Kitten's meow

"I know you can read my thoughts, boy: Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow, Meow".

Homer Simpson
Recent Tweets @leidymarmalade
Who I Follow

El orden es cronológico por razones de comodidad para la elaboración de este post. No constituye un ranking estricto, aunque tengo mis favoritos de favoritos pero NO los voy a decir. Con Ustedes, lo mejor de enero en mi twitter, según yo. 

1. Preguntas científicas de la sorprendente cabeza de @vega

2. Felicidades chiquitas revueltas con pesimismo denso. Una creación de @30januar.

3. ¿Por qué hay gente a la que le molesta tanto la soledad ajena? ¿Por qué hay gente a la que le molesta tanto estar sola? @melismatik nos ofrece una respuesta.

4. La manía de mirar feo todo lo que no se nos parece. La manía de ridiculizar lo que nos da miedo. Sabiduría del señor de señores @wilcheschaux

5. Hermoso se dice de muchas maneras. Hermosa la pelada del huevo, hermosa la forma de decirlo de esta reconocida aristotélica colombiana @mlriveras

6. Y si nadie toma la iniciativa esa empanada se enfría y ya nadie se la come. Verdades al estilo de @juglardelzipa.

7. No me gusta comprar esa mierda barata porque a la larga sale cara y además acaba en la gran isla de basura del pacífico. Algunos dicen que son chocheras mías. Yo lo llamo inteligencia del consumidor. Crítica a la cultura del siempre categórico @mrwinters

8. Qué bonito le salió esto a @forecemajeure_

tu.bocado.delicioso.colombiano.de.edición.limitada.con.la.cantidad.exacta.de.chocolate.

guardado.en.tu.bolsillo.para.un.momento.de.mucha.hambre.ojalá.con.café.bien.oscuro.y.

sin.azúcar.o.con.coca-colita.dé.ja.me.

9. Palabras que se vuelven imágenes que se vuelven risas, de la futbolística mente de autor de SantaMaradona

10. Cuanto me enternecen los tweets de @edilay sobre littlesaltamontes. Ella es su  hija, se llama Keyla y cumplirá 4 años en abril. Tiene un tablet y le manda caritas felices a su mamá :)

 Entonces me dijo : Cómetelo. Y yo, con la pretensión de ser graciosa, respondí: Me sale muy caro, vive en la Isla Boro Boro. Y ella replicó : por Skype.

Breve conmoción. Parpadeo. Mirada al horizonte. Un pensamiento atraviesa mi cabeza en milésimas de segundo: “ah, verdá que uno se puede comer a alguien por Skype, no tengo que agarrar un avión hasta Boro Boro. Claro, sale más barato

En mi intento número dos por ser chistosa dije: pues habrá que recuperar primero mi contraseña de Skype, ¿no se puede por Gmail? Pero no hubo risas. No las hubo porque era un chiste que necesitaba tono y voz y estábamos chatiando. En realidad no era un chiste, era un énfasis que habría hecho yo con las palabras y la voz; un énfasis que, de seguro, si ella me hubiese escuchado, la habría hecho reír. Yo sé, yo sé.  Yo soy una persona chistosa. Eso me dijo S. ayer.

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Es de noche y camino a mi casa. Como casi nunca va nadie por ahí a esa hora, me puedo reír sola, a carcajadas, sin parecer una loca y sin que las señoras fifí de la 85 me miren con miedo y agarren duro sus bolsos. Y me empiezo a preguntar cómo será  eso de comerse a alguien por Skype
…porque es que … acá dónde me ven yo nunca he hecho esa vaina. 

Me digo, ah Aleyda, eso debe ser raro, debe ser como … como si en vez de dormir con su Teddy Bear, durmiera con el iPad sobre la mesa de noche con una imagen de su Teddy Bear. 

¿Cómo puede uno comerse a alguien por Skype? Sin olerlo, sin tocarlo, sin poder hincarle el diente … carajo, debe ser muy raro eso. Cuando menos muy frustrante. ¿Menos frustrante que el man en Boro Boro? Qué sé yo.

Ah, pero Usted ha tenido sexo telefónico, que bien puede ser lo mismo: decirse cosas ahí por el cacharro ese, mientras se toca y le dice al otro en dónde y cómo. Y ahhh y ohhh. Entonces lo de Skype …no debe ser tan raro …porque bueno,  la joda esa pasa  audio e imagen. Pero debe ser chistoso en todo caso … uno ahí todo atareado con ese computador.

Sentiría que los vecinos me ven por esos ventanales tan grandes de mi habitación. Son gente campesina, no van a pensar bien de mi si me ven en esas. Y bueno, debe ser más fácil desde el iPad ¿no? Apago la luz, pongo cortinas mas gruesas y listo. Pero la pantalla es más pequeña ¿importa el tamaño?

 Ah sí, pero es que Usted ha tenido sexo telefónico, pero con gente que conoce, con sus novios, por joder, por innovar, porque andan lejos, no con gente a la que no haya visto nunca, no con una persona de Internet. Aleyda: ¿le parecen diferentes las personas de Internet a las que van por la calle? … No sé, de pronto, de pronto son diferentes. De pronto todavía no  son personas lo que se dice personas. Ah, debe ser muy chistoso.  

Aleyda: debe ser muy chistoso verle la mondá a un tipo por la cámara web. Aleyda: deje de ser tan boba y tan goda. Aleyda: de pronto le gusta. Aleyda: madure. Aleyda: Usted no va a hacer eso, yo me la conozco.

Usted, que ni siquiera sabe maquillarse y le ha faltado curiosidá pa’ meterse a YouTube a mirar cómo es que hay que hacer para quedar igualita a Angelina Jolie. Usted, que ni siquiera chatea con la cámara On. Usted, que no sabe pedirlo y que cuando se lo piden no se da cuenta por andar hablando mierda de Platón. Usted, tan atrasada en la vida para ciertas cosas, ahora viene a pensar en cómo será comerse a alguien por Skype.

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Es de mañana otra vez. Camino mientras pienso de nuevo en todo esto.  Y me rio por la calle , pero esta vez con disipeto (algo así como una mezcla de disimulo y respeto) para no asustar a las señoras. Me paro a esperar el paso de los carros sobre la calle 85 con carrera 11. En la otra esquina está la señorita  que me entrega el periódico cada mañana, al menos desde hace dos días. Antes era un muchachito blanco, de ojos verdes. ¿Por qué lo habrán cambiado? Él me sonreía.

El semáforo sigue en rojo. Ya pensé cómo quiero escribirlo. Sobre todo pensé cómo quiero cerrar. Voy a cerrar mi monólogo diciendo que en todo caso se siente bien que a estas horas de la vida todavía me queden inocencias por quebrantar; virginidades por perder. Cerrar acotando que todavía me queda mucha, pero mucha ingenuidad. 

Me preguntaba hoy cuánta gente tiene la vida que alguna vez se soñó. Que tantos otros creen que de verdad eligieron su vida o que tomaron las decisiones correctas. Cuántos supieron lo que querían hacer desde que apenas tenían uso de razón y lo lograron. Cuántos iluminados la tienen clara.
 
Pero seguro es que todos llevan (llevamos) alguna clase de sueño hippie dentro: eso que haríamos si tuviéramos los cojones suficientes para dejarlo todo (como en las películas) e ir a por otra vida, lejos de todo eso que para ser cabales, quizás no elegimos.

De esos sueños los he conocido de todas clases: el del que quería irse en una moto por toda Suramérica (acaso un sueño compartido por una generación entera); el del que quiere agarrar el carro y un poco de plata, ponerse a andar a ver qué pasa y tener trabajos ocasionales como David Banner; el de la la que quiere irse a tomar fotos por el mundo, sin que las expectativas de los demás le pesen tanto en la maleta.


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Muchos  meses antes de irse, antes de que fuera un proyecto real y tangible el de viajar, S. habló conmigo un día cualquiera, muy conmovida, llorando, como era común cuando algo la desesperaba. Me dijo que no sabía qué tanto quería ir a doctorarse a otro país, que ella más bien quería volverse una fotógrafa, no importaba si famosa o no, pero que soñaba con irse por todo Brasil a tomar fotografías, hasta que se cansara de ese país y  pudiera irse a otro a hacer exactamente lo mismo. Yo, ese día, voté por el sueño hippie. Ella viajó hace unos tres meses a empezar su doctorado en el Reino Unido.

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Cuando me hago la pregunta sobre lo que realmente quiero (como si hubiera un yo escindido y loco que quiere otras cosas con menos realidad, pero que sin embargo es capaz de sobreponerse a los deseos de mi yo más verdadero) soy capaz de saberlo. También puedo saber lo que no quiero: no quiero tener un carro, no quiero tener una tarjeta de crédito, no quiero hacer un doctorado, no quiero trabajar en una oficina el resto de mi vida, no quiero pintarme el pelo hasta que no sea estrictamente necesario, no quiero dejar de comer todas las cosas que me gustan.

Cada mañana, antes de salir de mi casa, vislumbro esa cosa que realmente quiero. Eso que yo sé que voy a lograr, porque me creo buena para hacer lo que me da la gana, me creo buena para dejar un mundo sin muchas vacilaciones e ir a por otro nuevo. La maleta todavía no me pesa tanto y tengo la fortuna de no haber alimentado demasiadas expectativas a mi alrededor. Me he acostumbrado a defraudar.

Puedo ver ese futuro cada mañana cuando, antes de salir de la casa, recuerdo regar el pequeño semillero de tomates y las cuatro matas de rúgula que sobrevivieron en nuestro primer intento. No, no es que quiera volverme granjera. Es más bien que mi sueño hippie está en el mismo estado de desarrollo de esas pequeñas matas, que en unos meses me van a dar unos tomates,  que comeré con el triste y pobre orgullo de poder decir que los planté yo misma. Que son mis cochinos tomates y no unos que me compré en la tienda. Ja.

“La mujer es un animal de cabellos largos e inteligencia corta”

A. Schopenhauer

No puedo hablar de mi pelo sin pensar en Paulo, no sé por qué. Me conoce desde que tenía 12 años y nadie mejor que él para dar fe de que, del tiempo total de mi vida, al menos el 90% lo he llevado corto o muy corto, incluso desde que era una niña.

Las razones son desconocidas y se pierden en el pasado lejano. Quizás mi mamá, mujer muy práctica y poco dada a las vanidades femeninas, decidió dejarmelo corto desde que estaba muy pequeña, para no tener que demorarse mucho en las mañanas peinándome. Total que mi pelo en raras oportunidades ha excedido la línea de los hombros y, cuando eso ha pasado, muy pronto he querido volver a dejarlo corto.

Sin embargo mi abuela materna, con la que crecí, llevaba el pelo muy largo y ella si que era una mujer vanidosa. A mi me encantaba pararme a verla enrularse o hacerse bucles con su pinza eléctrica, pero ella siempre me decía que yo no iba  a poder hacer lo mismo porque el mío era muy feo.

Lo he tenido corto, muy corto y verdaderamente corto (pelos de 1 o 2 cm) con lo que logré escandalizar incluso a mi mamá, mujer tan poco dada a opinar sobre lo que hacen los demás. Me gustaba hacerme cresticas y llegué incluso a decirle al peluquero que me hiciera cosas muy arriesgadas, que me gustaron mucho, que me hacían sentir muy audaz , libre, chic, elegante, classy, atrevida, sin miedo a parecer un muchachito, cosa que a la postre me dijeron diez mil veces y que quizás dolió, pero no tanto como para dejar de llevar orgullosamente mi pelo corto.

A los 12 años recuerdo haber ido a una fiesta de una amiga, quien luego me contó que unos amigos suyos le habían preguntado si yo no sería lesbiana por aquello de llevarlo tan notablemente corto. Luego A. y su mamá vivían muy preocupados, no solo por los seis años de diferencia que contaban entre nosotros, sino además porque yo era una de esas mujeres de pelos cortos, una de esas mujeres que a ella le parecían peligrosas.

Un día cualquiera, hablando con Paulo de pelos, me decía que él pensaba que las mujeres pelicorticas representaban algo así como un peligro o desafío para el sexo masculino, pues la cabellera femenina servía fundamentalmente al propósito de la seducción. Me explicaba mi amigo que una larga cabellera permitía al señor, en algún momento de la cita, hacer alguna referencia al bello cabello de la dama, tomar un mechón y decirle: tienes el pelo lindo, chévere; olerlo, y enrollarse un poquito en un dedo, mirarla con los ojos entornados y pletóricos de amor.  Pero que si uno lo tenía corto pues ni modo, que eso era como decirle a un man: mira, no necesito de una melena para seducirte, a ver como te las arreglas para seducirme tu a mi. No vengas a decirme que tan lindo mi pelo, porque básicamente, idiota, no tengo mucho.

Luego estuve leyendo y encontré en alguna parte (quizás para validar y justificar mi gusto)  que en una tribu de no sé donde el pelo corto en las mujeres era un símbolo de poder. Y yo me sentí poderosa y desafiante. Pero también en twitter alguien dijo que las mujeres de pelo corto eran un manojo de inseguridad, unas mujeres que tenían miedo a la femineidad, unas mujeres que se escondían de si mismas. De pronto tenía razón el man. A veces yo creo que en términos de lucha por la supervivivencia, un pelo largo no es una idea  inteligente, pues nos hace vulnerables y susceptibles a recibir un cachiporrazo en la mula y ser arrastradas de la melena, como una vil presa.

También un día una dizque amiga me dijo que quizás yo no conseguía un novio por aquello de llevar el pelo corto, cosa que a mi me pareció muy malparida y me hizo llorar. Pero quien sabe, a la postre es cierto y todo lo que hace falta para tener amor es dejarlo crecer un poco más.

Pero es que no me gusta llevarlo largo. Es grueso, esponjoso, rebelde, desordenado, abundante. Me siento cómoda con el pelo corto, entre otras cosas porque tengo que preocuparme poco en las mañanas por arreglarlo, gasto menos plata en cuidarlo (al menos cuando era de verdad corto, no como ahora que aunque siendo corto ya requiere peinados) y además porque al tener la costumbre de correr casi todas las mañanas se hace imperativo lavarlo a diario.

Me gusta mantener mi pelo muy limpio y por eso lo lavo cada día. Por eso tampoco me pongo ninguna clase de crema encima, porque me gusta pasar las manos por mi pelo y sentirlo absolutamente limpio.

No me gusta mi pelo, de verdad no me gusta, pero lo mejor de todo es que yo no quisiera tener otro, o no se me ocurre cómo sería el que me gustaría tener. A veces jodo diciendo que quisiera tenerlo como el de la Niña Mencha, pero ni por el putas me gustaría ser rubia (o sea teñida) y mucho menos tener una de esas abundantes melenas que solo me hace pensar en calor en la cabeza y en pelos tremendamente sucios que quieren aparentar  lo contrario.

Digo que no me gusta mi pelo, pero quizás es mentira. Me hace sentir rabia porque quisiera que se viera de otra forma, que hiciera algo de lo que a mi se me antoja alguna vez, pero a la larga me agrada mucho y no quisiera tener otro. Esa misma relación de amor y odio que mantengo conmigo misma ha de ser la que sostengo con mi pelo: yo me gusto frente al espejo, pero luego, cuando salgo a la calle, ya no tanto (o quizás me doy cuenta de que no le gusto a otros) pero no anhelaría ser otra, porque me agrada mucho como soy, con mi nariz grandota y mis pelos desordenados, abundantes, rebeldes, tricolores, esponjosos, tan susceptibles a la humedad del ambiente, con una onda para aquí y otra para allá, con un mechoncito rojo insospechado debajo de tantos pelos negros  y un mechón mono que siempre aparece por el lado izquierdo de mi frente. Unos pelos que a mi me parecen que son así, como soy yo. Te quiero pelo.

Desde que llegué a vivir por estos lares he evitado trabar conversación con él. La primera vez que lo vi me pareció que tenía demasiadas ganas de hablarme, de ser notado. Incluso me pareció que yo le gustaba. Sin embargo es imposible no saludarlo, pues la costumbre es hacerlo con toda persona que se cruza en el camino y él siempre se las arregla para aparecer en el mío. Si paso frente a la veterinaria, él  está frente en la veterinaria. Si voy a la tienda, él está en la tienda. 
 
Lo más común es encontrarlo en las mañanas, muy temprano, frente a su pequeña y modesta casa, tomando café en el porche, en donde siempre se ven aperos para los caballos. Solo lo he visto una vez sin su sombrero, debajo del cual se esconde un pelo ensortijado y ya blanco. Invariablemente usa camisa a cuadros dentro de un bluyín y botas adecuadas para las características del terreno.

No me cae bien. No siento ganas de acercarme ni de que él lo haga, aunque cada mañana al pasar frente a su casa le dirijo un amable pero distante “buenos días, vecino” que a veces puede ser también un “chao, vecino”.

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Al fin me he visto obligada a hablarle. Nos cuenta que su nombre de pila es Jesús, pero que prefiere que lo llamen Cholo, porque así es como lo conocen en la zona, en donde, según él, vive hace casi 25 años. 

Es primero de enero y salimos a comprar leche y pan para poder desayunar. Nos lo cruzamos.  Le preguntamos que si sabe de algún arriendo en el sector. Así empieza un periplo de 25 o 30 minutos en los que Cholo -cuyo origen paisa se hace evidente en su primera palabra- no para de hablar. Nos cuenta de sus múltiples hazañas y habilidades, dentro de las que están ser domador de bestias, chalán calificadísimo, sujeto sin plata y sin ganas de tenerla. 

Empezamos a subir la montaña y nos ennumera las celebridades que viven en la zona. Que en esta casa vive Marlon Moreno “El Capo”, que más allí vive Cristóbal Errázuris, quien ya es un viejo canoso que en todo  caso se come a una muchachita de 20 años. Que esta casa que están construyendo es un edificio de tres pisos, que la esposa del dueño es parapléjica y que por eso le van a meter ascensores, que el man ya se gastó mil millones de pesos y que el otro día dijo que iba a gastarse otros mil más. Que este es el metro cuadrado más caro de Colombia.

Cholo nos pregunta cosas y se las contesta él mismo. No para de hablar ni un segundo. De repente parece notar que vamos con él y me pregunta ¿Usted ya había pensado en eso? Cuando ingenuamente intento hablar él retoma la palabra. Su monólogo finaliza después de que hemos visitado dos lugares que podrían interesarnos y mientras él nos cuenta sobre la joven mujer con la que a veces se acuesta. Dice muchas cosas que me parecen detestables. 

Me siento aliviada cuando nos despedimos. Como si hubiese apagado un radio viejo y mal sintonizado. Miro a mi mamá y le digo : este man me traía mareada de tanto hablar.

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Sigo sin confiar en Cholo. Hay algo que no me gusta en él.  Más bien hay mucho que no me gusta. Si he de empezar por algo diría que es la forma en la que se hace llamar. Y sus demostraciones de virilidad y su forma casi patológica de hablar sin descanso.  Sin embargo su condición de hablador insaciable me sirvió para dirigir mi atención sobre otros aspectos de su ser. Me fijé más en su forma de andar, de subir la montaña y meterse a las casas de los demás, como si todo el espacio y sus accidentes le pertenecieran. Creo que todo eso hacía parte de su performance, de sus ganas de impresionarnos, de decirnos soy un hombre muy hombre.

Pero los perros, menos susceptibles que yo a sus palabras y menos propensos a la interpretación, antes que ignorarlo parecían entender su presencia y adoptar un gesto de sumisión que a mi me impactó mucho, pues esos perros que se subyugaban ante
 la presencia de nuestro guía, fueron los mismos que meses atrás me sacaron corriendo y que yo creí que me iban a morder. Los que me alejaron por siempre jamás de esa montaña por la que no quise volver a correr.

Desde ese día en que al fin me tocó hablar con Cholo algo en mi actitud hacia los perros cambió y también en la de ellos hacia mi. Tengo menos miedo, en consecuencia más confianza. Cada vez que veo un perro me acuerdo -sin desearlo- de Cholo y quien sabe si hasta habré empezado a caminar como él cuando los veo. En todo caso los manes (los perros) no me han vuelto a joder.

Quizás de eso mismo se trate todo en la vida: de aprender a desempeñar convincentemente un papel, de caminar de una cierta forma, de mover los brazos al decir unas ciertas cosas que se deben decir de una forma y no de otra. De sentirse y mostrarse soberano en cuanto lugar. En síntesis: de lograr que a uno se le coman el cuento.

Se supone que el año nuevo empiece con una buena lista de propósitos. La mía podría tener muchas cosas: ganarme todavía más plata y así poder gritar en los almacenes “me sobra el dinero”; meterme a una academia de baile; volverme yoguini de un nivel más avanzado; ser capaz de pararme en la cabeza; adelgazar; comprarme una casa; correr una maratón; conseguirme un novio; volverme elegante; hacerme un diseño de sonrisa; quitarme tetas; dejarme crecer el pelo; pintármelo; viajar; tomar yagé; soplar perica; emborracharme una vez al mes. Que sé yo. Propósitos me sobran.

Dentro todo este conjunto de cosas probables quien sabe cuáles llegarán a ser. Algunas vendrán como producto de la casualidad; otras quizás se me impondrán; algunas quedarán en el libro de propósitos nunca cumplidos. Otras me darán risa en un par de años y serán simples anécdotas, cosas sin significado o consecuencias en la historia de mi vida: me gasté cinco millones en un diseño de sonrisa en el 2012 y no pasó ni mierda, ni siquiera quedo mejor en las fotos.  

Pero lo que yo quisiera en realidad, lo que se me antojó la otra noche al pensar qué es lo que debería de verdad cambiar, lo que tengo que ser capaz de domeñar en mi espíritu, en lo que me quiero convertir este año, es en una persona capaz de decidir: de hacerlo rápido, sin ayuda, sin que alguien tenga que darme un patadón en el trasero para precipitar mi actuación en asuntos sobre los que me la paso meditando su conveniencia o no. Asuntos simples. Eso que a mi me parece reflexividad y calma, pero que a otros les parecen simples güevonadas mías. Inseguridad.

Quiero poder ir a los almacenes y comprarme un mugre pantalón sin tener que hacer exhaustivas comparaciones entre sus precios, calidades, nivel de satisfacción, marca, color. Quiero ser impulsiva, visceral. Comprarme un teléfono sin tener que incurrir en inacabables lecturas de reseñas en busca siempre de la mejor opción, de esa que a la postre nunca encuentro, de esa que en todo caso no me da cien puntos y que acabo tomando porque en la sumatoria de todas las variables fue la que mejor me dio.

Cogerme a un man sin que me importe que tanto me gusta. Eso lo pensaré después y quizás decida que aunque no me gusta tanto está bien pa’ mostrárselo a las amigas o para apuntarlo en la lista de propósitos cumplidos. Quiero levantarme una mañana y saber qué quiero, por qué lo quiero e ir a por ello, como si yo fuera todo un hombre BRUT, pero en su versión femenina. Quiero ser, en síntesis, una mujer cazadora, que no una recolectora.

Quien sabe si lo logre. Son muchos años de convivencia con esta dizque tara, con este supuesto defecto de ser jodidamente indecisa. De sopesar, de escoger la semilla bien escogida, como si fuera una hija de de Lucy, la australopiteca.

Tengo que superar ese defecto porque dicen los expertos que eso es lo que me mantiene sin novio, pues ahora resulta que a los hombres les encantan las mujeres cazadoras, las que ven la presa, disparan y meriendan. Las que le evitan al macho su deber socio-cultural y que me obligan ahora a asumir todas esas cosas que yo no quiero. Caray.

A mi la verdad no es que me disguste ser indecisa y de buena gana me quedaría así el resto de mi vida. Pero el mundo me exige que ya cambie. Que me levante a batir la melena y a alistar el arco  y la flecha pa’ salir a conseguir lo que quiero.
Tengo que saber lo que quiero. Son épocas de mujeres cazadoras y aunque me consigo el alimento (que bien lo hago y no son solo vegetales o semillas) todavía no he sido capaz de salir a cazarme (o casarme) un man.

Cuando intento justificarlo me gusta decir que no es que yo no sepa lo que quiero, sino que  más bien hay muchas cosas que me gustan. Que, en efecto, no me abriga tanta seguridad para agarrar alguna como si me pertenciera, como si fuera definitivamente mía. Y como si fuera a saber que hacer después con ella. Eso a lo que yo llamo responsabilidad, eso que yo entiendo como una forma de evitarme problemas y evitárselos a otros. Eso que otros consideran simples güevonadas mías.

Me dieron ganas de asomarme hoy a la ciudad. Por eso de regreso del pueblo y después de comprar las cosas necesarias para la cena seguí derecho hasta el mirador.  Me paré un rato ahí, entre mucha tierra, colillas de cigarrillo, tapas de cerveza, un montón de mugre que anuncia la cercanía de la ciudad y una familia con dos bull terrier.

Dejé mi carga alimenticia un momento a un lado para pararme a mirar de lejos eso a lo que le huyo pero que a la vez quiero tanto. Para experimentar el placer de sentirme un conjunto deliberadamente unitario, que desde los ojos de dios (quien nos estaría mirando desde arriba) se vería como una mínima bolita junto al enorme conjunto de todos los que se quedaron a vivir allá. De lejos y con el sol del mediodía me pareció más bien una ciudad fantasma. Apenas una cantidad de edificios en los que, al menos hoy, no advertí nada interesante, salvo  la silueta de los cerros en el occidente.

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Siempre me han gustado las montañas. Subirlas y pararme a ver las cosas desde arriba, desde donde pueda sentirlas inmensas e inalcanzables. Me produce alguna clase de tranquilidad.

Me gustaría que hoy cenemos temprano y luego salir en el carro hasta alguna montaña cercana a esperar las doce. Quisiera tener esa sensación que han de tener en una noche de cambio de año los animales de la comarca. Sentir la algarabía lejana de los hombres que celebran haberle ganado, una vez más, la jugada a la muerte; que se regocijan por tener otra vez en sus manos un talonario con 365 boletos a lo incierto, a lo feliz, a  lo terrible.

Un boleto por día, que se juega al salir de la casa y apretar el culo para que todo salga bien una vez más. Un boleto con el cual hacerle el quite al infortunio y que abriga la posibilidad y -sobre todo- el deseo de ser  alcanzados a cualquier hora o en cualquier lugar por una indescriptible ráfaga felicidad. Que así sea para todos.

Después de exhaustiva selección se me antoja que estos fueron los tweets del 2011 que más me gustaron:

Bonitas palabras de mi amigo Camilo Fajardo. Me parece casi verlo conservar su entereza después de un día sin esperanza, como tantos de esos que nos acontecen.

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Un buen y bonito apunte de Juan Diego, que debería convertirse en ley allende las fronteras del arroz y abarcar toda la bella empresa de la cocina. 

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Yo también. A veces me regocija que me cancelen citas, que se les olvide venir, que se olviden de que existo, de no alcanzar a contestar el teléfono y  de quedarme  sin minutos para devolver la llamada. Soy muy mala leche a ratos pero a veces también soy chévere, como Laura

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Sin duda el mejor poetuit del año. Simplemente genial.

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Dice mi papá que obras son amores y no buenas razones. Esto de empacar almuerzo para alguien es puro amor. Qué bonito le salió esto a Katherine

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Yo también. Yo quiero ser en otra vida una mujer bellísima, que los hombres se rindan a mis pies y tener un pelo como el de la Niña Mencha. ¿Quién querrá ser Jorge? 

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Qué talentoso es Nicolás, prueba de ello es esta buena analogía y también su blog. Visítenlo.

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El que tenga ojos y oídos que entienda lo que dice Charlie Joe.

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Yo diría que un 70% de ingenuidad, un 29% de elitismo y un 1% de cinismo. Es que el cinismo y la ingenuidad como que no van muy bien juntos. Me pregunto si Javier de verdad cree esto.

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Esto es Internet. Hermoso.

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Pero hace un montón de años. Este tweet me pone un poco triste, pero me gusta.

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Buen punto de Iván sobre la identidad colombiana.

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Mi hermano casi nunca entra al twitter pero sabe mejor que nadie  qué es eso que algunas señoritas creen y/o quieren tener. Pero la clase es algo más que buena ropa y apellido,  porque como bien dijo mi hermano tener clase es ser clasudo, como Maradona. Talentoso, gente: TA LEN TO SO.

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Yo con Sergio me rio de todo o de casi todo. Él es mi amigo. 

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Chévere gustarle a alguien por eso. Pero uno suele gustar más por lo obvio. No conozco a Richie, pero a veces me gustan algunos de sus tweets

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Ha de ser por eso que yo no tiro tanto. Se me da bien lo de conversar. Creo que a la gente le agrada conversar conmigo. Frescos, si no tiran tanto es porque conversan sabroso. Aunque creo que lo que Adolfo quería decir es que él prefiere tirar. ¿O no? 

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Humor político  de  nuestro rey Barbado del 2011.

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Si, la verdad es emocionante encontrar basura de calidad. Esas cosas que nadie quiere pero que a uno le parecen lindas.

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Lo más lindo que le he escuchado decir jamás a mi amigo Miguel. Magdalena es su hija. 

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¿Anotará?

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Funny guy

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A veces me parece que tiene razón y a veces no. En este tweet y en general. Ella es mi mamá. 

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Dejen de estar hablando chimbadas de la gente. Piensen lo que quieran pero sean discretos, no sean entrometidos y respeten a sus amigos. No anden por ahí diciendo cosas espantosas de otros. Gracias a la simpática señorita @edilay por esta cita. 

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Me pasa todo el tiempo. Espero que llegue un día en el que no me conceda nada de importancia. Me gusta como escribe el Joven Constantino

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Una de las cosas que más me ha hecho reír de entre muchas muy graciosas que le he escuchado a Ana. Creo que me lo decía a mi, jo. Ella también es mi amiga. 

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Pues si. Hay gente tan aburrida y vacua que es preferible esto. Algún día quiero conocer al Señor Uniberto. Él vive en Buenos Aires (creo)

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Mi tweet favorito de favoritos del 2011. Creo que contiene el sentido de mi vida. Lo guardo en mi cabeza con doble estrellita porque en el twitter no me dejan.

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El poetuit más bonito de todos los tiempos. Que tierno. Que doloroso. Que real.

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La excusa más divertida que he escuchado en mucho tiempo.

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Crítica social en 12 caracteres. Nunca se dijo tanto con tan pocas letras.

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Yo quisiera sobre todo lo segundo. Pero solo a veces. Trabajar y ganar plata no está tan mal. Sigan a Cosmo, él también es muy talentoso. 

Conocí a Don Adán hace unos cuatro o cinco años. Es un viejo campesino, de profesión, de los de ruana, zurriago y sombrero, de los que el domingo se pone su mejor ropa para bajar al pueblo a misa, de los que le dicen a uno patroncita, de los que se les fue la vida con las manos entre la tierra, en las ubres de las vacas y empuñando el azadón.
 
Don Adán es un viejo al que siempre he respetado mucho, quizás por su simple condición de anciano, que a mi me parece venerable, pues haber sobrevivido en el campo y llegar a los casi 90 años, sobre todo en este país, ha de tener mucho mérito.
 
En su condición de viejo siempre repite las mismas historias, las que representan las gestas de su vida. Por ejemplo el haberse dedicado a la arriería de mulas, en esa época en la que en el país no existían las carreteras pero ya había ricos que estaban dispuestos a pagar mucho por la miel y el café que Don Adán y su cuadrilla transportaba. Fue en esas largas y duras jornadas de arriería -en las que según él se comía poco y se trabajaba mucho- que una mula lo volteó, dejándole una rodilla atrofiada de por vida, que hace que camine un poco más lento de lo que ya le impone su condición de anciano.
 
Dentro de las grandes hazañas de la vida de Don Adán también está la de haber perdido mucha plata en cultivos de papa, los que fueran el sueño y el delirio de su vida; desvaríos por los que me condujo a mi también y gracias a los cuáles acabé  sembrando un pequeño terreno con papas, que yo misma le ayudé a cosechar y que me dejaron con ampollas, mucho cansancio y varias inflamaciones debidas a las picaduras de unos diminutos mosquitos que como pequeños demonios brotaban de ese infierno tibio e incomprensible que es la tierra.
 
Nuestro pequeño cultivo de papas lo hicimos en el lote que él mismo nos vendió, junto a la casucha que en otro tiempo fuera una cocina de coca y debajo de la cual había una caleta para esconder lo que se  procesaba ahí mismo, pero se cultivaba en Fusagasugá, en una pequeña finca de su hijo, quien en su juventud se había dedicado al ciclismo. Y entre idas y venidas a España el muchacho entrevió la oportunidad de hacer otro negocio, hasta que acabó muerto. Cuando habla de su muchacho Don Adán se llena de nostalgia, aunque pareciera no llenarse de arrepentimiento y estar dispuesto a sembrar y cocinar coca de nuevo si pudiera.
También parece lleno de melancolía cuando habla de su vaca, la que se le fue por el despeñadero por culpa de alguien a quien se le olvidó poner un broche.  Tuvo que  dar su carne muy barata, a precio de carranga, pues eso es en rigor el cuerpo de una vaca que se ha desbarrancado.
 
Hace una semana subí hasta su casa, en una vereda del mismo municipio, a unos 25 o 30 minutos en carro desde donde vivo. Don Adán no estaba, había bajado al pueblo a averiguar por unos recorridos turísiticos que ofrecían señores con carros, para llevar a las familias campesinas a Bogotá a ver los alumbrados navideños a razón de 20.000 pesos por persona.
 
Quedamos en volver el jueves, pero finalmente  fuimos ayer a llevar algunos regalos que mi mamá había comprado y a saludar. Sobre todo tenía muchas ganas de saludar a Don Adán, de estrechar sus manos de dedos retorcidos, uñas larguísimas y descuidadas, llenas de tierra, que guarda siempre debajo de su ruana y que saca apenas para saludar o para quitarse el sombrero cuando la ocasión y la dignidad de la persona  que llega lo amerita. Pero no lo encontré. Me contaron que estaba de nuevo en el hospital. Entonces no supe si preocuparme o no, pues Don Adán es ya muy viejo y visita con frecuencia al doctor. Dejamos regalos, razones y emprendimos nuestro regreso.
 
Apenas unos metros adelante de la casa nos encontramos con su nieto, Edgar, quien nos contó que a Don Adán se lo iban a llevar para Bogotá, pues unos exámenes habrían demostrado que su estómago estaba lleno de sangre. No sé lo que eso signifique, pero me dio por pensar que Don Adán se va a morir pronto. Espero poder verlo de nuevo antes de que eso ocurra. Me gusta toda esa cantidad de historia que hay en su mirada gris, desteñida, de color indefinido, de viejo, de niño. Esa mirada que solo tienen los que acaban de llegar a este mundo o los que están muy próximos a dejarlo.
  

Gonzalo de las Salas era uno de esos viejos sabios. De él se decía que era el único de toda la facultad que había estudiado en Alemania. Que había conocido  a los míticos pioneros que desde tierras lejanas y frías trajeron la Ingeniería Forestal al país  y fundaron la primera Facultad.
 
Gonzalo era también uno de los pocos profesores que aún a mis escasos 16 o 17 años me parecía decente, loable, digno de imitar, en medio de todo el mierdero que era la Universidad Distrital: ese lugar ingrato en el que aprendí, más que nada, cómo era que yo no quería llegar a ser.
 
De las Salas era un viejo pequeño, blanco, de ojos saltones y hablar afectado, pero, en apariencia, lleno de sabiduría. Era un ecólogo reconocido en el medio y en consecuencia nos dictaba las clases de ecología y ecología avanzada, que, no señores, no era una clase que se tratara de cómo cuidar los animalitos y las plantas para las generaciones futuras. Era una clase que nos explicaba, con modelos matemáticos, cómo funcionaban los diferentes ecosistemas del planeta, especialmente los del trópico. Aprendíamos índices, estadística, estudiábamos modelos y calculábamos carajadas.
 
Gonzalo era también un viejo de mirada pervertida. Todos lo sabían y las alumnas si que sabían capitalizarlo, pues para lograr alguna prebenda bastaba con usar un pantalón más apretado de lo normal, un pequeño escote o una minifalda y, entonces, Gonzalo se convertía en un viejo de sonrisa socarrona que le decía a uno en la precaria cafetería de la facultad : “¿reina, quieres tomar algo?”.
 
Llegado algún momento de un cierto semestre Gonzalo asignó exposiciones en parejas.  A cada dupla correspondería  un tema para una exposición que tenía un carácter mítico en la facultad: de ella se decía que nadie en las generaciones pasadas había logrado jamás la máxima nota y que nadie de las presentes o futuras lo lograría. Mis posibilidades de dupla más obvias eran mi hermano (quien por supuesto eligió a su novia para trabajar) y Daniel y   Viviana, quienes eran dizque mis amigos en ese momento de la vida.  
 
Finalmente convinimos con D. en que trabajaríamos juntos, pero “algo” hizo que él finalmente decidiera trabajar con V., de tal forma que quedé sola para mi exposición, cuyo tema nadie más quiso: el ecosistema de manglares. Nadie quería cogerlo porque Gonzalo había trabajado de la mano con el mismísimo Henry Von Prahl en la descripción de los manglares de Colombia.
 
Inmediatamente pedí al buen viejo Gonzalo que me recomendara bibliografía. Ese día me enteré de la existencia Henry Von Prahl, un señor alemán que era algo así como el dios de los manglares, quien había dedicado gran parte de su existencia a estudiar ese ecosistema maravilloso, conformado por una gran variedad de especies similares de árboles, de apariencia muy particular. En conjunto estos árboles parecían un grupo se señores viejos y raquíticos.
Estos árboles anómalos, que viven en ambientes salobres (en la desembocadura de los ríos en los mares), tienen unas adaptaciones llamadas neumatóforos en sus raíces aéreas, que son las que les permiten expulsar el exceso de sal de las aguas marinas y sobrevivir en un ambiente en el que, difícilmente, especies sin dicha adaptación podrían hacerlo. También son vivíparos, es decir  “paren” plantulitas ya fecundas que se clavan como agujas en las aguas cenagosas para asegurar que la marea no los arrastre.
 
Poco a poco, con mucho tiempo por delante antes de la exposición, me dí a una investigación que no me costó mucho trabajo, pues el tema me resultó por si solo suficientemente apasionante.
 
Aprendí muchas cosas que me llenaban de emoción: por ejemplo que las especies  que conforman el manglar (nombre que engloba a diferentes especies que conforman lo que en ecología se conoce como una asociación vegetal) crecen en líneas, una detrás de otra: primero una especie, luego otra y otra más, muy ordenados ellos, de acuerdo con su tolerancia a la sal.

Dejan de crecer en donde ya no entra el agua salada y allí empieza otro tipo de asociación, llamada el guandal, unos bosques inundables por los que alguna vez transité a hombros de alguien que me quería lo suficiente como para cargarme, y en donde tuve la oportunidad de llenarme de garrapatas y de temer a las sanguijuelas. Más atrás del guandal crecía el catival y  ya luego venían los bosques de colinas.

Pero lo que me resultó más increíble de todo fue descubrir que  éste era el único ecosistema abierto de todo el trópico. ¿Qué significaba esto? Que no reciclaba su nutrientes, como por ejemplo el bosque húmedo tropical (característica que lo hace tan susceptible a cualquier intervención). Pues no, el manglar era un ecosistema rebelde del trópico y en vez de tener que reciclar nutrientes para mantenerse,  se daba el lujo de producirlos y exportarlos.  

Todo comenzaba de una forma muy bella, cuando las hojas de estos árboles caían a las aguas salobres y se iniciaba un proceso de descomposición, que generaba unas ciertas reacciones bioquímicas, que convertían esas hojas en una especie de película gelatinosa (algo picho) que era el alimento favorito de pequeñas especies de camarones, que desovaban allí mismo, camarones que luego serían comidos por peces, que a su vez serían comidos por peces más grandes, que luego comería algún humano o incluso otro pez mucho más grande. Camarones que también hacían popó, un popó que le gustaba comer a otros bichos y así se iniciaba el ciclo de la vida: con un bicho comiéndose la mierda de otro para sobrevivir. En el manglar pues se iniciaba un ciclo de vida y muerte que en todo caso no necesitaba recuperar nada de  eso para seguir existiendo.

La semana justamente anterior a la de mi exposición acontecería la de D. y V. Dentro de las decisiones importantes  a tomar antes de la mítica exposición estaba la de cómo se habría de vestir, en especial si uno era señorita. Casi siempre se optaba por una minifalda o un escote. Para su exposición Viviana escogió una minifalda, que acompañó con unos tacones muy altos y un maquillaje perfecto que, valga decirlo, la hacían ver aún más bonita de lo que ya era. Las notas de las exposiciones de D. y V. fueron respectivamente 4 y 4.5, con lo que se ratificaba -quizás- que era cierto que si la pinta era la adecuada uno podría ganar un 0.5 adicional.

Llegado mi momento hice lo que mejor sé hacer. Me paré frente a todos mis compañeros y hablé durante dos horas y algo más con poca dificultad. Quizás, para alimentar el mito, Gonzalo acostumbraba a decir al final de la exposición, tras unos breves comentarios, la nota obtenida en voz alta, delante de todos. En medio del salón todavía oscuro me dijo: reina, tienes cinco.

Cuando salí del salón, con mi cinco solitario a cuestas, mi hermano se mostró orgulloso ante todos. No dijo nada, pero yo podía ver en sus ojos que les decía  “ella, ella es mi hermana”. Luego Viviana se acercó y me dijo que no entendía porque ella no había sacado cinco si se había puesto minifalda y yo no. Y lo decía en serio.

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No fue la primera ni tampoco la última vez que  obtuve esa nota en una asignatura, pero para que eso pasara siempre necesité hacer por dentro un clic, encontrar un motivo suficientemente apasionante, tras lo cual obtener la nota máxima era para mi lo de menos: el milagro sobrevenía como una consecuencia necesaria aunque impensada de lo que sentía como real y genuina pasión.

De otro lado nunca consideré deseable sacarme un cinco por el simple gusto de sacarlo, porque lo considerara necesario o importante para mi futuro y más bien decidía deliberadamente sacar cero -sin que tampoco me importara mucho-,  si  el caso era que el asunto no me suscitaba suficiente interés. No consideraba mi deber hacer algo que no me gustaba. Si pudiera cambiar algo en mi vida volvería a ese momento y no me permitiría avanzar hasta el punto en que decidí dejar una carrera y -sobre todo- un ambiente que consideraba perturbador. Caminaría por un buen tiempo detrás de los pasos de De las Salas y Von Prahl.

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Hace un par de meses me encontré a Viviana muy cerca del trabajo, después de muchos años de no verla. Me pareció tan bonita como siempre. Después de despedirme recordé todo el episodio, toda la momentánea felicidad de haberme convertido en la chica que había roto el mito con ese cinco del que todos hablaron por unos buenos días.

Nos despedimos y me quedé pensando que en todo caso quizás yo siempre quise ser más bien como ella, una chica de 4.5, una chica de cualquier nota, pero como ella, la ahora Ingeniera Forestal, que se iba delante mío, muy oronda, con su acostumbrada e imperecedera belleza a cuestas. Y mi cinco ¿mi cinco en dónde estaba? ¿A uno en dónde se le nota el cinco?

Nota: Henry Von Prahl murió en el atentado terrorista al avión de Avianca el 27 de Noviembre de 1989, muchos años antes de que yo supiera qué era un manglar. Si quieren aprender cosas lindas busquen sus libros.



La primera vez que leí la palabra “hipercrítico” fue hace algunos meses mientras leía Las Aventuras de Tom Sawyer. Me pareció una palabra rara; pensé que el traductor había hecho mal su tarea y cada vez  que la encontraba en el libro yo leía “hipercítrico”, que para efectos prácticos puede llegar a significar lo mismo.

Ahora, cuando observo y me involucro en cierta clase de discusiones, encuentro adecuada esa palabra para describir la forma de argumentar (si así podemos llamarla) de los intelectuales colombianos, o de quienes pretenden serlo al aplicar su sentido crítico a cualquier cosa.
Quizás aprendieron que la receta para ser diferentes o mejores era padecer de un poco de abulia, de un poco de desprecio por el mundo y de una buena dosis de descalificaciones hacia todo lo que hacen los demás. Particularmente parecen entrenados para hablar sobre aquello que no es importante  o determinante, pues aplican toda esa inteligencia, todo su sentido hipercrítico, en el empeño de descalificar burdamente a quienes se involucren con ellos en una discusión.

De tal forma que no hay debate, no sobre asuntos críticos o centrales para el avance del país o al menos de la discusión (tarea a la que deberían servir sus cabezas) y pocas veces veremos que se discutan ideas.  Más bien encontraremos abundantes referencias a asuntos íntimos y sin importancia como el perfume de un cierto profesor y  la falta de sexo de la que debe adolecer una cierta profesora. Por dios.  Parece no estar lejos el día en que lleguen a preguntarse en medio de un debate si ya se lavaron los dientes o si se restregaron bien detrás de las orejas.

Esos debates de los intelectuales colombianos no distan mucho de las peleas de señoritas que en habiéndose gusaneado al novio, discuten sobre quien tiene más grande el culo o cuál es más mujer para su hombre. O las de los de los señores que se miran agresivamente en un semáforo y aceleran para ver quien tiene el carro más potente. Las discusiones de los intelectuales colombianos parecen una eterna medidera de vergas.

Un sentido hipercrítico aplicado a cosas sin valor, a través del cual el debate se reduce a descalificar sistemáticamente todo lo que dice o hace esa persona que no me cae bien, pues las discusión no parece estar atravesada por el deseo de llegar a una conclusión o acuerdo, sino más bien de acomodar simpatías o antipatías.

Los intelectuales colombianos parecen incapaces de reconocer la virtud en el adversario tanto como el propio error, en un mundo a blanco y negro en el que los matices (que son los que enriquecen cualquier discusión y debate) no son posibles, pues crecimos acostumbrados a ver el mundo en esa falsa dicotomía entre el bien y el mal, tan bien retratada en las novelas mexicanas, venezolanas y colombianas, en las que hay seres horrrendamente malos y bondades solo comparables a la de la Santísima Trinidad. Gente que de tan buena resulta insoportable. Gente que de tan mala es caricaturesca.

Un sentido hipercrítico que pocas veces se aplica a la propia individualidad. Cada uno de estos intelectuales colombianos debería aplicarse ese mismo sentido, afilada e inserviblemente crítico que aplica a los demás. Deberían mirarse por un momento en el espejo de la realidad, no en el del cuento de la bruja de Blancanieves que siempre acaba diciéndoles lo bonitos  e inteligentes que son.

Mientras corro, tal vez piense en los ríos. Tal vez piense en las nubes. Pero, en sustancia, no pienso en nada. Simplemente sigo corriendo en  medio de ese silencio que añoraba, en medio de ese coqueto y artesanal  vacío. Es realmente estupendo. Digan lo que digan.

 Haruki Murakami. De que hablo cuando hablo de correr.

Empezar
 
Quizás tendría ocho o nueve años la primera vez que salí a correr con mi papá. No recuerdo bien si se lo pedí o si sencillamente él decidió que  ese sería un buen plan dominical para los dos.
 
Por aquella época mi papá debía estar casi  en sus 50 años. Era un hombre muy  acostumbrado a ejercitarse regularmente y a esa edad ya había sido futbolista, patinador, ciclista y nadador. Nos enseñó a patinar, a mi hermano y a mi, cuando éramos muy pequeños. Nos recogía los domingos temprano, nos dejaba en la pista de hockey del Parque Nacional y mientras tanto él iba a hacer practicas un poco más intensas.
 
Lo recuerdo en esa época casi casi como el hombre más fuerte del mundo entero (para mi) capaz de aguantar larguísimas jornadas de trabajo, de trabajo duro, del que requiere mucha capacidad física: levantar y cargar tablas pesadas, aplicar fuerza a la madera para convertirla en alguna otra cosa. Un carpintero debe ser, por sobre cualquier cosa, una persona muy muy  fuerte. Y mi papá lo era (sigue siéndolo) pese a no ser un hombre particularmente grande, alto, musculoso ni acuerpado.
 
Como parte de sus deseos, de sus decisiones o de sus caprichos, acabé allí una mañana de un domingo cualquiera para correr con él y sus amigos (señores mucho mayores que yo) quienes se reunían para hacer recorridos de distancia mediana por los cerros de Bogotá o hacia las afueras de la ciudad.
 
Dolor
 
Tengo muy pocos recuerdos de esa primera jornada  atlética. Apenas recuerdo el dolor. Yo le decía a mi papá que las piernas me dolían (los muslos particularmente) y él sin inmutarse, sin enojarse, sin compadecerme, con una simple frase : “No sea floja” y una promesa barata  “...que cuando lleguemos comemos arepa”, hacía caso omiso de lo que me pasaba.
 
Tal vez si le importaba, aunque no tanto. Sabía muy bien que de eso no me iba a morir ni a enfermar (conocía el material del que estaba hecha y no dudaba de su capacidad) y en su calidad de deportista amateur más o menos entrenado, creo que intuía que ceder tan fácilmente  a mis quejas habría hecho de mi justamente eso que él no quería que yo fuera: una persona floja. Total que a mis 8 o 9 años recorrí todo el camino desde la calle 72 con carerra 7 hasta el pueblo de La Calera, por una simple arepa y supongo por la satisfacción o el deseo de mi papá. Quizás ese día mi vida haya cambiado para siempre. Tal vez ese día me hice una persona solitaria. Tal vez me hice fuerte. Tal vez encontré una forma de luchar contra algo.
 
 
Crecer
 
Salir a correr los domingos junto con su grupo de amigos se volvió rápidamente una costumbre. Una costumbre que además de considerarse -tácitamente- benéfica para mi desarrollo personal, le facilitaba la vida a mi papá: le permitía hacer lo que más le gustaba y además, hacerlo conmigo. Recorrimos muchos sitios juntos cada domingo. Ya en la Universidad, a mis 14 o 15 años, corría casi tan rápido como él y en muy poco tiempo empecé a superarlo.
 
 
Llegué mil y un veces tarde a la universidad por quedarme a correr. Pensaba en mis trabajos ocasionales siempre en función de la disponibilidad de tiempo para correr cada mañana. Discutí con mi mamá para dejarle muy en claro que no iba a dejar de correr mientras la vida me alcanzara. Rechazaba invitaciones a fiestas porque trasnochar sería un impedimento para ir a correr al otro día. Mi gusto por correr me mantuvo alejada de varias de esas cosas de la vida que se consideran buenas. Sin embargo creo me gustaba más correr porque lo encontraba infinitamente más difícil que, por ejemplo, emborracharme, cosa que me parecía relativamente sencilla y que no requería esfuerzo alguno.
 
Quizás corro porque me gusten las cosas difíciles y correr, sin lugar a dudas, es una de ellas. Suelo decir que corro porque cansar y exigir el cuerpo es una forma de dominar la mente. Y eso lo entiende quien ha corrido largas distancias y sabe que en algún momento ya no se trata de tener unas piernas fuertes sino mas bien una mente capaz de sobreponerse al malestar.
 
En una época particularmente triste de mi vida llegué a correr más que nunca. Alcancé casi los 4 minutos por kilómetro y varios de los atletas más o menos buenos que iban al parque cada mañana quisieron tomarme para entrenar con ellos. Adelgacé mucho, y sentí que toda mi tristeza se esfumaba  a medida que yo corría más y más rápido. Me hacía sentirme fuerte, me hacía sentirme mejor. Corría quizás contra mi tristeza, quería dejarla atrás.
 
Me negué a entrenar con ellos , pues siempre me ha gustado correr sola o casi sola.
 
Imágenes
 
La costumbre de correr cada domingo con mi papá ha permanecido más o menos inmodificada a través de las décadas. La última vez que salimos juntos fue hace unos 15 o 20 días. Ese día alcancé la meta mucho antes que él y estuve esperándolo un buen rato. Cuando al fin apareció lo ví caminar notablemente cansado y fui yo quien por primera vez en tantos años dijo: dale, no seas flojo. No quiso seguir, no al menos en el ascenso. Le dije entonces  que volviéramos. Empezamos a bajar y volvimos a la casa.
 
Mientras lo haciamos no pude evitar pensar en lo que significaba que ahora yo fuera mucho más adelante que él,  que ahora era él quien se cansaba y yo quien lo animaba, que corríamos por la misma zona en la que muchos años antes él me habia llevado por primera a vez a correr. No pude evitar pensar cuanto tiempo había pasado desde entonces y cuanto nos quedaría todavía juntos.
 
Murakami

Hace ocho día hice una carrera de 10 k con Cristina. No sé exactamente cuál fue mi tiempo, pero debió estar un poco por encima de la hora. Mi mejor tiempo en esa distancia creo que ha sido 55 minutos, lo cual signfica 5.5 min por Km, una velocidad aceptable para alguien de mi sexo, condición física, edad y nivel de entrenamiento.

Los atletas de élite, los que alcanzan los 3 minutos por Km  o menos, deben hacer algo así como unos 200 km a la semana para alcanzar estas velocidades y para tener la resistencia necesaria para hacer una maratón o una media maratón a 3 minutos por kilómetro durante 42 km. Brutal. Y el brutal quizás solo pueda entenderlo alguien que al menos haya corrido en carrera 5 K.

Cuando volvíamos de correr con Cristina me habló del libro de Murakami, “De que hablo cuando hablo de correr”. De éste ya me había hablado antes Diana, con la promesa (incumplida) de prestármelo. El viernes decidí buscarlo en Internet y descargarlo. Desde ese día he estado leyéndolo, un poco maravillada, un poco llena de esa emoción que acontece cuando uno logra encontrar alguien a quien le apasiona lo mismo que a uno y que lo ha descrito de una forma tan precisa.

Cuando corro (sea en mi entrenamiento de casi a diario o en una carrera) solo una cosa es segura para mi: siempre sé que voy a acabar. No es algo que me repita como un mantra, no es algo en lo que tenga que pensar. Creo que desde esa primera vez, a los 9 años, cuando sin haberlo decidido completé un recorrido que puede parecer bastante irracional para una niña de esa  edad, quedó grabado como una impronta la idea de que cualquier cosa podría pasar (hacer un pésimo tiempo o llegar penúltima) pero retirarme nunca iba a ser una opción. De tal modo que cuando decido correr una carrera se de antemano que acabaré. Dicho en otras palabras: no correría una carrera que no me sienta capaz de terminar. Dicho en otras palabras: siempre me siento capaz.

Cuando empiezo a correr acostumbro a pensar que si ya antes he corrido 10 km correr 5 más no será demasiado complejo. Que si ya hice 15 , seis más no harán la diferencia. También me resulta útil pensar en episodios de cansancio extremo: pienso por ejemplo en lo mas difcíl y esforzado que he hecho en la vida (quizás haya sido ascender a wayna pichu) y me doy cuenta de que este cansancio de aquí y ahora no es similar, que si hice esa cosa tan difícil la que tengo justo enfrente es infinitamente mas sencilla.

Creo también que gracias a este entrenamiento he asumido el yoga con mucha facilidad: sé de que se trata cuando se habla resistir, de aguantar y superar los propios límites. A veces , cuando corro, siento que podría y querría mantenerme infinitamente corriendo y que esa es la cosa más loable que puedo hacer mientras me muero.

Ganar

No sé que tantas cosas de las que soy ahora tengan que ver con el tiempo que he dedicado en mi vida a correr.  Cuando menos se que el haberme ejercitado durante todos estos años me ha hecho alguien muy resistente (una resistencia que valga decirlo siento que aumenta con los años), alguien ligeramente más fuerte que las mujeres y hombres de mi misma edad y condición física y que muchas mañanas he  corrido con éxito para alcanzar la buseta y en consecuencia he logrado llegar a tiempo gracias a mi capacidad para correr. Pues aún con calzado y ropas no adecuadas, soy capaz de tener un pequeño estallido de energía y correr tras ese preciado objetivo que es el bus que me llevara a tiempo a mi destino. Lo considero una ventaja evolutiva y algo de lo que me vanaglorio.

Nunca le he ganado mas que a mi papá o a los ocasionales compañeros de ruta que han aparecido y que se han mostrado momentáneamente fascinados por el hecho de correr. Bien lo anota Murakami: el corredor de largas distancias en realidad está luchando consigo mismo, compite cada día contra él y en esa medida ganar o no ganar no resulta algo determinante. Basta con el orgullo que produce haber corrido, por ejemplo, 21 km sin desfallecer, cosa que es bastante más difícil que quedarse en casa para leer, estudiar, hacer oficio o pensar en cómo salvar el mundo.

Tal vez mis días acaben espichada por una buseta y todos digan “de harto que le sirvió correr” o finalmente me alcance un cáncer y sienta que correr no me ha servido de mucho para escapar de la enfermedad o de la muerte. Aunque no corro con el objetivo primordial de ser una persona “saludable”, si me gusta ir al médico y que encuentre mi ritmo cardiaco bastante por debajo del normal y que mi metabolismo sea tan bueno y adaptado como para no ser la persona obesa que debería ser teniendo en cuenta todo lo que como a diario.

Conlleva algunas molestias, como el hecho de empezar a transpirar incluso cuando apenas se ha caminado una cuadra, unos pies que exhiben una que otra callosidad debida enteramente a la costumbre de correr, las ganas irrevocables de caer dormida máximo a las 10 pm, más ropa para lavar y un cuerpo extremadamente sensible al trasnocho y al trago. También se deben tolerar algunas burlas y alguna clase de aislamiento social que en todo caso no me importa mucho. De seguro si me importara dejaría de correr.

Lo nuevo

Son las 5.15 am. Estoy despierta desde las 2 am porque ayer en la mañanacorrí algo más que de costumbre y en consecuencia dormí un par de horas muy bien dormidas después de bañarme y desayunar. Por eso no tengo sueño ahora mismo. Leí otro par de capítulos de Murakami y luego me apliqué a escribir.

Hacia las 7 u 8 de la mañana planeo salir con mi papá. Voy a salir antes que él, haré un recorrido por la zona y luego nos encontraremos para cumplir nuestra cita de cada domingo. Iremos hasta el pueblo, lo que significa hacer 6 km que sumados a los  4 que haré antes darán 10, que con los 10 de ayer de me dejarán con la meta cumplida de 20 km que me propuse el viernes pasado.

He decidido que es ya es momento de empezar a correr un poco más. Tal vez el otro año, que ya está muy cerca, me decida al fin a correr una maratón.

A menudo me preguntan en qué pienso cuando estoy corriendo. Los
que me formulan preguntas de esta índole son, por lo general, personas
que nunca han vivido la experiencia de correr durante una larga
temporada. Y cada vez que me hacen una pregunta de esta clase, no
puedo evitar sumirme en una profunda reflexión: «Vamos a ver,
¿realmente en qué pienso mientras corro?». Y, para ser franco, no
consigo recordar bien en qué he venido pensando hasta ahora mientras
corría.
Ciertamente, los días en que hace frío, pienso un poco en el frío. Los
días en que hace calor, pienso un poco en el calor. Cuando estoy triste,
pienso un poco en la tristeza. Cuando estoy alegre, pienso un poco en la
alegría. Como ya he comentado, en ocasiones recuerdo de manera
deslavazada sucesos que ocurrieron hace mucho. De vez en cuando
(aunque esto no me ocurre más que muy de vez en cuando) me viene de
pronto a la mente alguna idea, apenas un esbozo, para una novela. Pese
a todo, realmente casi nunca pienso en nada serio.
Mientras corro, simplemente corro. Como norma, corro en medio del
vacío. Dicho a la inversa, tal vez cabría afirmar que corro para lograr el
vacío. Y también es en el vacío donde se sumergen esos pensamientos
esporádicos. Es lógico. Porque en el interior de la mente humana es
imposible lograr el vacío absoluto. El espíritu humano no es ni tan fuerte
ni tan consistente como para poder albergar el vacío absoluto. Sin
embargo, esos pensamientos (o esas ideas) que penetran en mi espíritu
mientras corro no son, en definitiva, más que meros accesorios del
vacío. No son contenido, son pensamientos generados en torno al eje de
la vacuidad.
Los pensamientos que acuden a mi mente cuando corro se parecen a las
nubes del cielo. Nubes de diversas formas y tamaños. Nubes que vienen
y se van. Pero el cielo siempre es el cielo. Las nubes son sólo meras
invitadas. Algo que pasa de largo y se dispersa. Y sólo queda el cielo. El cielo es algo que, al tiempo que existe, no existe. Algo material y, a la
vez, inmaterial. Y a nosotros no nos queda sino aceptar la existencia de
ese inmenso recipiente tal cual es e intentar ir asimilándola (…)

(…) Mientras corro, tal vez piense en los ríos. Tal vez piense en las nubes.
Pero, en sustancia, no pienso en nada. Simplemente sigo corriendo en
medio de ese silencio que añoraba, en medio de ese coqueto y artesanal
vacío. Es realmente estupendo. Digan lo que digan.

De que hablo cuando hablo de correr. Haruki Murakami. 

Nunca entendí bien porque acabamos allí, sentados encima de una piedra, en un paisaje en el que parecíamos refundidos, sin que en todo caso alguien lo notara, ni siquiera nosotros. Pero ahí estábamos, en silencio, sin mirarnos, muy cerca uno del otro, como si cada quien estuviera acompañado por si mismo. Había llovido mucho. Justo detrás de nosotros estaba la montaña, la roca desnuda, amarilla, que le daba un tono particular a toda la escena y nos hacía parecer una fotografía vieja y desteñida, y que nos indicaba que la tarde caía. Hacía frío aunque ninguno de los dos parecía sentirlo.

La sensación era de mucha calma alrededor, pese a las personas que caminaban de aquí para allá, muy cerca de nosotros. Parecían pasajeros  en tránsito y  me hacían recordar a los viajantes que se cruzaban en la línea del tren, camino de Macchu Picchu. Unos que apenas llegaban , otros que regresaban, aunque sin maletas, lo que me hacía creer que no emprendían un viaje largo. Nosotros tampoco teníamos equipaje.

Un bus que nadie  esperaba pasó por el lugar, sin hacer mucho ruido y sin romper la calma que caracterizaba toda la escena. No me miró, no me dijo nada y decidió subirse. No me moví, no hice un solo gesto, pero pensé que no quería quedarme allí sola, o más bien, sin él. No dije nada. Lo vi irse, con una tristeza honda y callada y me quedé sentada en esa misma posición mientras el bus se alejaba.

Pero apenas unos metros adelante el bus se detuvo de nuevo. Y él, sin decirme nada, sin mirarme o hacer un gesto se bajó, y yo entendí que se quedaba para alcanzarme de nuevo. Cuando puso sus pies en la tierra había mucho barro y agua, producto de las fuertes lluvias de todos los anteriores días, meses y años, y él empezó a decir con mucha convicción aunque sin desespero que se iba a caer. Repetía sin angustia voy a caerme.

Y con la misma convicción que él repetía que se iba a caer yo abandoné mi quietud, me paré decididamente y me acerqué hasta donde estaba varado, esperando caer, y le dije que no, que no le iba a pasar nada, que yo no lo iba a dejar caer. Lo invité con un gesto a tomarme de la cintura y así lo conduje, pequeño tren humano de dos vagones, hasta la piedra en la que reposábamos unos minutos antes. Nos quedamos allí de nuevo sentados, sin un propósito evidente, como quienes no esperan nada, sin mirarnos ni hablar. Juntos de nuevo, sumergidos en la misma calma inicial. Personajes incidentales de una foto que aunque no era la nuestra resultó nuestro mejor retrato.

El domingo pasado presumí un poco del ajiaco diciendo que era la receta de mi abuela, de la variedad de que aprueba la utilización de arracacha.

Que sea la receta de mi abuela es más o menos cierto, pues si bien aprendí a hacer el ajiaco viéndola año tras año prepararlo para la Navidad, nunca nos dio algo como una receta, no le pregunté, ni ella le contó a  alguien delante mío cómo era que se hacía. Nunca supe cuanto pollo había que poner para el ajiaco de diez, ni cuanta papa o arracacha. No había ingredientes o procedimientos secretos. Su receta no estaba anotada en un papel místico  que reposaba en la caja fuerte de la familia. No había ningún misterio alrededor del ajiaco, salvo las tremendas ganas de comer que nos producía cada vez que lo servían. Ese era su único misterio y  encanto.

Cuando ya tuve edad suficiente para usar el cuchillo me limité a ayudar a pelar papas, arracachas, partir mazorcas y robarme los pedazos de pollo desmenuzado mientras mi abuela iba hasta la nevera por alguna cosa olvidada.

Creo que ella nunca consideró su receta un secreto digno de ser guardado, pues para ser sinceros, preparar sopas (aún mas si es un ajiaco) es algo relativamente sencillo, carente de algún misterio profundo e indescifrable: papas que se deslíen al calor del fuego y que se mezclan con el sabor del pollo y de las guascas. Es tan fácil  de hacer que  las nietas lo aprenden viendo a sus abuelas sin que medien las palabras.
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A. y yo teníamos bastantes juegos con los que hacíamos llevadero pasar tanto tiempo juntos.
Uno de ellos consistía en  cruzar las manos por la espalda y decirle : ¿derecha o izquierda? Solo en una de las manos reposaba algo, pero yo siempre tejía alguna historia que implicaba dos cosas y que relataba las enormes bondades de lo que estaba en una de las  manos y lo deseable que era lo que estaba en la otra. Así garantizaba siempre el misterio y la dádiva.

Recuerdo que una vez P. me explicaba que detrás de los misterios o de la gente misteriosa suele no haber nada, nada realmente raro. Sólo una leyenda tejida, un invento, exageraciones, deformaciones, re-interpretaciones o re-escrituras de la realidad. Ficción. Literatura. El misterio es, por sobre todo, un género literario, una interesante mentira tejida con pedacitos de nada. De pronto ese haya sido el único ingrediente secreto, el único misterio de mi ajiaco del domingo: una deliciosa mentira hecha de diminutas partículas de papa. Eso, y un poco de suerte que ahumó ligeramente una de las ollas, lo que le dejó un sabor muy particular. Mentiras y suerte, como casi todo lo que consideramos tan real.