El orden es cronológico por razones de comodidad para la elaboración de este post. No constituye un ranking estricto, aunque tengo mis favoritos de favoritos pero NO los voy a decir. Con Ustedes, lo mejor de enero en mi twitter, según yo.
1. Preguntas científicas de la sorprendente cabeza de @vega

2. Felicidades chiquitas revueltas con pesimismo denso. Una creación de @30januar.

3. ¿Por qué hay gente a la que le molesta tanto la soledad ajena? ¿Por qué hay gente a la que le molesta tanto estar sola? @melismatik nos ofrece una respuesta.

4. La manía de mirar feo todo lo que no se nos parece. La manía de ridiculizar lo que nos da miedo. Sabiduría del señor de señores @wilcheschaux

5. Hermoso se dice de muchas maneras. Hermosa la pelada del huevo, hermosa la forma de decirlo de esta reconocida aristotélica colombiana @mlriveras

6. Y si nadie toma la iniciativa esa empanada se enfría y ya nadie se la come. Verdades al estilo de @juglardelzipa.

7. No me gusta comprar esa mierda barata porque a la larga sale cara y además acaba en la gran isla de basura del pacífico. Algunos dicen que son chocheras mías. Yo lo llamo inteligencia del consumidor. Crítica a la cultura del siempre categórico @mrwinters

8. Qué bonito le salió esto a @forecemajeure_
tu.bocado.delicioso.colombiano.de.edición.limitada.con.la.cantidad.exacta.de.chocolate.
guardado.en.tu.bolsillo.para.un.momento.de.mucha.hambre.ojalá.con.café.bien.oscuro.y.
sin.azúcar.o.con.coca-colita.dé.ja.me.
9. Palabras que se vuelven imágenes que se vuelven risas, de la futbolística mente de autor de SantaMaradona

10. Cuanto me enternecen los tweets de @edilay sobre littlesaltamontes. Ella es su hija, se llama Keyla y cumplirá 4 años en abril. Tiene un tablet y le manda caritas felices a su mamá :)

Entonces me dijo : Cómetelo. Y yo, con la pretensión de ser graciosa, respondí: Me sale muy caro, vive en la Isla Boro Boro. Y ella replicó : por Skype.
Breve conmoción. Parpadeo. Mirada al horizonte. Un pensamiento atraviesa mi cabeza en milésimas de segundo: “ah, verdá que uno se puede comer a alguien por Skype, no tengo que agarrar un avión hasta Boro Boro. Claro, sale más barato”
En mi intento número dos por ser chistosa dije: pues habrá que recuperar primero mi contraseña de Skype, ¿no se puede por Gmail? Pero no hubo risas. No las hubo porque era un chiste que necesitaba tono y voz y estábamos chatiando. En realidad no era un chiste, era un énfasis que habría hecho yo con las palabras y la voz; un énfasis que, de seguro, si ella me hubiese escuchado, la habría hecho reír. Yo sé, yo sé. Yo soy una persona chistosa. Eso me dijo S. ayer.
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Es de noche y camino a mi casa. Como casi nunca va nadie por ahí a esa hora, me puedo reír sola, a carcajadas, sin parecer una loca y sin que las señoras fifí de la 85 me miren con miedo y agarren duro sus bolsos. Y me empiezo a preguntar cómo será eso de comerse a alguien por Skype…porque es que … acá dónde me ven yo nunca he hecho esa vaina.
Me digo, ah Aleyda, eso debe ser raro, debe ser como … como si en vez de dormir con su Teddy Bear, durmiera con el iPad sobre la mesa de noche con una imagen de su Teddy Bear.
¿Cómo puede uno comerse a alguien por Skype? Sin olerlo, sin tocarlo, sin poder hincarle el diente … carajo, debe ser muy raro eso. Cuando menos muy frustrante. ¿Menos frustrante que el man en Boro Boro? Qué sé yo.
Ah, pero Usted ha tenido sexo telefónico, que bien puede ser lo mismo: decirse cosas ahí por el cacharro ese, mientras se toca y le dice al otro en dónde y cómo. Y ahhh y ohhh. Entonces lo de Skype …no debe ser tan raro …porque bueno, la joda esa pasa audio e imagen. Pero debe ser chistoso en todo caso … uno ahí todo atareado con ese computador.
Sentiría que los vecinos me ven por esos ventanales tan grandes de mi habitación. Son gente campesina, no van a pensar bien de mi si me ven en esas. Y bueno, debe ser más fácil desde el iPad ¿no? Apago la luz, pongo cortinas mas gruesas y listo. Pero la pantalla es más pequeña ¿importa el tamaño?
Ah sí, pero es que Usted ha tenido sexo telefónico, pero con gente que conoce, con sus novios, por joder, por innovar, porque andan lejos, no con gente a la que no haya visto nunca, no con una persona de Internet. Aleyda: ¿le parecen diferentes las personas de Internet a las que van por la calle? … No sé, de pronto, de pronto son diferentes. De pronto todavía no son personas lo que se dice personas. Ah, debe ser muy chistoso.
Aleyda: debe ser muy chistoso verle la mondá a un tipo por la cámara web. Aleyda: deje de ser tan boba y tan goda. Aleyda: de pronto le gusta. Aleyda: madure. Aleyda: Usted no va a hacer eso, yo me la conozco.
Usted, que ni siquiera sabe maquillarse y le ha faltado curiosidá pa’ meterse a YouTube a mirar cómo es que hay que hacer para quedar igualita a Angelina Jolie. Usted, que ni siquiera chatea con la cámara On. Usted, que no sabe pedirlo y que cuando se lo piden no se da cuenta por andar hablando mierda de Platón. Usted, tan atrasada en la vida para ciertas cosas, ahora viene a pensar en cómo será comerse a alguien por Skype.
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Es de mañana otra vez. Camino mientras pienso de nuevo en todo esto. Y me rio por la calle , pero esta vez con disipeto (algo así como una mezcla de disimulo y respeto) para no asustar a las señoras. Me paro a esperar el paso de los carros sobre la calle 85 con carrera 11. En la otra esquina está la señorita que me entrega el periódico cada mañana, al menos desde hace dos días. Antes era un muchachito blanco, de ojos verdes. ¿Por qué lo habrán cambiado? Él me sonreía.
El semáforo sigue en rojo. Ya pensé cómo quiero escribirlo. Sobre todo pensé cómo quiero cerrar. Voy a cerrar mi monólogo diciendo que en todo caso se siente bien que a estas horas de la vida todavía me queden inocencias por quebrantar; virginidades por perder. Cerrar acotando que todavía me queda mucha, pero mucha ingenuidad.
Me preguntaba hoy cuánta gente tiene la vida que alguna vez se soñó. Que tantos otros creen que de verdad eligieron su vida o que tomaron las decisiones correctas. Cuántos supieron lo que querían hacer desde que apenas tenían uso de razón y lo lograron. Cuántos iluminados la tienen clara.
Pero seguro es que todos llevan (llevamos) alguna clase de sueño hippie dentro: eso que haríamos si tuviéramos los cojones suficientes para dejarlo todo (como en las películas) e ir a por otra vida, lejos de todo eso que para ser cabales, quizás no elegimos.
De esos sueños los he conocido de todas clases: el del que quería irse en una moto por toda Suramérica (acaso un sueño compartido por una generación entera); el del que quiere agarrar el carro y un poco de plata, ponerse a andar a ver qué pasa y tener trabajos ocasionales como David Banner; el de la la que quiere irse a tomar fotos por el mundo, sin que las expectativas de los demás le pesen tanto en la maleta.
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Muchos meses antes de irse, antes de que fuera un proyecto real y tangible el de viajar, S. habló conmigo un día cualquiera, muy conmovida, llorando, como era común cuando algo la desesperaba. Me dijo que no sabía qué tanto quería ir a doctorarse a otro país, que ella más bien quería volverse una fotógrafa, no importaba si famosa o no, pero que soñaba con irse por todo Brasil a tomar fotografías, hasta que se cansara de ese país y pudiera irse a otro a hacer exactamente lo mismo. Yo, ese día, voté por el sueño hippie. Ella viajó hace unos tres meses a empezar su doctorado en el Reino Unido.
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Cuando me hago la pregunta sobre lo que realmente quiero (como si hubiera un yo escindido y loco que quiere otras cosas con menos realidad, pero que sin embargo es capaz de sobreponerse a los deseos de mi yo más verdadero) soy capaz de saberlo. También puedo saber lo que no quiero: no quiero tener un carro, no quiero tener una tarjeta de crédito, no quiero hacer un doctorado, no quiero trabajar en una oficina el resto de mi vida, no quiero pintarme el pelo hasta que no sea estrictamente necesario, no quiero dejar de comer todas las cosas que me gustan.
Cada mañana, antes de salir de mi casa, vislumbro esa cosa que realmente quiero. Eso que yo sé que voy a lograr, porque me creo buena para hacer lo que me da la gana, me creo buena para dejar un mundo sin muchas vacilaciones e ir a por otro nuevo. La maleta todavía no me pesa tanto y tengo la fortuna de no haber alimentado demasiadas expectativas a mi alrededor. Me he acostumbrado a defraudar.
Puedo ver ese futuro cada mañana cuando, antes de salir de la casa, recuerdo regar el pequeño semillero de tomates y las cuatro matas de rúgula que sobrevivieron en nuestro primer intento. No, no es que quiera volverme granjera. Es más bien que mi sueño hippie está en el mismo estado de desarrollo de esas pequeñas matas, que en unos meses me van a dar unos tomates, que comeré con el triste y pobre orgullo de poder decir que los planté yo misma. Que son mis cochinos tomates y no unos que me compré en la tienda. Ja.
“La mujer es un animal de cabellos largos e inteligencia corta”
A. Schopenhauer
No puedo hablar de mi pelo sin pensar en Paulo, no sé por qué. Me conoce desde que tenía 12 años y nadie mejor que él para dar fe de que, del tiempo total de mi vida, al menos el 90% lo he llevado corto o muy corto, incluso desde que era una niña.
Las razones son desconocidas y se pierden en el pasado lejano. Quizás mi mamá, mujer muy práctica y poco dada a las vanidades femeninas, decidió dejarmelo corto desde que estaba muy pequeña, para no tener que demorarse mucho en las mañanas peinándome. Total que mi pelo en raras oportunidades ha excedido la línea de los hombros y, cuando eso ha pasado, muy pronto he querido volver a dejarlo corto.
Sin embargo mi abuela materna, con la que crecí, llevaba el pelo muy largo y ella si que era una mujer vanidosa. A mi me encantaba pararme a verla enrularse o hacerse bucles con su pinza eléctrica, pero ella siempre me decía que yo no iba a poder hacer lo mismo porque el mío era muy feo.
Lo he tenido corto, muy corto y verdaderamente corto (pelos de 1 o 2 cm) con lo que logré escandalizar incluso a mi mamá, mujer tan poco dada a opinar sobre lo que hacen los demás. Me gustaba hacerme cresticas y llegué incluso a decirle al peluquero que me hiciera cosas muy arriesgadas, que me gustaron mucho, que me hacían sentir muy audaz , libre, chic, elegante, classy, atrevida, sin miedo a parecer un muchachito, cosa que a la postre me dijeron diez mil veces y que quizás dolió, pero no tanto como para dejar de llevar orgullosamente mi pelo corto.
A los 12 años recuerdo haber ido a una fiesta de una amiga, quien luego me contó que unos amigos suyos le habían preguntado si yo no sería lesbiana por aquello de llevarlo tan notablemente corto. Luego A. y su mamá vivían muy preocupados, no solo por los seis años de diferencia que contaban entre nosotros, sino además porque yo era una de esas mujeres de pelos cortos, una de esas mujeres que a ella le parecían peligrosas.
Un día cualquiera, hablando con Paulo de pelos, me decía que él pensaba que las mujeres pelicorticas representaban algo así como un peligro o desafío para el sexo masculino, pues la cabellera femenina servía fundamentalmente al propósito de la seducción. Me explicaba mi amigo que una larga cabellera permitía al señor, en algún momento de la cita, hacer alguna referencia al bello cabello de la dama, tomar un mechón y decirle: tienes el pelo lindo, chévere; olerlo, y enrollarse un poquito en un dedo, mirarla con los ojos entornados y pletóricos de amor. Pero que si uno lo tenía corto pues ni modo, que eso era como decirle a un man: mira, no necesito de una melena para seducirte, a ver como te las arreglas para seducirme tu a mi. No vengas a decirme que tan lindo mi pelo, porque básicamente, idiota, no tengo mucho.
Luego estuve leyendo y encontré en alguna parte (quizás para validar y justificar mi gusto) que en una tribu de no sé donde el pelo corto en las mujeres era un símbolo de poder. Y yo me sentí poderosa y desafiante. Pero también en twitter alguien dijo que las mujeres de pelo corto eran un manojo de inseguridad, unas mujeres que tenían miedo a la femineidad, unas mujeres que se escondían de si mismas. De pronto tenía razón el man. A veces yo creo que en términos de lucha por la supervivivencia, un pelo largo no es una idea inteligente, pues nos hace vulnerables y susceptibles a recibir un cachiporrazo en la mula y ser arrastradas de la melena, como una vil presa.
También un día una dizque amiga me dijo que quizás yo no conseguía un novio por aquello de llevar el pelo corto, cosa que a mi me pareció muy malparida y me hizo llorar. Pero quien sabe, a la postre es cierto y todo lo que hace falta para tener amor es dejarlo crecer un poco más.
Pero es que no me gusta llevarlo largo. Es grueso, esponjoso, rebelde, desordenado, abundante. Me siento cómoda con el pelo corto, entre otras cosas porque tengo que preocuparme poco en las mañanas por arreglarlo, gasto menos plata en cuidarlo (al menos cuando era de verdad corto, no como ahora que aunque siendo corto ya requiere peinados) y además porque al tener la costumbre de correr casi todas las mañanas se hace imperativo lavarlo a diario.
Me gusta mantener mi pelo muy limpio y por eso lo lavo cada día. Por eso tampoco me pongo ninguna clase de crema encima, porque me gusta pasar las manos por mi pelo y sentirlo absolutamente limpio.
No me gusta mi pelo, de verdad no me gusta, pero lo mejor de todo es que yo no quisiera tener otro, o no se me ocurre cómo sería el que me gustaría tener. A veces jodo diciendo que quisiera tenerlo como el de la Niña Mencha, pero ni por el putas me gustaría ser rubia (o sea teñida) y mucho menos tener una de esas abundantes melenas que solo me hace pensar en calor en la cabeza y en pelos tremendamente sucios que quieren aparentar lo contrario.
Digo que no me gusta mi pelo, pero quizás es mentira. Me hace sentir rabia porque quisiera que se viera de otra forma, que hiciera algo de lo que a mi se me antoja alguna vez, pero a la larga me agrada mucho y no quisiera tener otro. Esa misma relación de amor y odio que mantengo conmigo misma ha de ser la que sostengo con mi pelo: yo me gusto frente al espejo, pero luego, cuando salgo a la calle, ya no tanto (o quizás me doy cuenta de que no le gusto a otros) pero no anhelaría ser otra, porque me agrada mucho como soy, con mi nariz grandota y mis pelos desordenados, abundantes, rebeldes, tricolores, esponjosos, tan susceptibles a la humedad del ambiente, con una onda para aquí y otra para allá, con un mechoncito rojo insospechado debajo de tantos pelos negros y un mechón mono que siempre aparece por el lado izquierdo de mi frente. Unos pelos que a mi me parecen que son así, como soy yo. Te quiero pelo.
Desde que llegué a vivir por estos lares he evitado trabar conversación con él. La primera vez que lo vi me pareció que tenía demasiadas ganas de hablarme, de ser notado. Incluso me pareció que yo le gustaba. Sin embargo es imposible no saludarlo, pues la costumbre es hacerlo con toda persona que se cruza en el camino y él siempre se las arregla para aparecer en el mío. Si paso frente a la veterinaria, él está frente en la veterinaria. Si voy a la tienda, él está en la tienda.
Lo más común es encontrarlo en las mañanas, muy temprano, frente a su pequeña y modesta casa, tomando café en el porche, en donde siempre se ven aperos para los caballos. Solo lo he visto una vez sin su sombrero, debajo del cual se esconde un pelo ensortijado y ya blanco. Invariablemente usa camisa a cuadros dentro de un bluyín y botas adecuadas para las características del terreno.
No me cae bien. No siento ganas de acercarme ni de que él lo haga, aunque cada mañana al pasar frente a su casa le dirijo un amable pero distante “buenos días, vecino” que a veces puede ser también un “chao, vecino”.
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Al fin me he visto obligada a hablarle. Nos cuenta que su nombre de pila es Jesús, pero que prefiere que lo llamen Cholo, porque así es como lo conocen en la zona, en donde, según él, vive hace casi 25 años.
Es primero de enero y salimos a comprar leche y pan para poder desayunar. Nos lo cruzamos. Le preguntamos que si sabe de algún arriendo en el sector. Así empieza un periplo de 25 o 30 minutos en los que Cholo -cuyo origen paisa se hace evidente en su primera palabra- no para de hablar. Nos cuenta de sus múltiples hazañas y habilidades, dentro de las que están ser domador de bestias, chalán calificadísimo, sujeto sin plata y sin ganas de tenerla.
Empezamos a subir la montaña y nos ennumera las celebridades que viven en la zona. Que en esta casa vive Marlon Moreno “El Capo”, que más allí vive Cristóbal Errázuris, quien ya es un viejo canoso que en todo caso se come a una muchachita de 20 años. Que esta casa que están construyendo es un edificio de tres pisos, que la esposa del dueño es parapléjica y que por eso le van a meter ascensores, que el man ya se gastó mil millones de pesos y que el otro día dijo que iba a gastarse otros mil más. Que este es el metro cuadrado más caro de Colombia.
Cholo nos pregunta cosas y se las contesta él mismo. No para de hablar ni un segundo. De repente parece notar que vamos con él y me pregunta ¿Usted ya había pensado en eso? Cuando ingenuamente intento hablar él retoma la palabra. Su monólogo finaliza después de que hemos visitado dos lugares que podrían interesarnos y mientras él nos cuenta sobre la joven mujer con la que a veces se acuesta. Dice muchas cosas que me parecen detestables.
Me siento aliviada cuando nos despedimos. Como si hubiese apagado un radio viejo y mal sintonizado. Miro a mi mamá y le digo : este man me traía mareada de tanto hablar.
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Sigo sin confiar en Cholo. Hay algo que no me gusta en él. Más bien hay mucho que no me gusta. Si he de empezar por algo diría que es la forma en la que se hace llamar. Y sus demostraciones de virilidad y su forma casi patológica de hablar sin descanso. Sin embargo su condición de hablador insaciable me sirvió para dirigir mi atención sobre otros aspectos de su ser. Me fijé más en su forma de andar, de subir la montaña y meterse a las casas de los demás, como si todo el espacio y sus accidentes le pertenecieran. Creo que todo eso hacía parte de su performance, de sus ganas de impresionarnos, de decirnos soy un hombre muy hombre.
Pero los perros, menos susceptibles que yo a sus palabras y menos propensos a la interpretación, antes que ignorarlo parecían entender su presencia y adoptar un gesto de sumisión que a mi me impactó mucho, pues esos perros que se subyugaban ante la presencia de nuestro guía, fueron los mismos que meses atrás me sacaron corriendo y que yo creí que me iban a morder. Los que me alejaron por siempre jamás de esa montaña por la que no quise volver a correr.
Desde ese día en que al fin me tocó hablar con Cholo algo en mi actitud hacia los perros cambió y también en la de ellos hacia mi. Tengo menos miedo, en consecuencia más confianza. Cada vez que veo un perro me acuerdo -sin desearlo- de Cholo y quien sabe si hasta habré empezado a caminar como él cuando los veo. En todo caso los manes (los perros) no me han vuelto a joder.
Quizás de eso mismo se trate todo en la vida: de aprender a desempeñar convincentemente un papel, de caminar de una cierta forma, de mover los brazos al decir unas ciertas cosas que se deben decir de una forma y no de otra. De sentirse y mostrarse soberano en cuanto lugar. En síntesis: de lograr que a uno se le coman el cuento.
Me dieron ganas de asomarme hoy a la ciudad. Por eso de regreso del pueblo y después de comprar las cosas necesarias para la cena seguí derecho hasta el mirador. Me paré un rato ahí, entre mucha tierra, colillas de cigarrillo, tapas de cerveza, un montón de mugre que anuncia la cercanía de la ciudad y una familia con dos bull terrier.
Dejé mi carga alimenticia un momento a un lado para pararme a mirar de lejos eso a lo que le huyo pero que a la vez quiero tanto. Para experimentar el placer de sentirme un conjunto deliberadamente unitario, que desde los ojos de dios (quien nos estaría mirando desde arriba) se vería como una mínima bolita junto al enorme conjunto de todos los que se quedaron a vivir allá. De lejos y con el sol del mediodía me pareció más bien una ciudad fantasma. Apenas una cantidad de edificios en los que, al menos hoy, no advertí nada interesante, salvo la silueta de los cerros en el occidente.
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Siempre me han gustado las montañas. Subirlas y pararme a ver las cosas desde arriba, desde donde pueda sentirlas inmensas e inalcanzables. Me produce alguna clase de tranquilidad.
Me gustaría que hoy cenemos temprano y luego salir en el carro hasta alguna montaña cercana a esperar las doce. Quisiera tener esa sensación que han de tener en una noche de cambio de año los animales de la comarca. Sentir la algarabía lejana de los hombres que celebran haberle ganado, una vez más, la jugada a la muerte; que se regocijan por tener otra vez en sus manos un talonario con 365 boletos a lo incierto, a lo feliz, a lo terrible.
Un boleto por día, que se juega al salir de la casa y apretar el culo para que todo salga bien una vez más. Un boleto con el cual hacerle el quite al infortunio y que abriga la posibilidad y -sobre todo- el deseo de ser alcanzados a cualquier hora o en cualquier lugar por una indescriptible ráfaga felicidad. Que así sea para todos.
Después de exhaustiva selección se me antoja que estos fueron los tweets del 2011 que más me gustaron:

Bonitas palabras de mi amigo Camilo Fajardo. Me parece casi verlo conservar su entereza después de un día sin esperanza, como tantos de esos que nos acontecen.
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Un buen y bonito apunte de Juan Diego, que debería convertirse en ley allende las fronteras del arroz y abarcar toda la bella empresa de la cocina.
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Yo también. A veces me regocija que me cancelen citas, que se les olvide venir, que se olviden de que existo, de no alcanzar a contestar el teléfono y de quedarme sin minutos para devolver la llamada. Soy muy mala leche a ratos pero a veces también soy chévere, como Laura.
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Sin duda el mejor poetuit del año. Simplemente genial.
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Dice mi papá que obras son amores y no buenas razones. Esto de empacar almuerzo para alguien es puro amor. Qué bonito le salió esto a Katherine.
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Yo también. Yo quiero ser en otra vida una mujer bellísima, que los hombres se rindan a mis pies y tener un pelo como el de la Niña Mencha. ¿Quién querrá ser Jorge?
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Qué talentoso es Nicolás, prueba de ello es esta buena analogía y también su blog. Visítenlo.
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El que tenga ojos y oídos que entienda lo que dice Charlie Joe.
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Yo diría que un 70% de ingenuidad, un 29% de elitismo y un 1% de cinismo. Es que el cinismo y la ingenuidad como que no van muy bien juntos. Me pregunto si Javier de verdad cree esto.
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Esto es Internet. Hermoso.
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Pero hace un montón de años. Este tweet me pone un poco triste, pero me gusta.
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Buen punto de Iván sobre la identidad colombiana.
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Mi hermano casi nunca entra al twitter pero sabe mejor que nadie qué es eso que algunas señoritas creen y/o quieren tener. Pero la clase es algo más que buena ropa y apellido, porque como bien dijo mi hermano tener clase es ser clasudo, como Maradona. Talentoso, gente: TA LEN TO SO.
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Yo con Sergio me rio de todo o de casi todo. Él es mi amigo.
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Chévere gustarle a alguien por eso. Pero uno suele gustar más por lo obvio. No conozco a Richie, pero a veces me gustan algunos de sus tweets.
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Ha de ser por eso que yo no tiro tanto. Se me da bien lo de conversar. Creo que a la gente le agrada conversar conmigo. Frescos, si no tiran tanto es porque conversan sabroso. Aunque creo que lo que Adolfo quería decir es que él prefiere tirar. ¿O no?
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Humor político de nuestro rey Barbado del 2011.
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Si, la verdad es emocionante encontrar basura de calidad. Esas cosas que nadie quiere pero que a uno le parecen lindas.
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Lo más lindo que le he escuchado decir jamás a mi amigo Miguel. Magdalena es su hija.
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A veces me parece que tiene razón y a veces no. En este tweet y en general. Ella es mi mamá.
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Dejen de estar hablando chimbadas de la gente. Piensen lo que quieran pero sean discretos, no sean entrometidos y respeten a sus amigos. No anden por ahí diciendo cosas espantosas de otros. Gracias a la simpática señorita @edilay por esta cita.
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Me pasa todo el tiempo. Espero que llegue un día en el que no me conceda nada de importancia. Me gusta como escribe el Joven Constantino.
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Una de las cosas que más me ha hecho reír de entre muchas muy graciosas que le he escuchado a Ana. Creo que me lo decía a mi, jo. Ella también es mi amiga.
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Pues si. Hay gente tan aburrida y vacua que es preferible esto. Algún día quiero conocer al Señor Uniberto. Él vive en Buenos Aires (creo)
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Mi tweet favorito de favoritos del 2011. Creo que contiene el sentido de mi vida. Lo guardo en mi cabeza con doble estrellita porque en el twitter no me dejan.
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El poetuit más bonito de todos los tiempos. Que tierno. Que doloroso. Que real.
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La excusa más divertida que he escuchado en mucho tiempo.
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Crítica social en 12 caracteres. Nunca se dijo tanto con tan pocas letras.
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Yo quisiera sobre todo lo segundo. Pero solo a veces. Trabajar y ganar plata no está tan mal. Sigan a Cosmo, él también es muy talentoso.

A menudo me preguntan en qué pienso cuando estoy corriendo. Los
que me formulan preguntas de esta índole son, por lo general, personas
que nunca han vivido la experiencia de correr durante una larga
temporada. Y cada vez que me hacen una pregunta de esta clase, no
puedo evitar sumirme en una profunda reflexión: «Vamos a ver,
¿realmente en qué pienso mientras corro?». Y, para ser franco, no
consigo recordar bien en qué he venido pensando hasta ahora mientras
corría.
Ciertamente, los días en que hace frío, pienso un poco en el frío. Los
días en que hace calor, pienso un poco en el calor. Cuando estoy triste,
pienso un poco en la tristeza. Cuando estoy alegre, pienso un poco en la
alegría. Como ya he comentado, en ocasiones recuerdo de manera
deslavazada sucesos que ocurrieron hace mucho. De vez en cuando
(aunque esto no me ocurre más que muy de vez en cuando) me viene de
pronto a la mente alguna idea, apenas un esbozo, para una novela. Pese
a todo, realmente casi nunca pienso en nada serio.
Mientras corro, simplemente corro. Como norma, corro en medio del
vacío. Dicho a la inversa, tal vez cabría afirmar que corro para lograr el
vacío. Y también es en el vacío donde se sumergen esos pensamientos
esporádicos. Es lógico. Porque en el interior de la mente humana es
imposible lograr el vacío absoluto. El espíritu humano no es ni tan fuerte
ni tan consistente como para poder albergar el vacío absoluto. Sin
embargo, esos pensamientos (o esas ideas) que penetran en mi espíritu
mientras corro no son, en definitiva, más que meros accesorios del
vacío. No son contenido, son pensamientos generados en torno al eje de
la vacuidad.
Los pensamientos que acuden a mi mente cuando corro se parecen a las
nubes del cielo. Nubes de diversas formas y tamaños. Nubes que vienen
y se van. Pero el cielo siempre es el cielo. Las nubes son sólo meras
invitadas. Algo que pasa de largo y se dispersa. Y sólo queda el cielo. El cielo es algo que, al tiempo que existe, no existe. Algo material y, a la
vez, inmaterial. Y a nosotros no nos queda sino aceptar la existencia de
ese inmenso recipiente tal cual es e intentar ir asimilándola (…)
(…) Mientras corro, tal vez piense en los ríos. Tal vez piense en las nubes.
Pero, en sustancia, no pienso en nada. Simplemente sigo corriendo en
medio de ese silencio que añoraba, en medio de ese coqueto y artesanal
vacío. Es realmente estupendo. Digan lo que digan.
Nunca entendí bien porque acabamos allí, sentados encima de una piedra, en un paisaje en el que parecíamos refundidos, sin que en todo caso alguien lo notara, ni siquiera nosotros. Pero ahí estábamos, en silencio, sin mirarnos, muy cerca uno del otro, como si cada quien estuviera acompañado por si mismo. Había llovido mucho. Justo detrás de nosotros estaba la montaña, la roca desnuda, amarilla, que le daba un tono particular a toda la escena y nos hacía parecer una fotografía vieja y desteñida, y que nos indicaba que la tarde caía. Hacía frío aunque ninguno de los dos parecía sentirlo.
La sensación era de mucha calma alrededor, pese a las personas que caminaban de aquí para allá, muy cerca de nosotros. Parecían pasajeros en tránsito y me hacían recordar a los viajantes que se cruzaban en la línea del tren, camino de Macchu Picchu. Unos que apenas llegaban , otros que regresaban, aunque sin maletas, lo que me hacía creer que no emprendían un viaje largo. Nosotros tampoco teníamos equipaje.
Un bus que nadie esperaba pasó por el lugar, sin hacer mucho ruido y sin romper la calma que caracterizaba toda la escena. No me miró, no me dijo nada y decidió subirse. No me moví, no hice un solo gesto, pero pensé que no quería quedarme allí sola, o más bien, sin él. No dije nada. Lo vi irse, con una tristeza honda y callada y me quedé sentada en esa misma posición mientras el bus se alejaba.
Pero apenas unos metros adelante el bus se detuvo de nuevo. Y él, sin decirme nada, sin mirarme o hacer un gesto se bajó, y yo entendí que se quedaba para alcanzarme de nuevo. Cuando puso sus pies en la tierra había mucho barro y agua, producto de las fuertes lluvias de todos los anteriores días, meses y años, y él empezó a decir con mucha convicción aunque sin desespero que se iba a caer. Repetía sin angustia voy a caerme.
Y con la misma convicción que él repetía que se iba a caer yo abandoné mi quietud, me paré decididamente y me acerqué hasta donde estaba varado, esperando caer, y le dije que no, que no le iba a pasar nada, que yo no lo iba a dejar caer. Lo invité con un gesto a tomarme de la cintura y así lo conduje, pequeño tren humano de dos vagones, hasta la piedra en la que reposábamos unos minutos antes. Nos quedamos allí de nuevo sentados, sin un propósito evidente, como quienes no esperan nada, sin mirarnos ni hablar. Juntos de nuevo, sumergidos en la misma calma inicial. Personajes incidentales de una foto que aunque no era la nuestra resultó nuestro mejor retrato.
El domingo pasado presumí un poco del ajiaco diciendo que era la receta de mi abuela, de la variedad de que aprueba la utilización de arracacha.
Que sea la receta de mi abuela es más o menos cierto, pues si bien aprendí a hacer el ajiaco viéndola año tras año prepararlo para la Navidad, nunca nos dio algo como una receta, no le pregunté, ni ella le contó a alguien delante mío cómo era que se hacía. Nunca supe cuanto pollo había que poner para el ajiaco de diez, ni cuanta papa o arracacha. No había ingredientes o procedimientos secretos. Su receta no estaba anotada en un papel místico que reposaba en la caja fuerte de la familia. No había ningún misterio alrededor del ajiaco, salvo las tremendas ganas de comer que nos producía cada vez que lo servían. Ese era su único misterio y encanto.
Cuando ya tuve edad suficiente para usar el cuchillo me limité a ayudar a pelar papas, arracachas, partir mazorcas y robarme los pedazos de pollo desmenuzado mientras mi abuela iba hasta la nevera por alguna cosa olvidada.
Creo que ella nunca consideró su receta un secreto digno de ser guardado, pues para ser sinceros, preparar sopas (aún mas si es un ajiaco) es algo relativamente sencillo, carente de algún misterio profundo e indescifrable: papas que se deslíen al calor del fuego y que se mezclan con el sabor del pollo y de las guascas. Es tan fácil de hacer que las nietas lo aprenden viendo a sus abuelas sin que medien las palabras.
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A. y yo teníamos bastantes juegos con los que hacíamos llevadero pasar tanto tiempo juntos.
Uno de ellos consistía en cruzar las manos por la espalda y decirle : ¿derecha o izquierda? Solo en una de las manos reposaba algo, pero yo siempre tejía alguna historia que implicaba dos cosas y que relataba las enormes bondades de lo que estaba en una de las manos y lo deseable que era lo que estaba en la otra. Así garantizaba siempre el misterio y la dádiva.
Recuerdo que una vez P. me explicaba que detrás de los misterios o de la gente misteriosa suele no haber nada, nada realmente raro. Sólo una leyenda tejida, un invento, exageraciones, deformaciones, re-interpretaciones o re-escrituras de la realidad. Ficción. Literatura. El misterio es, por sobre todo, un género literario, una interesante mentira tejida con pedacitos de nada. De pronto ese haya sido el único ingrediente secreto, el único misterio de mi ajiaco del domingo: una deliciosa mentira hecha de diminutas partículas de papa. Eso, y un poco de suerte que ahumó ligeramente una de las ollas, lo que le dejó un sabor muy particular. Mentiras y suerte, como casi todo lo que consideramos tan real.