temer por el aspecto de mi pelo y de mis botas-. Estos buses  llevan a los niños de padres adinerados a los colegios-hacienda del sector. No puedo ver sus uniformes ni sus caras, mucho menos escuchar sus risas, pero alcanzo a ver sus caras adormiladas por entre los vidrios y el polvo.

Hay, sobre todo, mucho silencio. Un silencio que parece envolverlo, rodearlo todo, y cuyo efecto es el de hacer parecer más profundo  y duradero cualquier sonido, de la misma forma en que cuando se va impecablemente vestido se nota mucho más una mínima imperfección.

Cuarenta y ocho horas que  podría sintetizar como un conjunto de sonidos. Un montón de minutos que en suma han  transcurrido entre breves interrupciones de un silencio que, como una manta suave [esa que me gusta poner de primera en el grupo de las cobijas] me cubre, me envuelve.  Alternancia de sonidos y silencios que ocurren en el tiempo: ¡música, maestro!


 
Cuando era muy niña había algo que me parecía particularmenete gracioso: la gente coja. Me producían risa los cojos y los imitaba, hasta que un día lo hice delante de mi papá. Su reprimenda no se hizo esperar, y no vino en la forma de un golpe o un grito, sino de una cara desaprobatoria, bastante adusta, de la cual salieron palabras que no recuerdo con total claridad, pero si recuerdo el movimiento de sus manos y esa cara tan suya cuando algo no le gusta, mientras decía cosas como que lo que yo hacía era absolutamente inaceptable, pues esa persona coja podía resentir mi actitud, podía sentirse mal, y porque después de todo la cojera no era risible, ni tampoco algo de lo que compadecerse: era y ya. Creo que intentaba enseñarme lo que significaba la consideración hacia el sentir del otro, algo que Hume llama simpatía y que considera el cemento de toda la estructura moral.
 
Luego, ya estando un poco más grande le pregunté a mi mamá  cómo era posibloe que Celia Cruz, siendo una mujer tan fea, hubiese logrado casarse. Su reprimenda no se hizo esperar, y no vino en la forma de un grito o un golpe, sino en la de una mamá que me sentó a la mesa algo así como dos horas a darme cátedra, a soltar su retahíla, a explicarme que a la gente no sólo la querían por ser bonita. Creo que fue parte de inculcarme lo que significaba el respeto hacia los demás, algo que creo aprendí más de lo que debí.  Creo que intentaba también enseñarme qué era la belleza, y entonces me dijo que Celia cantaba muy bonito, que sonreía siempre, que su música era alegre y daba ganas de bailar. Me dijo: es por eso y por otras cosas que no sabemos que ese señor se casó con ella.
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A veces culpo a mi mamá de ciertas cosas, pues creo que ella reprimía mis vanidades estrictamente femeninas. Siempre me decía que yo no podía ser una niña pendeja y que mis tareas tenían que ser las mejores. Por eso entre las dos poníamos tiempo y esfuerzo para que en efecto mi tarea siempre fuera la más bonita, diferente, inusual, la tarea de la que todos iban a  hablar, la que elogiarían, el modelo a seguir. Además yo era una niña bonita y no había que poner esfuerzo en serlo mas.

Como hecho particular recuerdo  un frizzo que hicimos, de un cuento del Mundo de los Niños, que era sobre un tema chino. Las figuras eran bastante elaboradas y complejas y ese trabajo requirió de muchas horas de trabajo -sobre todo de ella-.  Una tarea que hicimos con tintas, con pergaminos y variados papeles que al final quedó muy lindo y que la profesora se quedó, porque de verdad valía la pena. A veces creo que esas enseñanzas no fueron las mejores, las más prácticas, las que mas me iban a  servir para moverme en el mundo en mi calidad de mujer, que debió enseñarme a ser sexy, a andar derecha, a mover la boca provocativamente. Pero las enseñanzas  ya no serán otra cosa y son las que a la postre determinan lo que soy ahora: ese conjunto de cosas que la mayoría de veces detesto y que solo unas pocas me hacen sentir aprecio por mi misma.
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Cuando estaba en la Universidad Distrital estudiaba con un sujeto llamado Octavio, un llanero, que era bastante mayor que todos los demás, famoso por su afición a la bebida y por ser el mejor en contar chistes verdes. Era un sujeto que me caía mal y del que en consecuencia me mantenía alejada. Octavio un día decidió ponerme un apodo y burlarse insistentemente de mi.  Muchas veces lo descubría mirándome de lejos con sus  otros amigos llaneros, mientras  se reían y yo sentía que me subía un fuego por el tórax y mucha ira, pues no entendía si yo no tenía nada que ver con él por qué él tenía que meterse conmigo  y fastidiarme.

Mi hermano estudiaba también conmigo y aunque estaba enterado de la situación hizo muy poco,  pues nunca ha sido un hermano sobreprotector y en rigor no era su asunto. Hasta que un día me aburrí, me harté de la actitud de Octavio  y me acerqué a él delante de la gente con la que estaba, lo miré, no sé de que forma, pero debe ser de la forma en que miro cuando de verdad siento ira, y pude notar que se sentía intimidado, que no me miraba, que intentaba alejar su cuerpo del mío.

Le pregunté que cuál era su problema conmigo. Evadió la pregunta, hizo el tonto, no me miraba a la cara y yo no dejaba de mirarlo ni un segundo. Volví a hablarle, le dije que no entendía cuál era su lío conmigo, que no entendía porque decidía molestarme, que si tenía problemas me dijera y los arreglábamos. Hizo el tonto de nuevo.

Acto seguido lo amenacé, cosa que me produce mucha risa, le dije que si seguía jodiéndome la vida le iba pegar yo misma, porque ni valor ni ganas me faltaban para hacerlo. Luego inventé algo muy gracioso: le dije que además tenía unos amigos grandes y bravos a los que no le iba a gustar saber que él me importunaba, que si no quería verse por ahí con la cara rota dejara de molestarme.

Octavio nunca volvió a mirarme, ni de lejos, ni de cerca, nunca volví a verlo riéndose con sus amigos y pasaba junto a mi muy serio siempre. A veces me acuerdo de él y pienso que si nos cruzáramos hoy en día él haría exactamente lo mismo. Todavía me sonrojo un poco al recordar mi reacción ese día, en el que tuve la sensación de haber hecho un poco el tonto también. Pensé que debí ignorarlo, hacerme la que no me daba cuenta, que tal vez le daba demasiada importancia a las pendejadas de un llanero borracho. Me sentí tonta, pero también me sentí bien, y sentí que había hecho algo que aunque me producía malestar y me hacía sentir un poco boba, me parecía reivindicatorio, pues yo no tenía que soportar los abusos de un ser humano que aún sin conocerme decidía burlarse de mí y degradarme.

Supongo que si de pronto llego a tener un hijo, tal vez algún día lo siente a la mesa y le cuente esta bobería, si es que se me da por explicarle con imágenes lo que significa la palabra dignidad. Algo que tal vez muchos consideren en estos tiempos un simple embeleco, lo mismo que el respeto y la consideración hacia los demás, los límites admisibles entre lo que uno puede o no hacer contra otros, de lo que es un chiste y lo que es claramente malintencionado, entre la torpeza y la maldad.
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Decía Sócrates que algo tal como la maldad no existía, que el malo era en realidad ignorante. Eso me gusta, pues no me agrada creer en absolutos morales, ni en que hay gente muy muy buena y otra gente muy muy mala. Hay torpeza, hay ignorancia, de la que ninguno está exento. Decía también que era mejor padecer injusticia que cometerla. Yo soy de la creencia  de que aunque la gente actúe mal por torpeza, y en rigor no haga nada grave, nada diferente a lo que haría cualquier mortal, el otro mortal, el que se siente dañado o afectado por la torpeza primera, queda en libertad de ser tan torpe como el otro y ser injusto,  tosco, malo, tonto. No sé si sea una actitud del todo moral, pero hace sentir mejor. Lo otro, lo de poner la otra mejilla, yo también, al igual que el poeta, se lo dejo a Jesús.

Dejo esto de Borges, pues me parece perfecto para un día como hoy.

Hay muchas razones por las que no me gustan las reuniones. Una de ellas es porque me parece que pierdo mucho tiempo, tiempo con el que podría hacer cualquier otra cosa y que a cambio debo invertir en recordarme cada cinco segundos que no puedo desconcentrarme, ni sentir sueño, ni distraer la mirada, pues la pragmática de la reunión corporativa requiere que los involucrados parezcan absolutamente hechizados por el tema del que se trate. Entonces intento mirar siempre adónde hay que mirar, abrir mucho los ojos y asentir tanto como sea necesario.

Para mi es tremendamente difícil mantener la atención en estos actos corporativos y se me van los minutos pegándome post its mentales para recordarme que no me puedo desconcentrar, luego otro para recordarme leer el contenido del post it anterior, y así, hasta el infinito.  

Post its que digan que no puedo tener sueño, ni mucho menos ponerme a echar globos pensando como será estar en Mongolia ahora mismo, porque fijo me preguntan algo y se dan cuenta de que estoy en otra parte, y eso es inadmisible, porque la corporación no solo quiere tu cuerpo sino también tu alma.

Últimamente también me pongo un post it para recordar que que no debo reirme, pues a veces me pongo a  acordarme de vainas divertidas y se me escapa alguna sonrisa, que al no provenir de un hecho claro e identificable en el contexto de la reunión (pues estas por definición no son divertidas) despierta horribles sospechas entre mis colegas, además e haberme hecho ganar una medio fama de loca. Entonces no me puedo reír.

Tampoco me gustan las reuniones porque todas las mujeres que están ahí conmigo me parecen mas bonitas que yo. Dado que nunca pongo cuidado me pongo a verlas a todas, y me parece que todas tienen una nariz mas bonita que la mía, o mas bien menos fea (tener una nariz menos fea que la mía es muy fácil)  que todas se peinan, visten y sientan mejor que yo.

Entonces me acuerdo de que tengo que sentarme bien derechita, abrir los ojos y parecer interesada en todo, pero luego me vuelvo a distraer y vuelvo a pensar que se visten mejor. Que yo no me vestiría así ni para el halloween, pero que en algún sentido van mejor trajeadas que yo.

Siempre salgo de las reuniones sintiéndome un poco desgraciada, nunca me acuerdo de lo que dijeron y siento que perdí mucho tiempo, aunque tengo la capacidad -creo- de rescatar del ambiente, de todo ese ruido blanco que significa para mi entrar a una reunión, las dos o tres cosas que son indispensables para hacer parecer que estuve ahí de cuerpo y alma presente, como si mi cerebro tuviera un imán o una red capaz de  atrapar las ideas importantes. Algo parecido a esas grúas magnéticas que en los basureros atrapan los objetos metálicos.

He aprendido con el tiempo a hacerlo, a parecer interesada, a hacer creer que nada me parece mas chévere en el mundo que estar ahí escuchando de nuestros planes para dominar el mundo, aunque mi alma vague por las estepas de Mongolia o mi cuerpo ascienda imaginariamente hasta una montaña para respirar aire fresco y verlo todo desde una gran distancia.


Durante los últimos cinco años he ido tres veces al aeropuerto, en cada ocasión a despedir a  alguien. La primera vez a despedir a Andrés, quien emprendía un viaje de cinco meses para ir  a trabajar en la zona de los Grandes Lagos, en un restaurante dentro de un parque de diversiones en donde están las montañas rusas más increíbles del mundo entero.

Ya se me han borrado casi todos los recuerdos de ese día. No sé qué fue lo último que nos dijimos, ni si nos dimos un beso o no. Ni como fue nuestro último abrazo. Recuerdo sobre todo  la mirada vigilante de su mamá, quien había prohibido lágrimas y despedidas emotivas. Y sus palabras (las de ella) mientras Andrés me decía algunas cosas sobre lo que haríamos cuando él volviera -supongo para consolarme-  a lo que ella interponía enfáticamente cada vez: “cuando vuelvas no … porque cuando vuelvas vienes para volver a irte”.

El día anterior estuvimos un rato en el aeropuerto, tomando café y comiendo donuts, mientras  veíamos aviones que se iban y hablábamos de las cosas que iban a pasar cuando él volviera, cosas que los dos sabíamos que no íbamos a hacer, pero de las que hablábamos como si siguiéramos juiciosamente el guión  que el narrador  de nuestra historia había preparado para para ese día. Actuábamos, jugábamos a que todo iba a estar bien y a que a los dos nos gustaban los aviones, aún cuando a mi no me gustaran tanto, ni siquiera para ir de vacaciones.

Al otro día (tal vez era un día de julio)  fue la primera vez en mi vida que sentí que me habían arrancado una víscera y se la habían llevado dentro de un avión. Sin empacar, sin cuidado, me la arrancaron sin anestesia. Lloré incansablemente durante todo el día, durante  todo el mes, durante lo que restaba del año. Lloré y lloré sin parar. También leí muchos libros mientras tanto.

La última vez que lo ví, ya cuando había regresado de su aventura y planeaba volverse a ir, fue en un febrero de hace unos cuatro o cinco años. Un encuentro distante y  falsamente cordial, en el que nos miramos como un par de animales asustados. Desde entonces no he vuelto a saber nada de él.

El año pasado volví al aeropuerto a despedir a Sebastián, quien se iba a una universidad gringa a doctorarse en alguna cosa de antropología. En realidad  conozco poco a Sebastián y tal vez el narrador de mi historia me haya puesto allí, un poco fuera de contexto, para evitar que en una calle cualquiera me cayera una tabla desde un sexto piso y me matara, o para evitarme algún incómodo encuentro y  más bien darme otro a cambio, porque en realidad fue raro estar ese día allí, entre lágrimas y apasionamientos que no eran los míos, con los que no tenía empatía alguna.  

Hace ya casi una semana visité Eldorado de nuevo, para despedir a Sofía, junto con su mamá y su tía. Ella (Sofía) me llamó en la mañana para confirmar que yo iría y se despidió diciendo: me alegra que vaya, no sabe lo importante que es para mí que Usted esté allá.

Llegué a las 7.30 pm, arreglada y peinada, como si fuera a una reunión de trabajo o a una fiesta con gente importante. Sofía estaba notablemente nerviosa, ansiosa, por la inminencia del hecho de montarse en un avión para irse a Manchester y regresar en el mejor de los casos en un año y medio o dos, de visita. De dejar su café, sus frutas y el sol matutino que también parecía alimentarla. Cuando llegué nos abrazamos. Me contó un incidente que tuvo con un policía, luego fuimos al Juan Valdés a comprar un par de camisetas que querían enviarle a su tío, tomamos algo, ella temblaba. Unos minutos después  ya era momento de que se fuera.

Cuando ya se dirigía a la oficina de inmigración abrazó a su mamá para despedirse, mientras repetía en voz alta que no iba  a llorar, promesa que quebrantó un instante después, dejando salir toda la ansiedad contenida durante los anteriores días y meses, pues se desató un llanto que fluía sin parar, que manaba a chorros de sus ojos y bajaba copiosamente por sus enrojecidas mejillas, mientras le repetía  a su mamá que la quería mucho, una y mil veces, como un mantra.

Se abrazaron mucho tiempo,  en un abrazo que quería decir muchas cosas: que tenían miedo de estar separadas, que se querían mucho, que sabían que ese momento era la condensación de sueños y esfuerzos compartidos. Nancy la abrazaba y le cogía los cachetes con la confianza con la que un entrenador  anima a su muchacho que va a la cancha. El abrazo se prolongó bastante y luego se convirtió en un par de frentes juntas y en un par de ojos que se miraban por última vez en una buena cantidad de tiempo.

Luego abrazó a su tía y se dijeron las cosas de rigor. En el último lugar estuve yo, quien en los minutos previos me había estado preguntando sí Sofía tenía tantos amigos  por qué era precisamente yo quien estaba allá y no otro, y qué significado tenía eso en el conjunto global de la historia. Por qué mi narrador me habría puesto  allí ese día , a esa hora, con otras tres mujeres, en un aeropuerto del tercer mundo.

Hice algunas hipótesis, como por ejemplo que estaba allí porque fui la última persona con la que Sofía compartió su vida de cerca acá, porque seguí paso a paso  todo el proceso, incluso antes de que viviéramos juntas y de que hubiera decidido que quería doctorarse. O porque pese a lo diferentes que somos, cada una representaba un buen balance para la otra. Porque yo era su calma y ella mi tranquilidad.

Recordé esa noche que íbamos para cine caminando, por la novena, y me mostró los resultados de su prueba de inglés. Luego me acordé de esa vez que vino llorando al apartamento de Palermo a decirme que ella no sabía si quería doctorarse, que ella tal vez quería irse por el mundo a tomar fotografías, que era lo que en serio le gustaba. Recordé cada vez que dudó de que las cosas resultaran y que yo le dije que no me cabía la menor duda de que llegaría a estudiar a Manchester. Recordé la tensión de las dos durante los últimos días, una tensión que representaba el fin de una época para cada una, en cada caso por cosas diferentes.

Luego de pensar todas estas cosas, al fin llegó el momento de nuestro abrazo. Le dije que la quería mucho, que me iba a hacer falta para ir a cine, que la sentía como una hermana. Que ya nos veríamos de nuevo quién sabe en dónde, quién sabe cuando, pero que tenía la certeza de que lo volveríamos a hacer. No lloramos. Nos felicitamos por haber comido en casi todos los restaurantes de La Macarena y por haber visto todo lo de los Coen juntas.

Luego sus tres acompañantes la vimos irse por el pasillo, arrastrando una maleta en la que ella decía que llevaba metida su vida, mientras yo pensaba que lo que llevaba era apenas lo poco que había querido conservar de una vida anterior, porque desde ahora empezaba para ella una  completamente nueva. Mi último pensamiento tonto de esa noche fue preguntarme sí el narrador de mi historia reservaría algún momento parecido para mi.

El primer referente que me viene a la cabeza de la palabra hogar aparece en la casa de mi abuela paterna, lugar en el que la estufa de carbón era el elemento central, el fuego alrededor del cual giraba la vida de mi abuela y la de todos los que la visitábamos:  sus hijos, que sumaban  más de una decena, entre los que se cuentan dos parejas de mellizos que lograron sobrevivir a la mortandad de sus cinco partos múltiples (de mellizos y trillizos), y la infinidad de descendientes (hermanos y medio hermanos) que fuimos sus nietos, bisnietos y hasta tataranietos, quienes llegamos a sumar más de un centenar.

De cuando en cuando  íbamos a visitar a la abuela en grupo, lo que en términos reales significaba ir a comer mucho y muy rico. Yo pude ser una de las más afortunadas de todos, pues vivía cerca y me bastaba con caminar unas pocas cuadras para ir a saquear su mágica cocina.
 
Para mi abuela Magdalena cocinar era su razón de vivir: hacer arepas y envueltos cada mañana, moler el maíz, asar plátanos, preparar café campesino con cáscaras de naranjas amargas, mazamorra de dulce con queso fresco y tener ollas repletas de comidas raras todo el tiempo. De allí me vino el amor por la comida, pues siempre había mucha y exquisitamente preparada, infinidad de platos que nunca he vuelto a probar y que acaso mis tías recuerden como hacer.  
 
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El   mayor orgullo de la Señora Magdalena fue haber criado sola a su gran cantidad de hijos, sin mucha plata pero sin que faltara jamás la comida ni el calor de su estufa de carbón. Mis tíos y mi papá se vanaglorian de haber crecido fuertes y sanos gracias a las bondades del maíz, del plátano, de la yuca y de las vísceras, única carne que conocieron y consumieron por mucho tiempo, pues no había plata para más.

También se vanagloriaba mi abuela de otras rarezas. A través del tiempo la recuerdo con su voz de anciana, similar al cacareo de una gallina, diciéndome: mija, es que yo no sé leer pero me escriben. Como muestra de ese particular orgullo, encima de la humildísima mesa en la que en diciembre se ponían sendas gallinas con todo su avío, había año tras año una cartulina en la que ella pegaba las tarjetas que sus hijos le mandaban desde Nueva York, y que para el final del año estaba toda cubierta de hollín, al igual que toda la casa, como resultado de las emanaciones diarias de la estufa, que eran, en rigor, las emanaciones del corazón de mi abuela.

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La abuela se murió hace más de 20 años, atropellada por un Land Rover, a pocas cuadras de su casa (la que siempre conservó el aspecto de una pequeña parcela campesina) mientras traía en un canasto comida y mucha leña para alimentar su estufa, mientras caminaba a casa sostenida por sus fuertes y muy cascorvas piernas, piernas que heredé y en las que la medicina obró todo su poder, dejándolas rectas y aptas para correr, pero  que conservaron la fuerza y apariencia maciza de las de mi abuela.

A los pocos meses de su muerte uno de mis tíos demolió la cocina y las partes de la estufa de mi abuela anduvieron de aquí para allá, entre montones de cosas con las que nadie sabía que hacer. También cortó el duraznero que nos proveyó durante muchos años de los camuesos con los que ella nos preparaba deliciosos duraznitos en almíbar, servidos con queso fresco en cada abril, cuando llegaba la cosecha, y que eran un tesoro que ella cuidaba celosamente de nuestras arremetidas de gula.

Yo rescaté una de las planchas de hierro colado de la estufa (apenas dos fogones) y con ella mi papá hizo una bonita mesa, que una amiga me guarda desde hace ya años en su casa. Una mesa que quiero llevar para la que será mi nueva casa. Un lugar que me espera y que yo todavía no sé cuál es.

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Desde hace casi una semana estoy en la casa de mi mamá, mientras logro conseguir un buen lugar para vivir. Creí que regresar, así fuera por unos días, representaba un retroceso en mi vida, una especie de derrota. Los días  previos a esta decisión me figuraba ese momento como el de una pequeña tragedia.
Finalmente llegué con mis cosas, que ya no son tan pocas como cuando me fui, y me instalé en la habitación que fuera mía en mi primera infancia. Paradójicamente, y en contra de los pronósticos, me sentí feliz de llegar, de estar en mi casa, de volver a caminar por las calles en las que crecí y en las que se me quedaron regados tantos recuerdos.

Calles por las que cada noche, cuando camino hacia mi casa, me veo corriendo o parada en el antejardín viendo jugar a mi hermano, agachada en el pasto cocinando comidas imaginarias que siempre quería darle a probar a mi mamá cuando al fin ella volvía de trabajar o estudiar.

Cuando volví el miércoles pasado quise abrazar el closet,  besar el suelo, revolcarme en el piso como un perrito feliz. Me rodeó una clase de sensación que no tenía desde hace mucho tiempo.

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Cuando éramos niños mi hermano, mi mamá y yo teníamos una cita cada noche -casi siempre irrenunciable- alrededor de la mesa para comer juntos. Una cita que solo unas pocas veces queríamos y podíamos incumplir, cuando pedíamos permiso para llevar nuestro plato a la habitación y ver algún programa de TV. Y no queríamos dejarlo porque estar con mi mamá era (y sigue siendo) muy divertido.

Esos días,  que ya estaban muy lejos en el recuerdo, han vuelto temporalmente. Me gusta llegar en las noches y abrazar a mi mamá, preparar algo de comida juntas, reirme con ella viendo televisión, sentirme en casa de nuevo, como cuando era niña. Sentarnos a la mesa un rato para compartir la vida alrededor de la mesa, del ritual de la comida. El momento propicio para hablar de esas cosas que calientan el corazón.

Desde hace una semana siento una especie de liviandad en el tórax, un poco más de tibieza en la piel, una ligereza del alma. Dice mi mamá que es porque ya no vivo en la montaña en donde hace tanto frío. Pero yo creo más bien que siento  eso que algunos todavía llaman calor de hogar. Eso que pasaba en la casa de mi abuela. Eso que pasa en las noches al llegar a la casa de mi mamá. Eso.

Uno supone que hay vidas que no conocen los declives ni los malos momentos. Vidas perfectas en las que nunca tienen lugar las fallas, los errores de cálculo, la indecisión, las vacilaciones ni el miedo. Vidas inmunes al azar, que transcurren siempre al amparo de planes de obligatorio cumplimiento.  Vidas que, en definitiva, no son como la mía, que funciona más como una onda sinusoide que sube y baja cada tanto.

Acompañando ese movimiento oscilante a veces intuyo algunas luces. Unas intermitentes, semejantes a luciérnagas. Cortos y espasmódicos destellos que le dan algo de gracia a las veleidades de la vida, que distraen, entretienen y son curiosas. A lo lejos, sin embargo, siempre esos dos o tres faros que nunca se apagan. La luz de quienes nunca nos dejan caer. A ellos todo mi amor esta noche.

I

Hace algo así como un mes estuve en la despedida de Sofía (una de tantas), organizada en la casa de Jaime Arocha, quien es, por así decirlo, su mentor intelectual. Allí conocí a un documentalista llamado Gustavo Fernández, al parecer algo reconocido en el mundo académico. En medio de la bebida y la comida alguien le preguntó a Gustavo de dónde era y él contestó con un acento paisa que persiste a pesar de tantos años fuera de la patria chica: “a ver, pues como decía Fernando Vallejo, uno es de donde vive y de donde se muere, por ahora puedo decir que soy de Chapinero porque llevo como 30 años viviendo ahí”.

II

Anoche caminé un rato por la Universidad Nacional, desde la entrada de la 45 hasta otra entrada/salida abajo por la 26, por la que yo llamo puerta deICA, al sur de la Facultad de Agronomía, lugar en el que por primera vez me fumé un cigarrillo a los 13 o 14 años. Mientras atravesaba el que considero mi segundo hogar y uno de los sitios de la ciudad que más me gusta, me dí cuenta de cuanto me agrada la gente y la vida de la ciudad y cuántos recuerdos tengo por cada pedazo de la universidad por el que atravieso.


Tal vez haya muy pocos lugares de esa micro-patria que me sean desconocidos, pues recorrí la UNAL desde que tenía al menos 12 años y mi mamá y mi hermano estudiaban allí. Me dí besos en los potreros, fui a partidos de fútbol, corrí por el anillo vial y el estadio hasta acabar varios pares de tenis, fumé marihuana por primera vez, ví muchos atardeceres desde el puente de la 26, me enamoré, jugué badminton en la concha acústica y en el Freud hasta que me cansé. Pasé horas en el Humboldt, en la cafetería de diseño, en la de sociología, y cuando todas estas actividades lúdicas me dejaban tiempo también estudié.

III

Cuando debo ir de un lado a otro de la ciudad tengo la misma sensación que tengo al pasar por la UNAL aunque un poco más disipada. Creo que conozco muy bien mi ciudad y que tengo recuerdos tirados por todas partes, desde Usme hasta Usaquén, desde los cerros hasta Engativá. A ratos creo que eso quiere decir que estoy vieja. Pero luego recapacito y me doy cuenta de que más bien he vivido harto, cosa que es diferente a tener muchos años.

Supongo que en la lógica de Gustavo Fernández y  de Vallejo no puede caber la menor duda de que soy de acá, de que esta ciudad es mi pequeña patria, pues acá he vivido siempre y además me la he caminado mucho. Me gusta andar por el centro pese a todo, pese al mugre, al desorden. También los cerros, la gente a las seis de la tarde yendo hacia los cafés o hacia su casa en buses llenísimos. Callarse un rato para escuchar lo que dicen. Los restaurantes llenos, el ritmo y la música de la ciudad,  los pequeños dramas cotidianos que uno ve en todas las caras. Las conversaciones que se escuchan por doquier y mediante las cuales uno le toma la temperatura al país.  De acá soy, al menos por ahora. Quien sabe en que otra patria me van a dejar los días. Es raro pensar en eso, sobre todo cuando se es alguien acostumbrado a no meditar sobre el futuro.

 ”To see if you like where you live: check if you are as happy returning as you were leaving”

El apartamento ya empieza a verse desmantelado. Hay cosas en cajas, huecos en donde antes había muebles, montones de libros y cacharros que esperan ser empacados y enviados a un nuevo lugar. Ayer se llevaron el cello de Sofía y ella lloró mucho. Hoy puede ser mi última noche ahí, o la de mañana, o la del domingo, en todo caso son pocas las veces que aún domiré ahí.
 
Siento dolor de estómago por tener que dedicarme mañana a empacar mis cosas. Pienso en el estrés que le produce al pobre gato  trastearse a cada rato. Tengo, en suma, un guayabo horrible, más grande del que me imaginé que tendría. Esta noche cenaré con Sofía y con eso daremos cierre a nuestro plan de comer en todos los restaurantes del barrio, propósito que no cumplimos a cabalidad y que tal vez yo deba acabar de ejecutar por las dos.  En todo caso alcanzamos a comer en muchos lugares y siempre la pasamos muy bien. Estuvimos con su familia, con la mía, con amigos.  Hoy nos despediremos hasta quien sabe cuando.

En menos de 15 días ella estará en Manchester. Yo viviré en otro lado, tal vez sola. Queda atrás, suspendido en el espacio, otro paraíso perdido: una de esas burbujas de jabón que permanecen flotando en el recuerdo, burbujas multicolor que no se revientan y que nos quedan como impronta de buenos y hermosos días. Quiero llorar y trato de ver con alegría y optimismo los días venideros. Espero sean tan buenos para las dos como los que dejamos atrás.

“I could be bounded in a nutshell, and count myself a king of infinite space, were it not that I have bad dreams”. Hamlet

No sé como ni por qué acontece que uno adquiera la costumbre de afirmar categóricamente cosas sobre uno mismo. Cosas que son como sus etiquetas, sus tarjetas de presentación. Asuntos  que uno cree que lo definen y a través de los cuáles estructura una personalidad que intenta hacer creíble ante el mundo.

 
Estas definiciones suelen estar acompañadas de expresiones como “soy muy”, “no me gusta”, “adoro”, “jamás haría”, “odio”, “no soporto”, “desprecio”, expresiones a través de las cuales conformamos un yo más o menos axiomático, del que deducimos lo que somos y con las  que establecemos pautas de acción. Esas formas de hablar acerca de nosotros, de las cosas en las que creemos o no, suelen denominarse “principios” y constituyen el espacio en el que empieza y acaba el propio mundo. En teoría.

Pero una cosa es la teoría acerca de uno mismo y otra muy diferente la práctica. Entonces las situaciones a las que a diario nos enfrentamos, la vida real -no la de los axiomas que inventamos acerca de nosotros mismos, nuestro libro de verdades-, nos arrojan más a menudo de lo que quisiéramos a la posibilidad de quebrantar nuestros “jamas” y nuestros “siempre”.

Este ejercicio, que acontece por necesidad o por auto determinación, puede ser entendido por nuestra mente al menos de dos formas: como una traición a nuestros principios (muchos de los cuáles no son más que un conjunto de normas auto impuestas que justifican nuestros miedos o cosas que nos acostumbramos a repetir pero que han perdido vigencia), o como un acto de libertad a través del cual ponemos a prueba lo que creíamos ser.

Puede suceder que nos demos cuenta de que todo lo que decimos acerca de nosotros mismos no tiene asidero, que nos descubramos en las oscuridad de la noche sintiéndonos muy infelices aunque le contemos al mundo lo contrario; que nos creamos leales y a nadie más se lo parezca;  que nos veamos en el espejo de la realidad y nos apercibamos de que somos anarquistas de oficina, punkeros de agencia de publicidad, intelectuales de televisión, divas de la cuadra.

Que no somos ninguna de las  cosas que creíamos ser: ni tan buenos, ni tan castos, ni tan puros. Que  nos permitimos obrar “mal” de vez en cuando y nos sentimos bien.  Que no somos cosas hechas y acabadas sobre las que ningún cambio puede tener lugar. Que podemos, sí queremos, ser otros. Que  tenemos el poder de moldearnos, cambiar, mutar,  gustar cada vez de gentes, comidas y lugares nuevos, probar lo desconocido, desafiar lo establecido, poner a tambalear los cimientos y las convicciones de la propia vida.

Decía el oráculo de Delfos “conócete a ti mismo” y es acaso en esta frase en la que se resumen  todas las preocupaciones de la filosofía antigua. Pero puede conocerse de muchas maneras: uno conoce al señor de la tienda a quien saluda cada mañana, conoce al vecino de enfrente, conoce a sus papás, conoce a su novio, conoce  a su mascota.

Creo, sin embargo, que la clase de conocimiento que nos propone la inscripción délfica no tiene que ver con saludar cada mañana a ese viejo amigo que somos para nosotros mismos, ni con verlo al espejo y encontrarlo familiar, con los mismos gestos y las mismas palabras siempre en boca.

Me parece más bien que es una invitación explorar más allá de los límites que alguna vez nos fijamos y ver quienes somos en esos mundos insospechados. Acaso en esa exploración de nuestros límites esté el ejercicio más valioso de auto conocimiento. Un conocimiento de sí mismo que se da y se constituye como consecuencia de la experiencia, en ausencia de prejuicios, y no uno que viene dado por anticipado, determinado por un conjunto de cosas que alguna vez quisimos creer de nosotros mismos o que nos contaron que debíamos ser.

Una clase de saber acerca de si mismo que conduce  a la existencia de sujetos sin principios ni finales, capaces de aventurarse allende los límites pre establecidos de la propia vida. Eso que los estoicos alguna vez definieron como la condición cosmopolita: la capacidad de aprehender innúmeros mundos y de hacer de la propia mente un microcosmos, imagen y reflejo de ese cosmos infinito (es decir sin principio ni fin)  que llevamos cada día por sobre nuestras cabezas.